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LA CONSTITUCIóN

Una reflexión sobre el Contrato Social

Con regularidad se lanza al ruedo la idea de rehacer nuestra Constitución, y hay buenas razones para ello, siendo la más palpable el desmejoramiento de las instituciones garantes de una democracia. Compete a los constitucionalistas y a los políticos que aman la patria discurrir y decidir el asunto. Por mi parte, intuyo que no debe postergarse.

En mi cerebro habita el sedimento de lecturas relacionadas con las cartas magnas.

Desde mi fructífero encuentro con la Política de Aristóteles -bien enseñada en la USMA por el profesor Carlos Ehrman-, con Jean Jacques Rousseau y su Contrato Social, y El Leviathan de Hobbes, me formé una idea de la relación que deseo tener con el conglomerado social del cual formo parte. Rousseau es a quien más leí y quien más me marcó.

No admiré en Rousseau su vida personal, aquello de que habitó siempre en una pensión donde cada año hacía llegar al mundo, en el vientre de la mucama, un nuevo retoño que ordenaba llevar sin demora al orfanato de la esquina. Pero recuerdo que la idea del hombre que nace libre y sin embargo vive encadenado le vino en una epifanía, mientras se echaba una siesta bajo un árbol camino a visitar a algún amigo enfermo.

Ese momento de eureka fue tan impactante para Jean Jacques que olvidó la visita y volvió a casa, donde tomó forma rápidamente su opus magnum: El Contrato Social.

Es un concepto que entendí enseguida y que acepté sin reparos, reconociendo que como ser humano no puedo vivir en la selva en soledad y que me resulta indispensable formar parte de una tribu de ayuda mutua, que con buena suerte crece, se desarrolla y convierte en nación, y donde no solo he de sobrevivir, sino progresar y florecer.

Entender y aceptar un Contrato Social abstracto es igual a creer en su versión explícita: el documento que establece las reglas del juego para la convivencia justa y pacífica en el territorio que habitamos: una Constitución Política. Contiene reglas absolutas que otorgan derechos y exigen obligaciones, a los gobernantes y a los gobernados.

Desde Juan Sin Tierra en el siglo 13 honramos la carta magna, que nos protege de los excesos de la autoridad y nos da voz en los asuntos que nos atañen.

La Constitución es el paraguas más importante que necesitamos en la vida. Merece ocupar el centro del escenario en el debate nacional.

La autora es escritora


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