Un país no se recupera de un terremoto únicamente reconstruyendo carreteras, escuelas, hospitales y viviendas. También debe reconstruir la tranquilidad de sus familias, la confianza de sus comunidades y las oportunidades para quienes han visto afectada su vida. La recuperación de Panamá debe comprender una dimensión que no siempre recibe la atención necesaria: la salud mental.
Después de una emergencia, el miedo, la incertidumbre, las dificultades para dormir y la preocupación por el futuro pueden afectar a niños, jóvenes, adultos y personas mayores. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que el malestar psicológico es frecuente entre las personas afectadas por emergencias. Aunque muchas logran recuperarse con el tiempo, otras necesitan acompañamiento profesional. Ignorar esta realidad puede profundizar las dificultades familiares y sociales.
Por eso, la atención psicológica debe formar parte de la respuesta nacional al terremoto, no como una iniciativa temporal, sino como una política de recuperación. Necesitamos acuerdos entre el Estado, universidades, colegios profesionales, organizaciones comunitarias, empresas privadas y especialistas en psicología y psiquiatría. El objetivo debe ser llevar orientación y apoyo directamente a las comunidades afectadas, incluyendo escuelas, centros de salud y espacios comunitarios.
Estas alianzas pueden organizar jornadas de atención, equipos móviles de profesionales, talleres para padres y docentes, acompañamiento a niños y adolescentes, y mecanismos de referencia para quienes requieran atención especializada. También es fundamental capacitar a los líderes comunitarios para reconocer señales de alarma y orientar a las personas hacia los servicios disponibles. La atención debe ser accesible, confidencial y sostenida en el tiempo.
La ayuda por parte de organismos internacionales también es clave, porque pueden brindar asistencia técnica, materiales e insumos, e incluso recursos para la formación u orientación de la población vulnerable en los territorios afectados por el terremoto.
La experiencia internacional ofrece lecciones importantes. Japón, después del terremoto y tsunami de 2011, fortaleció los mecanismos de respuesta en salud mental y el acompañamiento a las comunidades afectadas. Sri Lanka, tras el tsunami de 2004, impulsó reformas que contribuyeron a ampliar y descentralizar los servicios de salud mental. Ambas experiencias muestran que una tragedia también puede convertirse en una oportunidad para fortalecer los sistemas de atención y acercarlos a la población, de manera integral.
Esta ayuda tiene que llegar al interior, a nuestros campos, a nuestros productores y emprendedores locales en las provincias, principalmente en Azuero, Veraguas y Coclé.
Pero la recuperación emocional también está vinculada con la economía. Ambas van de la mano, y no podemos descuidarlas. Una familia que pierde sus ingresos, un comerciante que no puede abrir su negocio o un productor que no logra vender su cosecha enfrenta una presión que va más allá de las pérdidas materiales. La incertidumbre económica puede prolongar el estrés, la ansiedad y la depresión, y dificultar la recuperación que tanto anhelamos y que necesitamos como país.
Por ello, el costo económico de la pérdida de tejido productivo puede ser elevado y significativo para el país si no llegamos a tiempo. La atención a las personas en situación de vulnerabilidad reduce riesgos futuros, que pueden ser mayores.
Por eso, Panamá necesita combinar la asistencia inmediata con medidas que devuelvan autonomía a las personas: financiamiento flexible para las mipymes, contratación de mano de obra local, apoyo a productores, recuperación del turismo y programas de capacitación laboral.
Recuperar la actividad económica significa generar oportunidades y dar dinamismo a la situación social de cientos de familias. Esto conlleva recuperar ingresos, rutinas, relaciones sociales y esperanza, que también construyen los pilares de la economía.
Propongo que las instituciones públicas, las universidades y el sector privado impulsen un programa de recuperación comunitaria que integre salud mental, orientación familiar, educación y oportunidades productivas, considerando la realidad de cada territorio, y que en los próximos meses veamos un interior del país lleno de esperanza, entusiasmo y positivismo.
El alcance de la recuperación debe medirse no solo por los recursos invertidos, sino también por las comunidades atendidas, el acceso efectivo a especialistas y los empleos e ingresos recuperados, porque de esta manera sabremos que hemos superado el impacto de un terremoto como el experimentado con tal magnitud.
La reconstrucción no puede limitarse a levantar lo que cayó, se perdió o se derrumbó como consecuencia del sismo. Debe ayudarnos a construir un país más preparado, solidario y humano. Un país resiliente ante próximas situaciones ambientales, como la temporada seca. Después del terremoto, Panamá necesita recuperar su economía, pero también cuidar a su gente: a sus niños, sus jóvenes y sus adultos mayores.
Porque salir adelante significa mucho más que volver a la normalidad: significa tener las herramientas y las oportunidades para emprender, conseguir empleo o crear una empresa, y la confianza y la esperanza para empezar de nuevo con mucho ánimo, fuerza y metas por cumplir.
El autor es economista y docente universitario.


