No hay un ápice de inteligencia artificial en este escrito. El contenido será más imperfecto que lo usual, reflejo de cómo realmente somos los seres humanos, pero mi intención es conectar sin filtros y sin prompts, porque las conversaciones sobre salud en un país enfermo como Panamá son necesarias. Perdón. No son necesarias; son esenciales para vivir más y mejor.

Recientemente conocí a Iris, una sobreviviente de cáncer que en 2002 recibió la noticia de que tenía que poner todo en orden porque moriría en cuatro (4) meses. Veinticuatro años (¡sí, 24!) más tarde de aquella sentencia de muerte, Iris me habló de la fuerza de un amor que quizás no he experimentado: ama a todos, me dijo, porque nada está garantizado. Reconozco que escuchar a alguien hablar de amor me lleva a Shakespeare, empero no por el desenfreno de Romeo y Julieta, sino más por la imborrable frase en su obra “A buen fin no hay mal principio”: ama a todos, confía en pocos y no le hagas mal a nadie. Me quedó muy claro que la valentía que genera el amor desde la vulnerabilidad es lo que mueve la aguja hacia el verdadero cambio.

En el mismo viaje, conocí a otro superhéroe: Miguel me habló de cómo una conversación con su hijo de 15 años había alterado la dinámica familiar para siempre. Al enfrentar un linfoma de Hodgkin en estadio 4, mi intercambio con Miguel exploró su batalla contra el silencio, la soledad y la inacción que lleva a procrastinar. Y en Hamlet aparece claro: ajusta la acción a la palabra; la palabra a la acción. En temas de salud, hay que ser proactivos y atacar el miedo de frente.

Los panameños gastamos de nuestro bolsillo como nadie en la región: dicho gasto representa casi el 37% del gasto en salud. Este número nos debe quitar el sueño, no solo por estar lejos de la meta del 20%, sino porque empuja al más vulnerable a pedir prestado, a usar lo último que tiene para comprar el medicamento que no llega, creando condiciones financieras trágicas. El mundo ha aceptado que es necesario gastar en salud al menos un 6% del producto interno bruto (PIB) para crear bienestar. Los presupuestos combinados del Ministerio de Salud y de la Caja de Seguro Social representan casi el 12% del PIB y la tercera parte del presupuesto para 2027, pero estamos lejos de países como Costa Rica en calidad del servicio de salud. El pensamiento de “cuánto gasto” en salud fracasó: la migración hacia “cuánto rinde” o “cuánto invierto” debe prevalecer en un marco de vocación y honestidad. En salud, ningún legado es tan rico como la honestidad, tal y como lo sentenció Shakespeare en “A buen fin no hay mal principio”.

En El mercader de Venecia aparece la fatídica frase “todo lo que brilla no es oro”, golpeándonos de frente con la realidad del Panamá que crece en lo macroeconómico, pero que no genera prosperidad. Para brillar todos, la devoción por desarrollar la visión del país no es una marca, sino que debe materializarse en salud. El costo de la inacción se traduce en baja productividad, ausentismo e impactos irreversibles en el sistema de seguridad social. ¿Qué fondo de inversión puede retornar 14 dólares por cada dólar invertido? La inversión en salud lo hace posible.

Pero las asociaciones público-privadas (APP) para tener más camas en un hospital premian la enfermedad. Los modelos exitosos en administración de la salud dejaron de perseguir el volumen de servicios como métrica de éxito hace décadas para enfocarse en la prevención, en los hábitos sanos de vida, en la detección temprana y en la asignación de recursos donde haya calidad. La nueva arquitectura de la salud debe premiar a aquellos que mejor gestionen riesgos aprovechando el acceso a tecnología de punta que ya tenemos, liberando espacio fiscal. Tal como se asoma en Hamlet —la brevedad es la esencia del ingenio—, toca volcarse a la eficiencia, a la gestión digital y a la atención primaria para evitar largas estadías hospitalarias que son costosas y condenan al paciente a lentas recuperaciones. Breve, rápido, eficiente.

No hay recursos suficientes para pagar la factura invisible de la salud. Pero sí apuesto a que Shakespeare nos conecte con una humanidad inspirada por Iris y por Miguel para crear sistemas que nos permitan sentir el dolor de las familias panameñas, donde el miedo y el silencio prevalecen. Ser o no ser, esa es la cuestión.

El autor es economista