Las lecciones de vida no son gratuitas. Exigen atención cuidadosa, especialmente si son ajenas, a fin de extraer de ellas todo el potencial para el siempre retador arte de vivir. Intento lo anterior desde dos referencias: por un lado, las reflexiones de Sören Kierkegaard en su obra Temor y temblor; por otro, la narración de alguien que vivió el sismo que sorprendió a Panamá el pasado viernes 9 de octubre desde un edificio de apartamentos, no lejos del epicentro del evento.
Inicio con la narración. El sujeto en mención estaba a la hora del almuerzo en un séptimo piso cuando el movimiento empezó. Su primera reacción fue esperar, pensando que aquello concluiría rápido. Al prolongarse el temblor, abandonó el apartamento y avanzó escaleras abajo dando tumbos, ya que el movimiento lateral lo desequilibraba a cada paso. Descendió los siete pisos que lo separaban de la planta baja; al llegar allí, y luego de tomar distancia de la torre donde había estado hacía pocos minutos, esta persona empezó a llorar sin saber por qué.
Temor y temblor, publicada en 1843, es un comentario al texto bíblico de Génesis 22. Dios pide a Abraham la vida de Isaac, su único hijo; camino al lugar del holocausto, Isaac pregunta a su padre por el cordero para el sacrificio. Abraham responde: “Dios proveerá”. Cuando está a punto de cumplir lo solicitado, Dios interviene y evita la muerte de Isaac. Sören Kierkegaard analiza la actitud de Abraham y explica que el hecho de haber seguido la voluntad de Dios como lo estaba haciendo no puede explicarse desde argumentos racionales, sino solo desde la fe.
¿Qué tienen que ver la narración inicial y el análisis citado? La clave está en la reacción de la persona que salió ilesa del evento telúrico y que involuntariamente empezó a derramar lágrimas. Esta reacción, que puede atribuirse a factores emocionales o de estrés por lo tenso de la situación, también puede explicarse desde algo menos evidente, pero no menos real. ¿A qué me refiero? Los filósofos existencialistas de la primera mitad del siglo XX, como Sartre o Camus, denunciaron una de las características más inhumanas y degradantes de la modernidad europea, que se venía configurando desde el siglo anterior y que teñía la vida cotidiana. Dicho de modo groseramente breve, era la reducción de la vida humana a dos actividades elementales: producir y consumir. La producción, a través del trabajo funcional, al estilo de lo mostrado por Charles Chaplin en la película Tiempos modernos; y el consumo, cada vez más desmesurado, impulsado por una oferta incesante de bienes y servicios artificiosos que responde al afán de gasto y no a necesidades auténticas. En otras palabras, entre quincenas y visitas al supermercado y al centro comercial, más lotería y casino, se consume el existir. Este ritmo usual lleva a perder lucidez y, comúnmente, no se reflexiona sobre el final del arco vital: la muerte. Este acontecimiento tan humano se vuelve distante a propósito, ya que al sistema consumista moderno le conviene mantenerlo lejos, a fin de no interrumpir el atractivo flujo de lo pasajero.
Sin embargo, así como en el caso de Abraham, llega de repente una situación límite en la que, por una enfermedad, por un accidente, por la muerte de alguien cercano o por escapar de un edificio sacudido por un sismo, logramos presentir, de un modo sutil y leve y por un instante nomás, la proximidad de nuestro final natural. Ese golpe de realidad sacude la conciencia y, de un modo espontáneo, que tiene algo de no racional sin ser irracional, lo profundo del ser reacciona con temor y temblor, y aparece el llanto. Lo que venga después depende de la madurez personal: asumir la condición humana al estilo de Abraham, como caballero de la fe, o archivar lo valioso de la experiencia límite y continuar transitando de modo iluso por las zonas incoloras e insulsas de una modernidad decadente.
El autor es docente universitario.



