Los principios y valores aprendidos son marcadores de nuestra personalidad, las experiencias vividas aplicando los valores que contienen basamento moral y ético, son parte de la herencia educativa que nos califica como seres humanos buenos y honestos.
Estos valores transmitidos nos permitirán afianzar nuestras raíces, valorarlas, respetarlas y difundirlas; entender el sentido de pertenencia que debemos tener de lo nuestro.
En los últimos años, esta sociedad adolece cada día más de valores, anteponiendo el egoísmo, el interés personal y la indiferencia. Conduciendo esto a una crisis de valores morales que ha dividido los vínculos de solidaridad y fraternidad causando la decadencia de muchos hogares y de parte de la sociedad. Esta decadencia ha llegado al plano cultural, profesional, artístico, político, gubernamental, religioso sembrando de tal manera la corrupción al punto que parece cada día más tolerable y hasta aceptable porque les produce beneficios de corto plazo al pueblo. Hay personas para las cuales alcanzar el enriquecimiento personal, a toda costa, es válido sin tomar en cuenta el daño moral, psicológico y material que causan en el entorno familiar y la sociedad donde conviven.
Encontramos un gran vacío de los valores porque la lógica económica y pragmática lo ha ocupado todo, vemos como nada vale por sí mismo, sino por la utilidad que nos pueda proporcionar. Es probable que este vacío de los valores esté reforzado por una sociedad consumista enfocada en apariencias personales y en el lujo.
Los verdaderos valores persisten en cada persona que hace lo correcto, en cada hogar que hace su propio esfuerzo para mejorar, en cada empresa en la que se respeta a los trabajadores y se pagan los impuestos adeudados, y en cada funcionario público que protege los bienes del Estado, y los administran con honestidad. Esos son los valores que debemos celebrar.
La autora es estudiante de maestría