Ricardo Lombana construyó su carrera política proponiendo “otro camino” distinto al de la politiquería tradicional. Su eje central: la lucha contra la corrupción. En 2019 corrió como candidato de libre postulación, un “outsider” con su mochila al hombro, y llegó de tercero con 18.78% de los votos, la votación más alta alcanzada por un candidato presidencial fuera de un partido político.
En 2022 convirtió Otro Camino en partido, precisamente como respuesta a la disparidad de las reglas electorales que había enfrentado como independiente. En 2024 llegó de segundo con el 24.59% de los votos. Según la “Ruta de la Plata” de Transparencia Internacional, tuvo el menor costo por voto de la elección presidencial.
Lo hizo sin el acostumbrado apoyo de los de siempre y con una narrativa que no admitía matices: “ellos (los corruptos) o nosotros”. No había ningún espacio para acercarse o parecerse a la vieja política. Esa era su principal promesa al electorado y su identidad política. Su discurso estaba enfilado contra la podredumbre en la vida pública, con Ricardo Martinelli como símbolo de la misma.
Hablamos del exmandatario que, tras ser condenado por lavado de dinero, puso en la Presidencia a José Raúl Mulino. El mismo que hoy evade la justicia y el pago de una multa de $19 millones, gracias a un asilo negociado por el actual gobierno.
Estos hechos son de sobra conocidos, pero los resalto porque dimensionan el tamaño del disparo en el pie que Lombana se acaba de dar al reunirse Martinelli en Colombia. Aún peor fue el hecho de que no nos enteramos por él, sino por dos de los hombres más cercanos al expresidente.
La reacción de Lombana fue un comunicado, que no tuvo la valentía de firmar y que en lugar de aclarar la situación, la oscurece. Su argumento: “Escuchar no es pactar”, genera más preguntas que respuestas. Si para escuchar tienes que montarte en un avión para reunirte con el prófugo de la justicia al que siempre cuestionaste, no hace falta que pactes: ya te rendiste a la vieja política.
Y la justificación empeora las cosas. El comunicado recurre a las reformas electorales y a una supuesta “estrategia que pone en riesgo la transparencia de las elecciones de 2029” para excusar los encuentros. Si semejante amenaza existe, ¿por qué Lombana no la denunció públicamente? ¿Y desde cuándo Martinelli es un referente en términos electorales o democráticos?
Y esto no se trata de ser “químicamente puro” ni de negar que buena parte de la élite política y económica panameña se reúne en secreto y hace negocios, pactos y acuerdos con Martinelli. Sin él, Mulino no sería presidente. Pero el caso de Lombana es distinto por una razón elemental: él construyó su marca política denunciando precisamente esa forma de hacer política.
La pregunta es por qué Lombana terminó recorriendo la ruta que prometió no transitar. ¿Es simplemente la desesperación por llegar al poder o hay algo más? Porque el poder debería ser un medio para cambiar las cosas, no un destino en sí mismo. Y esta rendición ante la vieja política ocurre justo cuando el país más necesita oposición y contrapesos: una sociedad con enormes carencias que observa cómo su gobierno maneja con absoluta discrecionalidad los recursos de todos.
Y ahí está el verdadero daño colateral de estas reuniones. No alcanza solamente a Lombana o a MOCA. Golpea la convicción de que otra forma de hacer política es posible. Desmoraliza a quienes creyeron, literalmente, que había otro camino, incluyendo a muchos de los que forman parte de su propio partido. Y esta desilusión tiene consecuencias: alimenta la apatía de los convencidos de que todos son iguales, y le da argumentos al clientelismo, a los que piensan que más vale votar por el que “robó, pero hizo” o por el que reparte un jamón cada diciembre.
Esa es la onda expansiva de que Lombana haya perdido el camino. Tal vez su cálculo fue que acercarse a Martinelli le garantice, como en el caso de Mulino, los votos que le faltan para ganar. Pero los primeros ganadores no han sido otros que aquellos que juró combatir. Y el costo puede ser mucho mayor que su propio futuro político: convertir la promesa de una alternativa en combustible para el cinismo.


