Es irónico que, en medio de una de las peores tragedias naturales que hemos sufrido en las últimas décadas, haya diputados que estén –justo ahora– tratando de ajustar el Código Electoral para que les quede a su justa medida en las próximas elecciones. Y es irónico porque lo hacen convencidos de que, aun cuando no han movido un dedo para atender las necesidades más apremiantes de la población que los eligió, ahora afectada por el terremoto en sus respectivos circuitos, esa misma gente vote por ellos. Los reelegirán, sin importar su menosprecio de hoy. Si eso ocurre, esa será la prueba irrefutable de que esos electores carecen de conciencia y pensamiento crítico.
Los diputados tienen en sus manos soluciones para aquellos que sufrieron la pérdida de sus bienes. Pueden intervenir para que reciban ayuda y aliviar la carga económica que supone el arreglo de sus casas. Ese es su poder en estos momentos. Pero eso no es lo que les interesa. Están más preocupados por sus asuntos. Han pasado dos semanas desde el terremoto y no han movido un dedo. Siguen enfrascados en discusiones absurdas sobre requisitos para formar nuevos partidos, obstaculizar la libre postulación, ser elegidos en varios cargos –disponiendo ellos después quiénes los ocuparán– y reconfigurar los circuitos para llenarse los bolsillos. ¿En qué benefician estas discusiones a los electores?
Nada de esto tiene que ver con el bienestar de sus votantes. Se trata de ellos. Casi se van a los puños por las reformas electorales, se insultan, mienten, pierden el tiempo, se juntan en interminables orgías de ignorancia y ofenden la dignidad del cargo que les confió el poder popular. Y, con todo, los eternos impresentables siempre ganan. Los votantes reeligen a sus verdugos; mientras más miseria causan, más probabilidades tienen de ganar. ¿Y por qué ganan? ¿Porque regalan lavadoras y neveras? ¿Porque a sus votantes ya no les queda un gramo de dignidad? ¿Porque su electorado culpa al país del olvido en el que está? Bueno, solo hay que recordar quién pone a los amnésicos en el poder.
No se dan cuenta de que, al elegir a estos mercaderes, sacrifican la democracia. ¡Ah!… pero luego vienen los reproches: que el presidente no cumple su promesa de “buco chenchén”, pero prefirieron sus cuentos a la sensatez. Lo aborrecen por su soberbia, pero ignoraron que, por esa misma razón, no fue a ningún debate presidencial. Cuando votaron por él, sabían que todos los que lo acompañaron en ese despojo que sufrió el Estado en su primer gobierno vendrían con él, con más ganas y con la experiencia para seguir robando. Y, aun así, lo eligieron, pese a que todas las alarmas sonaban cuando él anunciaba que era Martinelli y el otro, que era Mulino. Hoy lo critican y lo desprecian, en lugar de tirar besitos con él.
Mientras tanto, los impresentables de siempre de la Asamblea son los intermediarios entre el producto y el comprador: entre las leyes y el Ejecutivo. No es que la Presidencia se quedará sin las leyes que quiere. Paga los votos para aprobarlas, y por eso todos los ministros y su jefe miran a otro lado cuando esos diputados cobran por sus votos, traspasándose decenas de millones, dizque para gastos de planilla. Esta misma semana se aumentaron el presupuesto del próximo año… para supuestos salarios. O sea, chenchén para ellos… como también para el que mira a otro lado: un helicóptero VIP de $10 millones. Duélale a quien le duela…
Incluso, hay plata para un conspirador que nadie ha visto: el vicepresidente… 147 mil rúcanos destinados a su oficina para 2027, donde “laboran” siete personas que no sé qué hacen, salvo que conspiren contra Mulino. Pero nadie sabe conspirar mejor contra el presidente que el propio Mulino. Puede que sea chambón al nombrar hospitales o salas especializadas, pero nadie tiene la mecha más corta que él; nadie sabe prender mejor el país que él; nadie bochinchea más que él; nadie le ha dado más vueltas a la puerta giratoria de la justicia que él, ni nadie le gana siendo benevolente con criminales de alto perfil. Nadie le gana cuenteando sobre repartir chenchén… Y, por supuesto, nadie más que él es capaz de abrir minas cerradas por orden de la Corte Suprema.
Cada quien en su mundo: unos desconectados de la realidad, disfrutando de la vida. El resto, sin trabajo y sin chenchén. Hace rato vivimos un terremoto, pero ahora es que empezamos a tomar conciencia del daño que le hace al país.



