El terremoto que golpeó comunidades de Herrera, Los Santos y Veraguas dejó una tarea que va más allá de construir viviendas, comercios, carreteras e instalaciones públicas. Para muchas familias, el desastre también significó perder herramientas, cosechas, mercancía y equipos de trabajo; para otras, ver reducidas las ventas o interrumpida su principal fuente de ingresos.

La atención humanitaria es indispensable, pero la recuperación no estará completa mientras persista la dificultad de ganarse la vida. Una vivienda reparada no garantiza que sus ocupantes puedan pagar sus gastos, del mismo modo que una carretera rehabilitada no asegura que un productor encuentre compradores para su cosecha. Reconstruir también debería significar recuperar oportunidades económicas.

En esa tarea, la propia reconstrucción puede convertirse en una fuente de empleo. Las reparaciones de edificios e infraestructuras podrían abrir oportunidades para trabajadores de las comunidades afectadas, siempre que las evaluaciones técnicas determinen que las intervenciones son seguras. Cuando las capacidades locales lo permitan, incorporar mano de obra de la zona ayudaría a que parte de la inversión se traduzca en salarios para las familias que más necesitan recuperarse.

El beneficio no termina en quien consigue un empleo. El dinero que recibe un trabajador puede circular por la misma comunidad mediante la compra de alimentos, el transporte, los pequeños comercios y el pago de servicios. Sin embargo, ese efecto no ocurre automáticamente: depende también de cuánto se compre a proveedores locales, de las condiciones de pago y de que los contratos se adjudiquen con transparencia, competencia y criterios de calidad.

Algo similar sucede con los materiales y servicios que demanda la reconstrucción. Ferreterías, talleres, transportistas, agricultores y pequeños proveedores podrían participar en ese movimiento económico. No se trata de privilegiar negocios por su ubicación, sino de evitar que las oportunidades pasen de largo cuando existen proveedores locales capaces de ofrecer productos y servicios en condiciones competitivas.

El desafío más delicado, no obstante, es recuperar la capacidad productiva de quienes perdieron sus medios de trabajo. Agricultores, ganaderos y pescadores pueden necesitar herramientas, insumos, equipos, transporte o acceso a compradores. Las micro y pequeñas empresas, por su parte, podrían requerir capital de trabajo para reponer inventarios, reparar equipos y volver a abrir sus puertas. En muchos casos, recuperar las ventas será tan importante como reparar el local. Facilitar vínculos comerciales entre productores y supermercados, restaurantes, hoteles y distribuidores ayudaría a restablecer mercados. El crédito también puede contribuir, siempre que sus condiciones sean compatibles con la capacidad real de recuperación de cada negocio. Endeudarse sin perspectivas razonables de ventas podría agravar una situación ya difícil.

El turismo ofrece otra oportunidad, aunque exige prudencia. Los destinos que hayan sido evaluados y cuenten con condiciones adecuadas de seguridad podrían recuperar visitantes mediante esfuerzos de promoción y colaboración entre empresas. Pero no sería responsable confundir la reactivación con una invitación a visitar lugares que todavía presentan riesgos o servicios interrumpidos. La confianza del visitante depende, precisamente, de información fiable y condiciones seguras.

Tampoco todas las familias podrán incorporarse de inmediato a estas actividades. Algunas perdieron su vivienda; otras enfrentan problemas de salud, responsabilidades de cuidado o la desaparición de su única fuente de ingresos. Para ellas, la asistencia social no puede quedar supeditada a conseguir trabajo. La recuperación económica debe acompañar la atención humanitaria, no sustituirla.

Noviembre y diciembre representan una oportunidad para conectar la reconstrucción con la recuperación de las actividades productivas. La coordinación entre municipios, instituciones públicas, empresarios, productores y organizaciones comunitarias podría ayudar a identificar necesidades, vincular trabajadores con obras seguras y acercar a los negocios afectados a proveedores, compradores y fuentes de financiamiento. La utilidad de estos esfuerzos debería medirse no solo por el dinero invertido, sino también por los empleos recuperados, los negocios que vuelven a operar y los ingresos que logran restablecerse.

La reconstrucción física es indispensable, pero la recuperación también pasa por devolverles a las familias la posibilidad de trabajar, producir y generar ingresos. El reto consiste en aprovechar los recursos destinados a la recuperación para fortalecer la economía de los territorios afectados, sin improvisaciones ni promesas que no puedan cumplirse. La verdadera medida de la reconstrucción no será únicamente cuánto logremos reparar, sino cuántas familias consigan recuperar las condiciones para sostener sus hogares y reconstruir su autonomía económica.

El autor es arquitecto y especialista en ordenamiento territorial para el desarrollo sostenible.