En 1998, Karlos Navarro y Birgit Gernstemberg publicaron el libro Introducción a la historia del pensamiento latinoamericano. La obra fue presentada en el Paraninfo de la Universidad de Panamá. En su discurso, Karlos Navarro hizo énfasis en la disputa de Valladolid. Esta disputa fue un debate ideológico entre Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, desarrollado entre 1550 y 1551. Ambos elaboraron sus tesis basadas en el libro Historia general y natural de las Indias, del cronista Fernando de Oviedo.

Juan Ginés de Sepúlveda argumentaba que el genocidio y la esclavitud contra los indios estaban permitidos porque todos eran bárbaros, carentes de educación e inteligencia. Se basó en la tesis de la servidumbre natural, planteada por Aristóteles y recogida después por santo Tomás de Aquino; por eso también se la conoce como la tesis aristotélico-tomista.

La filosofía de la servidumbre habla del esclavo por naturaleza. Tanto para Aristóteles como para Tomás de Aquino, la naturaleza necesita conservar su equilibrio; por eso, se han creado seres para mandar y otros para obedecer. El más dotado de razón, es decir, el más capaz, debe mandar como dueño o señor. Así, el padre Ginés de Sepúlveda sustentaba la esclavitud y el subsiguiente genocidio de indios.

Sepúlveda justificó la crueldad por razones religiosas. Los pecados contra la naturaleza debían ser castigados, ya que Dios mismo ordenó la expulsión de los bárbaros de la tierra prometida. Es importante recordar que, en 1492, España finalizó su proceso de unificación religiosa y la discusión sobre el infiel se trasladó a América.

Tal vez para muchas personas no resulte sorprendente que haya existido una filosofía política que reunió argumentos y criterios, incluso basados en la Biblia, que sirvieron para sustentar uno de los episodios más sangrientos, horrorosos y crueles de la historia de América Latina. Pero lo que sí resulta sorprendente es que una filosofía parecida se esté aplicando en la actualidad sin pudor alguno.

La tesis que usaron los españoles en la conquista —sacar al otro de la categoría de humano que merece protección y derechos— es la misma que, en la actualidad, el Estado sionista de Israel está usando para justificar el genocidio en Gaza. En el Museo de la Libertad de Panamá podemos ver la historia del Holocausto judío y otros genocidios reconocidos por la ONU, cuyo Consejo de Derechos Humanos creó la comisión independiente de investigación que concluyó, en septiembre de 2025, que Israel había cometido genocidio en Gaza. Esa comisión estuvo presidida por la jurista sudafricana Navi Pillay, galardonada ahora con el Premio Nobel de la Paz 2026.

En una entrevista radial en 2013, respecto a la reanudación de los diálogos de paz, Eli Ben Dahan, exviceministro de Defensa de Israel, se refirió a los palestinos así: «Para mí, son como animales, no son humanos». Otros los han llamado piojos, plagas y víboras.

Igual que Sepúlveda o Hitler, los regímenes totalitarios actuales utilizan la deshumanización sistemática como una herramienta política para consolidar su dominio y, sin misericordia, convierten a seres humanos en parásitos: un discurso de normalización del mal.

Cuando Hannah Arendt habló de la banalidad del mal, señaló cómo la ausencia de pensamiento crítico y de juicio moral puede permitir la participación en actos atroces. Hoy se utilizan la retórica política y la sensibilidad religiosa, e incluso los algoritmos de las redes sociales, para que la sociedad acepte que otros son parásitos y no tienen derechos. La deshumanización para armonizar la naturaleza.

Algo terrible de todo este escenario es que estamos en presencia de la aplicación sistemática de mecanismos totalitarios en un momento histórico en el que los derechos humanos han sido ampliamente conquistados. Por eso, ante el genocidio de Israel contra Palestina, apoyado por Estados Unidos, debemos «recuperar el mundo», como lo propuso Arendt, mediante la facultad de pensar críticamente antes de normalizar discursos de odio.

Hay personas que dicen: «Eso está en la Biblia». Literalmente, tienen razón. En Deuteronomio 7:1-2, 5 se puede leer: «Cuando Jehová tu Dios te haya introducido en la tierra… y haya echado de delante de ti a muchas naciones: al heteo, al gergeseo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo, siete naciones mayores y más poderosas que tú… las destruirás del todo; no harás con ellas alianza, ni tendrás de ellas misericordia». O: «Pero de las ciudades de estos pueblos… ninguna persona dejarás con vida; sino que los destruirás completamente» (Deuteronomio 20:16-17). Los cananeos de entonces se equiparan con los palestinos actuales: ¿será por eso que hay que matarlos a todos?

O nos adherimos a lo que dice el Antiguo Testamento —todo el libro de Josué, por ejemplo, es un relato de guerra: Dios es un dios de guerra—, o nos adherimos al Nuevo Testamento, donde Dios es un dios de paz y amor. Podemos leer en Mateo 18:1-5, 10: «Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

Creo que el problema no es la palabra de Dios, sino que un Estado moderno la use como un elemento sagrado de destrucción para intervenir militarmente en un territorio y decidir quién es un animal que no merece vivir y quién pertenece al reino de Dios. Al final, no es un problema de fe; es un tema que desafía nuestra capacidad de humanidad.

El autor es escritor.