Casi todo el mundo cree que la revolución cubana es comunista, confundiéndola con la obra desastrosa de los hermanos Castro. La revolución cubana solo tuvo lugar brevemente, en los primeros meses de gobierno revolucionario, allá por el 1959, cuando ninguno de los crímenes y abusos del comunismo estaba presente.
El comunismo nada tiene que ver con la revolución cubana. Ni en La historia me absolverá, de Fidel Castro, ni en el Manifiesto de la Sierra Maestra ni en la tesis económica del movimiento 26 de julio, Bases ideológicas de la lucha contra Batista, aparecen las palabras “comunismo” o “socialismo”. Era obvio en esos documentos que la economía de mercado sería intocable y el respeto a los derechos humanos constituiría un objetivo primordial.
En resumen, las promesas fundamentales del movimiento “26 de Julio” eran la reinstauración de la Constitución de 1940 y el manejo honesto de los fondos públicos. Lograrlo era una verdadera revolución.
A Batista se le combatía por su poder ilegítimo, producto de un golpe de Estado y por sostenerlo apelando a las más crueles torturas y asesinatos. No se estaba contra Batista para cambiar el sistema económico ni para que la política estuviera regida por un solo partido. Esas medidas comunistas, implantadas por Fidel Castro, eran ajenas a la promesa de una revolución democrática y al sentir de la militancia combativa, tanto de la clandestinidad como del ejército rebelde.
Una retórica virulenta satanizando a Estados Unidos (EU) y la progresiva designación de comunistas en el gobierno hacían sospechoso a Castro de una inclinación marxista-leninista, que él negaba rotundamente. Los que daban la cara nombrando comunistas eran su hermano Raúl Castro y el Che Guevara, pero siempre cuidándose él de no involucrarse.
Además de la ideología secreta del dictador, hay que tener presente también algunos sucesos del año 1959 y principios de la década de 1960, como el deterioro de EU ante la opinión mundial por sus sangrientos motines racistas y el avance de la Unión Soviética (URSS) en los primeros pasos de la carrera espacial.
Para Castro, la supremacía mundial iba a estar en manos del comunismo y, al parecer, quería ser parte del equipo dominante y gozar de su protección. Por otro lado, el sistema comunista le ofrecía un mandato vitalicio sin que fuera tildado de usurpador.
En sus planes oportunistas de imponer el comunismo, el dictador Castro sabía que, en algún momento, en plena guerra fría, chocaría con el poderoso vecino norteño. Para protegerse tenía que procurar la ayuda económica y militar de la URSS, pero negando en todo momento su ideología marxista-leninista, lo que hacía para ganar tiempo. Y todos le creíamos, empezando por la dirigencia del movimiento revolucionario.
En 1959, estando yo a cargo de la propaganda del “26” para la provincia habanera y alrededor de mayo, junto a otros cuatro dirigentes revolucionarios (entre los que estaba Vicente Báez, editor de las enciclopedias de Cuba y de Puerto Rico) nos reunimos con Fidel Castro para tratar exclusivamente la infiltración comunista, pensando que algunos detalles de lo que pasaba podían ser desconocidos por él. Estábamos muy lejos de pensar que el propio Castro fuera el jefe y cerebro de esa conspiración.
Después de darle una lista de comunistas que estaban siendo nombrados en posiciones de importancia, Castro nos dijo que teníamos razón, que esas acciones eran promovidas por Raúl y el Che, y que “bordeaban la traición” (sic). Que proceder de inmediato contra ellos, cuyo prestigio estaba estrechamente ligado a la revolución, nos haría un daño irreparable. Y Fidel Castro nos pidió que le diéramos tiempo, que él podía resolver el problema. Nos despedimos pensando que así sería. Pero lo cierto es que habíamos sido víctimas ingenuas de una trama traicionera que alcanzaría inundar a Cuba de sangre y terror.
Después de cientos de negativas sobre su ideología comunista, el dictador cubano confesaría la verdad. El 2 de diciembre de 1961, casi dos años después del triunfo sobre Batista, lanzaría el grito de guerra de la villanía triunfante: “Soy marxista-leninista y lo seré hasta mi último día”.
