Exclusivo

Relevo de generación o de cansancio

Relevo de generación o de cansancio

Esta frase tan apretada o de agresiva connotación hacia la edad de la sabiduría —alguno dirá que lo plateado no siempre es oro— se ha reducido para aplicarla a la edad de los relevados —y no estoy seguro de si es por lo sopeteada o desde su nacimiento, que implica muchos años— y de los que relevan hoy, solo para ser relevados mañana.

Adelanto dos cosas: una, yo me siento agradecido por haber llegado a la edad que tengo, sin parecerlo y con funciones cognitivas intactas, entre otras, en su esplendor, y dos, voy a usar como ejemplo el de un hospital, porque es lo que mejor conozco y no por alusión alguna de tipo particular o personal, que puede considerarse erróneamente. De hecho, yo participo de la inyección de nuevos pediatras en el hospital donde me desenvuelvo.

El relevo tiene muchos orígenes. Uno es la necesidad de continuar la marcha de lo que ya marcha, o darle marcha rápida a lo que ha disminuido su progresión hacia adelante o se ha detenido. Lo que ya marcha pasó por los mismos cuestionamientos y dolores en variadas situaciones de la vida. Por ejemplo, el parto de un niño sano, que solía ser doloroso, ya muy pocas veces lo es, y no tiene los mismos ingredientes para satisfacer a algunos, pero el resultado es el mismo: darle luz verde al nacimiento de un bebé deseado.

Extrañamos, los que tenemos el privilegio de conocer más, los dedos entrelazados de la parturienta, cada 3 minutos, con los de su amada pareja; los consejos aunados, atropellados por competir para llegar primero, de enfermeras y médicos para que siga el pujo con eficiencia, y la envidiable y también privilegiada escena de aquella mujer que, con el rostro encendido y los ojos fuera de sus órbitas, el cuello surcado por gruesas venas por explotar, como las raíces gruesas enterrándose en la tierra que la rodea, y algún vocabulario soez de reclamo, pero coloquial, espera hasta que le regresa su alegría, su respiración y su color, se le olvidan sus dolores, para celebrar la aparición de la cabeza del bebé, que respira antes de mirar al obstetra, al pediatra y a su madre. No me extrañaría que alguno ya esté diciendo que no soy yo quien sufre los dolores y se le inflan las venas del cuello. Eso es cierto, pero soy empático con quien sufre dolor, aunque sea un dolor para alcanzar algo mejor.

Como dije arriba, “el relevo tiene muchos orígenes”, pero el más reclutado es el de hacer joven el hospital, la oficina, ¿el gabinete de los ministros de Estado?, para crear confianza. Volviendo al hospital, el de bajar la edad promedio de sus médicos, el de mostrar rostros con menos arrugas, pasos más firmes, cuerpos más esbeltos y bellos, y la creencia, no siempre honrada, de que todo aquel que termina sus estudios de medicina está al día con sus avances y ejerce con propiedad sus habilidades. Para que tampoco haya resentimientos, yo pasé por esos años y siempre digo: “Cuando era interno conocía todo; como especialista, desconozco mucho”. Espero que estemos en paz.

Quiero hacer alguna reflexión sobre la preocupación por la edad en el ejercicio de la medicina. No es cierto que, a mayor edad, haya mayores riesgos. Esto es como decir: “Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Si bien es cierto que la fluidez cognitiva y la precisión manual se deterioran, lo hacen a diferentes edades para diferentes actividades y para diferentes actores. Para el pediatra no hay una edad fija o exigida para retirarse. La mayoría de los pediatras se retiran con base en su estado financiero, en el estado de su salud o por el agotamiento del trabajo en la sociedad del rendimiento, que lleva al cansancio, como lo sugiere Byung-Chul Han. Pero tampoco quiero entrar en ese capítulo, solo señalar que hay que observarlo, señalarlo y explorarlo porque la seguridad del paciente, como su confianza, depende de que la atención a sus molestias sea no solo amable y no solo cálida, sino también puntualmente segura y eficaz.

Donde yo quiero llegar es a recordar que la preocupación administrativa por la edad de médicos y enfermeras en los servicios de salud —curiosamente no la de los que hacen el aseo, los mandados y la cocina—, ya sean privados o públicos, no puede esquivar ligeramente el riesgo de que el buen nombre y prestigio de la institución se pierdan con la misma velocidad con que se reemplaza a quienes atienden a los pacientes, descuidando cómo se hizo ese prestigio, cómo se erigió esa imagen. Ese prestigio lo hicieron los que hoy hay que reemplazar. Su reemplazo no puede ser con otros que no tienen ni el compromiso con los pacientes, ni ejercen la responsabilidad con las instituciones, ni tienen el carácter doctoral exigido para buscar la confianza de la comunidad y de los pacientes, que lucieron quienes hicieron y levantaron un nombre en lo más alto de la profesión y del hospicio, para el cuidado del enfermo.

El autor es neonatólogo y pedriatra.


Última Hora

  • 04:50 Pacífica Salud reafirma su compromiso con la calidad y seguridad del paciente con nuevas acreditaciones de Joint Commission International Leer más
  • 04:37 ENA refuerza campaña informativa por trabajos en el Proyecto de Ampliación en el Entronque de Costa del Este, en el Corredor Sur de Agosto a Diciembre 2026 Leer más
  • 04:00 Relevo de generación o de cansancio Leer más
  • 03:35 Sorteo miercolito de oro del 19 de agosto de 2026 Leer más
  • 03:00 Población y desarrollo Leer más
  • 02:36 El Botafogo de Kadir Barría dice adiós a la Copa Sudamericana Leer más
  • 02:30 ¿Cuánto cuesta educar a un estudiante en Panamá? Leer más
  • 02:15 Que nadie tarde un año en descubrir que morimos Leer más
  • 02:00 Importancia estratégica de la biota funcional en el desarrollo sostenible Leer más
  • 01:15 Metrología: la ciencia invisible que mueve la economía mundial Leer más