Hay decisiones que parecen solidarias a primera vista, pero que, cuando se miran desde la realidad de quienes viven del trabajo diario, pueden terminar convirtiéndose en un castigo para los más vulnerables. La suspensión de los desfiles y las festividades patrias en distintos puntos del país, y la posibilidad de extenderla a todo el territorio, como respuesta a una tragedia que golpea a determinadas comunidades, merece una reflexión que vaya más allá de las buenas intenciones. No se trata de ser menos solidarios.
Panamá es un país profundamente desigual, donde miles de familias no reciben un salario quincenal, no tienen estabilidad laboral ni cuentan con ahorros para enfrentar una semana sin ingresos. Su economía comienza temprano y termina cuando se acaba la mercancía, cuando se vende el último plato de comida o cuando el último cliente se marcha.
Hablamos de la economía informal: miles de trabajadores que encuentran en las festividades patrias una oportunidad para generar ingresos que les permitan sostener sus hogares.
Para ellos, los desfiles no son solamente una celebración cívica. Son una temporada de trabajo.
Detrás de cada desfile hay familias que compran productos para revender, preparan alimentos, confeccionan vestuarios, alquilan equipos, contratan transporte y organizan pequeños negocios. Hay personas que invierten sus limitados recursos con la esperanza de recuperar su inversión y obtener alguna ganancia que les ayude a pagar la luz, el agua, el alquiler, los medicamentos o la matrícula escolar.
La solidaridad no puede convertirse en una condena económica para quienes viven del trabajo diario. Suspender los desfiles en las regiones donde no existe una situación que lo justifique no repara los daños de las comunidades afectadas; simplemente extiende las pérdidas a otras familias que también luchan por sobrevivir. Una cosa es respetar el dolor ajeno y otra, muy distinta, pretender demostrar empatía paralizando la economía de quienes necesitan trabajar.
Porque hay una contradicción que debemos atrevernos a señalar: mientras algunos deciden suspender actividades en nombre de la solidaridad, miles de vendedores, pequeños comerciantes, transportistas y emprendedores pierden precisamente la oportunidad de generar los ingresos que les permitirían sostener a sus familias y, eventualmente, ayudar a otros.
No necesitamos un país entero detenido para demostrar que nos duele lo que le ocurre a una parte de él. Necesitamos un país capaz de distinguir dónde hay que detenerse para proteger vidas y dónde hay que seguir adelante para sostenerlas.
La solidaridad no consiste en repartir la parálisis, sino en multiplicar las posibilidades de recuperación. Porque quien está de rodillas no necesita que los demás se arrodillen a su lado: necesita manos que lo ayuden a levantarse.
Y hoy, más que una suspensión generalizada de las festividades, Panamá necesita solidaridad con sentido común, decisiones proporcionales y una convicción innegociable: ayudar a quien ha caído también significa mantener viva la economía que puede devolverle la fuerza para ponerse en pie.
Podemos expresar nuestro respeto por las comunidades afectadas mediante colectas, donaciones, campañas de apoyo, compras solidarias y programas de asistencia. Podemos destinar recursos y esfuerzos a quienes necesitan reconstruir sus viviendas, recuperar sus herramientas de trabajo o volver a poner en marcha sus negocios.
Pero también debemos comprender que la reactivación económica es una forma concreta de ayuda. El dinero que circula en una comunidad permite pagar salarios, comprar alimentos, sostener pequeños negocios y devolverles a muchas familias una parte de la estabilidad que han perdido.
Cuando alguien está de rodillas, no basta con acompañarlo en el suelo. También debemos ayudarlo a encontrar la fuerza y los medios para levantarse.
Panamá necesita esa clase de solidaridad: la que siente, pero también la que actúa; la que acompaña el dolor, pero no abandona la responsabilidad de construir soluciones.
Nuestros símbolos patrios representan una historia compartida, pero también un país donde conviven realidades muy distintas. Honrarlos implica reconocer tanto el sufrimiento de quienes hoy necesitan ayuda como el derecho de otros ciudadanos a trabajar y salir adelante.
No confundamos el duelo con la inmovilidad ni la solidaridad con la paralización. La empatía no exige que todos padezcamos las mismas pérdidas; exige que hagamos lo posible para que nadie tenga que soportar las suyas en soledad.
Porque la verdadera solidaridad no se mide por cuántas actividades cancelamos, sino por cuántas vidas ayudamos a reconstruir.
La autora es abogada.



