Cada septiembre, Panamá tiene una oportunidad para mirar hacia el mar y preguntarse qué estamos haciendo para protegerlo. Este 2026 se cumplen 28 años desde que la Asociación Oceánica de Panamá (AOP) y la Asociación Verde de Panamá (Asvepa) propusieron declarar septiembre como el Mes de los Océanos. Aquella iniciativa, aprobada en 1998 por la entonces Autoridad Nacional del Ambiente (Anam), nació con jornadas de limpieza de playas y fondos marinos y terminó convirtiéndose en un movimiento permanente de conservación.

No se trataba solamente de recoger basura en las playas. Se trataba de cambiar nuestra relación con el mar y entender que la salud de los océanos está directamente vinculada con nuestra propia supervivencia. Durante estos 28 años, Panamá ha avanzado en la protección de sus ecosistemas marinos, mientras iniciativas ciudadanas han contribuido a colocar los corales, las ballenas y la contaminación marina en la agenda nacional.

En 1996, AOP y Asvepa impulsaron en Playón Chico, Guna Yala, el proyecto Arca de Corales (Akuaviski Galu), dedicado a la recuperación de arrecifes mediante la tecnología conocida como biorroca. El proyecto buscaba acelerar la formación del esqueleto coralino mediante mecanismos de electrólisis, con estructuras metálicas y pequeñas cantidades de electricidad suministradas por paneles solares, creando condiciones favorables para su crecimiento. Los corales ahorraron así energía destinada al crecimiento de su exoesqueleto y pudieron utilizarla para mejorar su sistema inmunológico, hacer más conspicuos sus colores y fortalecer su relación simbiótica con las zooxantelas. Hoy, sus colores más conspicuos y su rápido crecimiento ofrecen una belleza escénica y un hábitat para una apreciable biodiversidad marina, que contribuye, además, como fuente de recursos alimenticios para la población costera, marina e insular.

La experiencia desarrollada en Panamá despertó interés internacional y fue replicada en lugares como Seychelles, Saya de Malha, Indonesia, Maldivas e Isla Mujeres, México. Así, una iniciativa nacida en nuestras costas trascendió las fronteras nacionales y demostró que la conservación puede ser también un espacio para la innovación, la investigación y la cooperación.

Se establecieron políticas de protección de tiburones, cuyas poblaciones estaban siendo diezmadas por el aleteo. También se reguló la pesca de arrastre y de líneas, y se logró una mayor comprensión por parte de la industria sobre las vedas del camarón.

El trabajo por los océanos también nos llevó a identificar sitios de avistamiento de ballenas y a promover una alianza continental para la protección de los cetáceos. En ese proceso surgió el Grupo Buenos Aires, se impulsaron acciones relacionadas con la posición de Panamá frente a la cacería de ballenas y se elaboró un mapa de avistamiento utilizando las colas para la identificación de estos grandes mamíferos marinos.

Uno de los mayores logros fue la aprobación de la Ley 13 del 5 de mayo de 2005, que estableció el Santuario de Ballenas de Panamá. Ese mismo año, desde Puerto Pirámides, Argentina, promovimos la creación del Corredor de Ballenas de las Américas, concebido como una ruta de protección desde Alaska hasta Tierra del Fuego y desde Canadá hasta Argentina. Mantenemos un seguimiento permanente de las alianzas mundiales para la protección de los cetáceos en la Comisión Ballenera Internacional (CBI) y participamos activamente en iniciativas de sostenibilidad nacional e internacional.

Hoy corresponde mirar hacia el futuro. El desafío es concretar ese corredor continental y establecer una política nacional de cuencas hidrográficas limpias, porque la salud del océano comienza mucho antes de llegar a la costa. Lo que arrojamos en nuestras ciudades, quebradas y ríos puede terminar en el mar. Por eso, proteger los océanos exige también cuidar nuestros bosques, cuencas, ríos, manglares, costas y comunidades.

La educación ambiental debe convertirse en una herramienta permanente. Las nuevas generaciones necesitan comprender que el mar no es un espacio infinito donde desaparecen nuestros desperdicios, sino un sistema vivo del que depende buena parte de nuestro futuro.

Los océanos cubren aproximadamente el 71 % de la superficie del planeta y sostienen una biodiversidad extraordinaria. Proporcionan alimentos y recursos, generan oportunidades económicas, conectan a los pueblos y ofrecen espacios esenciales para la recreación y el bienestar humano.

Ballenas, corales y otras especies de nuestra biodiversidad aún están en peligro. Necesitamos de todos para su conservación.

Por nosotros.

Por nuestros hijos.

Por la vida.

El autor es Presidente de la Asociación Verde de Panamá (ASVEPA)