El Ministerio de Educación busca regular la venta de alimentos sin valor nutritivo dentro de los centros educativos del país, para reducir el alto índice de obesidad en niños y adolescentes. Si bien esto puede parecer una buena iniciativa, ¿traerá los resultados que esperamos? No se trata de un problema nuevo, pues parte de nuestra cultura alimenticia está muy arraigada al consumo de productos con alto contenido de grasas saturadas, calorías vacías y carentes de valor nutricional. Ahora bien, ¿es posible que una ley cambie nuestra cultura? Lo veo muy difícil.
Podemos citar la “paradoja australiana” que refleja la disminución de la ingesta de azúcares e hidratos de carbono durante el mismo período en el que aumentó el sobrepeso y la obesidad, concluyendo así que hay otros factores que influyen. Este es un problema social que, si bien se asocia fundamentalmente a la dieta malsana y a la escasa actividad física, abarca también el desarrollo social y económico, las políticas en materia de agricultura, transporte, planificación urbana, medio ambiente, educación y procesamiento, distribución y comercialización de los alimentos. Es un tema complejo que necesita atención multidisciplinaria, con enfoque poblacional, y que se adapte a nuestras circunstancias culturales.
Según la Encuesta de Niveles de Vida (MEF/Banco Mundial 2008), en Panamá el 11% de los niños menores de 5 años son obesos; el 27% de los niños, entre 5 y 9 años, están con obesidad o sobrepeso; el 25% de los adolescentes también padecen de esta enfermedad, y más del 60% de los adultos o son obesos o están en sobrepeso. Es por ello que más allá de una regulación que poco puede aportar, necesitamos un cambio cultural profundo a través de la educación.
Es con la enseñanza que empieza en casa mediante el ejemplo, y que debe ser complementada en la escuela mediante la información científica, que tendremos la posibilidad de cambiar esos hábitos tan arraigados en nuestra idiosincrasia.
Tal como lo muestran las estadísticas, el padecimiento de los menores se puede ver reflejado en las carencias de los padres en materia nutricional, porque más de la mitad de los adultos vive con este mal. Ejemplo de esto es el reforzamiento positivo a través de la comida. Es decir, “te fue bien en la escuela, vamos a comprar comida para felicitarte”. Y en la mayoría de los casos se elige comida chatarra como premio. Al acompañar esta práctica con nuestro entorno sedentario (en que se percibe el automóvil como progreso y el caminar o utilizar bicicleta como una forma de carencia), así como el descenso del gasto energético en la vida cotidiana, debido a los largos periodos de inactividad que sostenemos durante el día, se agrava el problema, porque este estilo de vida dificulta mantener un balance energético saludable.
Según la Organización Mundial de la Salud: “El sedentarismo es el cuarto factor de riesgo más importante de mortalidad y una de las principales causas de enfermedades crónicas como el sobrepeso y la obesidad”.
Para combatir esta epidemia, podemos aplicar el ejemplo australiano. Ellos desarrollaron incentivos fiscales para motivar la compra de frutas y verduras por parte de la población; crearon programas extracurriculares para promover la actividad física luego de las horas de clase; revitalizaron las vías públicas para motivar a los ciudadanos a caminar; y organizaron clases comunitarias para padres en temas de nutrición. Esto puede complementarse con exámenes físicos en espacios públicos, como lo realiza el gobierno local de la ciudad de Buenos Aires, a fin de mantener a su población al tanto de su estado de salud, de forma periódica y accesible, y para que las personas puedan tomar mejores decisiones y transformar esta realidad.
Los problemas complejos no tienen soluciones inmediatas, y mucho menos sencillas. No podemos pretender que las regulaciones o leyes actúen, como varitas mágicas, para resolver un problema tan profundo como este. Sin embargo, una sociedad de individuos informados, educados y responsables puede transformarlo todo.

