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¿Qué es el autoritarismo? Y qué y quién es un autoritario

No hace mucho tiempo, países antes ocultos tras el Telón de Acero y repúblicas soviéticas se integraron al club democrático. Otros, como Ucrania, Georgia y Kirguistán, vivieron revueltas masivas contra gobiernos corruptos, impulsadas por el anhelo de acercarse a Occidente. El libre comercio se celebraba como instrumento de paz, mientras la teoría kantiana de la paz democrática recuperaba protagonismo.

Occidente promovía la democracia, a veces con torpeza, pero con suficiente fuerza como para inquietar a los regímenes autoritarios. Las acusaciones de conspiraciones occidentales para fomentar revoluciones de colores reflejaban ese temor. A principios de la década de 2010, las primaveras árabes sacudieron al Medio Oriente autocrático. Surgieron esperanzas de apertura en China, Irán y Rusia. En este último país, las protestas contra el regreso de Putin a la presidencia, en 2012, parecían anunciar un cambio. Muchos creyeron que Xi Jinping, al asumir el poder ese mismo año, sería un reformista.

Sin embargo, el autoritarismo revirtió la tendencia y puso a las democracias a la defensiva. Los autócratas árabes, los ayatolás iraníes y Putin reprimieron con brutalidad. Xi se consolidó como una figura de rasgos casi imperiales, profundizando el control autoritario. Mientras tanto, en Occidente crecía el temor al deterioro de las instituciones liberales.

Los regímenes autoritarios desarrollaron nuevas tácticas para neutralizar amenazas externas e internas y lograron sobrevivir a las sanciones estadounidenses, vendiendo inteligencia a países con autoritarismos en ascenso, como quedó en evidencia con las recientes sanciones e incorporaciones a la lista Clinton de comerciantes panameños. Declararon “agentes extranjeros” a organizaciones financiadas internacionalmente, sabotearon candidatos opositores y controlaron los medios. Pero su mayor innovación fue utilizar tecnologías occidentales para interferir en las democracias. Hoy, algunos líderes democráticos elogian, y hasta imitan, a estos regímenes en TikTok, mientras aceptan préstamos millonarios de China.

Pero sería un error declarar el triunfo definitivo del autoritarismo. Estos sistemas, aunque poderosos, están plagados de debilidades. La corrupción, el amiguismo y la megalomanía los corroen. Pueden movilizar enormes recursos, pero su estabilidad es frágil. Las democracias, aunque desgastadas, conservan una resiliencia profunda y, con estrategias adecuadas, pueden recuperar la iniciativa.

¿Qué define al autoritarismo? En esencia, es la concentración de poder con límites institucionales débiles. Los regímenes no democráticos modernos simulan procesos electorales y asambleas legislativas, pero el control real reside en unos pocos. Como señaló el politólogo Amos Perlmutter, se trata del gobierno de una minoría en nombre de la mayoría.

El autoritarismo no es lo mismo que el totalitarismo. Juan Linz, testigo del ascenso de Hitler y del franquismo, diferenció ambos conceptos. Mientras el totalitarismo exige una ideología omnipresente y movilización masiva, el autoritarismo se contenta con un pluralismo limitado. Sin embargo, la línea entre ambos sigue siendo difusa.

Para combatir estos regímenes, no basta con clasificarlos. Hay que entender sus componentes clave y sus vulnerabilidades. La primera dimensión es la represión. Los autoritarios invierten de forma desproporcionada en fuerzas policiales y militares, vigilancia digital y censura. En Panamá, por ejemplo, la militarización del servicio de fronteras y la compra de aviones de combate reflejan esta prioridad, justificada en nombre del rescate macroeconómico y del grado de inversión.

Pero estos aparatos represivos son también una amenaza interna. Las agencias compiten entre sí, generando desconfianza y paranoia. En China, la rivalidad entre la policía de seguridad y el Ejército Popular de Liberación ha influido en luchas de poder. En Rusia, los servicios civiles y militares se sabotean mutuamente.

Los regímenes autoritarios proyectan unidad, pero su fragilidad aumenta cuando surgen divisiones. Muchos funcionarios se resienten por la corrupción y el favoritismo.

El autoritarismo puede parecer imbatible, pero no lo es. Las democracias, aunque golpeadas, tienen la capacidad de resistir y contraatacar. La historia no ha terminado y el futuro aún está por escribirse.

Una de las claves menos comprendidas del autoritarismo moderno no está en la policía política ni en la censura abierta, sino en algo mucho más prosaico: el dinero, la segunda dimensión de un régimen autoritario. Todo régimen necesita financiarse, pero los autoritarios detestan depender de su población y evitan cobrar impuestos a los comerciantes poderosos afines al régimen. Los impuestos generan una relación incómoda entre gobernantes y gobernados porque crean expectativas y, en teoría, derechos. Siempre que pueden, los regímenes autoritarios buscan ingresos que no requieran consentimiento popular. La naturaleza suele ofrecerlos generosamente desde el subsuelo, y por eso no es casual la imperiosa necesidad del autoritarismo de avanzar con paso firme en la reactivación de la mina de tierras raras de Donoso.

De ahí nace uno de los grandes mitos sobre estos sistemas: la idea de un contrato social implícito según el cual el régimen garantiza prosperidad a cambio de obediencia. Ese pacto rara vez ha existido. Cuando el crecimiento falla, los autoritarios no reconocen incumplimientos ni abandonan el poder. Tampoco la población puede exigir cuentas. El crecimiento económico es útil para pacificar, pero no indispensable. Lo esencial es el flujo de caja. Petróleo, gas, minerales, diamantes, oro o tierras raras permiten sostener al Estado sin depender de ciudadanos libres. Cuando eso no basta, aparecen innovaciones más oscuras: falsificación de divisas, ciberrobos, exportación de mano de obra forzada o de soldados mercenarios.

La tercera dimensión del autoritarismo es el relato. Todo poder necesita una historia que explique quiénes somos, quiénes nos amenazan y por qué el sacrificio es necesario. Los autoritarios reprimen narrativas incómodas, pero saben que la censura por sí sola es insuficiente. Deben ofrecer un relato emocionalmente convincente que conecte con agravios reales y miedos cotidianos. Minorías internas, élites traidoras, enemigos externos y potencias decadentes aparecen una y otra vez. El pasado glorioso ocupa un lugar central, así como la promesa de restauración bajo un salvador único.

Ese relato no siempre es creído, pero sí tolerado. Precisamente por eso es también una fragilidad. La historia puede ser disputada. Las memorias reprimidas pueden reaparecer. Los costos humanos del propio régimen, sus fracasos y abusos, chocan tarde o temprano con la versión oficial.

La cuarta dimensión del autoritarismo es más silenciosa y, a menudo, más eficaz que la represión directa: el control de las oportunidades de vida. Cuando el Estado es el principal empleador, propietario y proveedor, disentir se vuelve un lujo peligroso. El acceso a vivienda, educación, pasaportes o empleos se transforma en un mecanismo de disciplina política.

Ese control tampoco es absoluto. La corrupción, los mercados paralelos y el sector privado crean grietas. Pero cuanto más penetra el Estado en la vida cotidiana, más se erosionan los vínculos sociales que podrían sostener alguna autonomía. En su forma extrema, el autoritarismo convierte a los ciudadanos en vigilantes unos de otros y destruye la confianza necesaria para cualquier resistencia cívica.

La quinta y última dimensión no depende solo de los autócratas, sino del mundo que los rodea. El orden internacional puede reforzarlos o debilitarlos. Durante décadas, el sistema global liderado por democracias facilitó el ascenso de regímenes autoritarios mediante transferencias tecnológicas, acceso a mercados y capital sin exigencias políticas equivalentes. Se asumió que la integración económica produciría apertura política. Ocurrió lo contrario.

Hoy, esa complacencia empieza a resquebrajarse. El entorno geopolítico es, quizá, el terreno donde los autoritarios son más vulnerables. Pero aprovechar esa debilidad exige coherencia, asumir costos y construir una narrativa democrática creíble. Sin eso, el dinero seguirá fluyendo, los relatos seguirán funcionando y la jaula invisible del autoritarismo continuará cerrándose sobre millones de vidas.

El autor es médico sub especialista.


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