¿Nos hemos preguntado alguna vez si las pantallas o los dispositivos nos acercan o nos alejan? Y si nos alejan, ¿produce esto un efecto negativo en nuestras relaciones interpersonales?

Era media mañana y me dirigía a otra sección de mi trabajo. Laboro en una universidad del país y el campus es bastante amplio.

Iba caminando y guardé el celular en el bolsillo del pantalón. Me dediqué a observar a mi alrededor. Me encontré con muchos jóvenes y algunos compañeros de trabajo con el teléfono en la mano, como si fuera un accesorio más, algo de lo cual no podemos despegarnos. Me asusté al ver cómo caminaban deambulando por el lugar sin percatarse de lo que ocurría a su lado. Algunos jóvenes iban en grupo y no intercambiaban palabra alguna; iban tan concentrados en sus celulares que lo que pasaba a su alrededor era lo que menos les importaba.

Seguí caminando por el pasillo y, literalmente, me chocaba con algunos que, por ir pendientes del teléfono, no se fijaban por dónde caminaban; lo hacían como en automático. Decidí entonces detenerme para que se dieran cuenta de que alguien estaba frente a ellos, porque de lo contrario nos habríamos tropezado.

Me pregunté: ¿en qué momento dejamos de comunicarnos y nos hundimos en este empobrecimiento del vínculo humano cara a cara? Ya no llamamos a las personas, ya no hace falta escuchar su voz; nos dedicamos simplemente a enviar mensajes de texto y emojis. Perdimos lo bonito de exponernos personal y emocionalmente.

A medida que avanzaba, el escenario era el mismo: bancas con personas usando su celular, cada una metida en su dispositivo. Me preguntaba otra vez: ¿por qué no interactúan entre sí? ¿Cómo podemos seguir viviendo de esta manera?

Sin una respuesta alentadora, me entristecí. Hice un alto y entendí (aunque la verdad no quería aceptarlo) que el debilitamiento de las habilidades socioemocionales tiene un impacto significativo en los jóvenes. Esto se debe, posiblemente, a la falta de atención de sus padres, al uso excesivo de dispositivos, a la falta de confianza en sí mismos, al estrés, a la invisibilidad emocional y a las dificultades en la regulación de sus emociones.

Nos hemos vuelto expertos en malinterpretar tonos de voz, emociones, gestos y silencios; ¿y qué decir de los líos que provoca esta situación? El filtro invisible que cada persona tiene hace que interpretemos lo que se nos escribe desde perspectivas muy diferentes. Hemos perdido la escucha activa y la conexión empática, y esto hace que nos distanciemos de nuestro entorno. Aunque seguimos conectados —y lo estamos casi permanentemente—, cada día nos alejamos más de ese círculo de amigos o de esa red de apoyo familiar, tan importantes para generar seguridad y bienestar emocional.

Exhorto a los lectores a establecer espacios y tiempos de diálogo: que podamos compartir una comida con familiares y amigos, que caminemos manteniendo el contacto visual y conversando, que podamos, en una tarde cualquiera, armar juegos de mesa y romper esa frialdad de no interactuar.

Hago un llamado a practicar la comunicación asertiva, a desarrollar la empatía, a establecer límites sanos de convivencia y a desconectarnos de la tecnología como parte del autocuidado. Solo así podremos recuperar la calidad en las relaciones interpersonales y, por ende, en el diálogo.

Tal vez si logramos esto último, podremos «estar más conectados entre sí, menos distraídos y con mejores relaciones interpersonales». Veremos…

La autora es psicóloga.