En agosto de 1972 fui nombrado asesor del canciller Juan Antonio Tack ante Estados Unidos. Venía del exilio en Holanda tras haber sido encarcelado a raíz del golpe del 11 de octubre de 1968.
Había estudiado las relaciones con Washington desde cuando éramos parte de Colombia.
Mi relación con el tema empezó con un incidente doloroso en la Zona del Canal cuando, a los ocho años de edad (1947), el perro pastor alemán de un norteamericano que vivía en Ancón, cerca del Hotel Tívoli, me atacó sorpresivamente en un área de Panamá un día domingo cuando regresaba del cine, sin razón alguna y sin que me percatara, dejándome tirado y desangrándome en el suelo.
Caminé dificultosamente por toda la avenida Central hasta mi casa en Santa Ana, donde mi madre me hizo las primeras curaciones. Me tuvieron que operar de urgencia a medianoche en el Hospital Santo Tomás sin anestesia, y ocho hombres y mi madre tuvieron que sujetarme porque el dolor sería insoportable. Me extirparon las partes afectadas y me cosieron a rejo limpio.
El día siguiente era el primer día de clases, pero no podía caminar y estuve cuatro meses sin ir a la escuela.
El Gobierno de Panamá, en la persona del viceministro Francisco Filós, se lavó las manos. El gobierno de la Zona prometió matar al perro, pero eso no ocurrió.
Tales negativas me enseñaron que Panamá no mandaba en su territorio, lo cual me hizo jurar que dedicaría mi vida a expulsar a los Estados Unidos del suelo patrio.
Afortunadamente, mi maestra de segundo grado era una dirigente extraordinaria: Sara Sotillo fue la fuente de mi patriotismo desde la Escuela Manuel José Hurtado.
Fue justamente Sotillo quien me motivó a participar en la marcha contra el Tratado Filós-Hines del 10 de diciembre de 1947, que contribuyó a su rechazo. Participé en esa marcha como reacción a la mordida del perro.
El 9 de enero de 1964 derribé una avioneta de la Zona que violaba nuestro espacio aéreo, acompañado por amigos de cacería, como Zósimo Wong Broce e Iván Broce. Le disparé con un rifle Winchester .22 Hornet de alta potencia.
La avioneta fue obligada a aterrizar en Albrook Field, pero no hubo víctimas. Dos días después, el diario La Estrella culpó del derribo a “elementos irresponsables” sin denunciar la violación de nuestra soberanía.
La masacre de 24 panameños y las heridas causadas a otros 500 por el ejército acantonado en la Zona fueron la justificación para exigir las negociaciones de los proyectos Robles-Johnson de 1967.
Yo era presidente de la Asociación de Estudiantes de Diplomacia, cuya escuela era dirigida por Ernesto Castillero Pimentel, otrora un respetado patriota. Pero los estudiantes le llevábamos la contraria.
De nuestra oposición a los acuerdos Robles-Johnson salieron cientos de ensayos que edité en España: El Canal de Panamá, calvario de un pueblo, Madrid, Editora Mediterráneo, 1972, 1975, 368 págs. Fue texto obligatorio en escuelas y universidades del país.
Las cuatro primeras dedicatorias de mi libro desde Madrid fueron para Fidel Castro, Raúl Roa, canciller de Cuba, Omar Torrijos y Juan Antonio Tack.
Regresé a Panamá para ver a mi madre enferma, con la intención de regresar a Holanda. El doctor Jorge Illueca, un exprofesor, me sugirió visitar al canciller Tack, quien preguntaba por mí.
Tack, quien me había aplicado el examen de la carrera diplomática como vicecanciller junto al canciller Nander Pitty cuando yo estaba refugiado en la Zona del Canal en 1969, me dio el puntaje más alto registrado en la historia de la carrera.
En agosto de 1972, el canciller Tack me nombró su asesor personal. También me informó que el embajador en la ONU, Aquilino Boyd, había gestionado una reunión del Consejo de Seguridad en marzo de 1973 en Panamá. Era la segunda vez que se reunía fuera de su sede. La primera había sido en Adís Abeba, Etiopía.
El canciller me hizo responsable de la estrategia en dicha reunión. Sugerí que debía viajar a la Corte Internacional de Justicia de La Haya para estudiar la jurisprudencia relativa a bases militares tanto allí como en el Consejo de Seguridad. Tack estuvo de acuerdo y estuve en La Haya varias semanas.
Cuando regresé en enero de 1973, encontré una atmósfera agria en la Cancillería: Jorge Illueca se oponía acremente a un proyecto de resolución mío que proponía la soberanía nacional y el traspaso del Canal a Panamá. Era la primera vez que se solicitaba a nivel internacional.
En cambio, Illueca proponía la neutralización de todos los canales interoceánicos. Yo le insistía en que ello no era posible, además de ser una intrusión en la soberanía de varios Estados, Egipto en primer lugar.
Fue tan agria la discusión que Illueca perdió el control y la compostura, se levantó airadamente y nos tiró la puerta en la cara al canciller Tack, al ingeniero Julio Noriega (hermano de Manuel Antonio) y a mí. A pesar de que éramos decenas de asesores, nadie más participó en la polémica. Yo estaba junto al canciller, y este llamó al general Torrijos, a quien puso al tanto.
El canciller me explicaba que le era difícil decidir a quién darle la razón, ya que se trataba de un embajador en la ONU, Boyd, e Illueca, que sumaban décadas en el organismo, contra mí, un recién egresado, si bien with distinction, de universidades holandesas. A lo largo de la polémica, el embajador Boyd se mantuvo distante.
Cuando el canciller Tack inauguró el Consejo de Seguridad el viernes 15 de marzo de 1973 por la noche en la Asamblea Nacional del Órgano Legislativo, él mismo me confió que procedería a presentar primero el proyecto de Illueca, pero que, si este era rechazado, propondría el mío.
Yo acepté. El proyecto de Illueca fue tan rechazado por el pleno que un clamor en contra se propagó en el Consejo, liderado por el embajador de Egipto, país administrador del Canal de Suez, cuya airada reacción hizo que se suspendiera la sesión hasta el siguiente lunes 18 de marzo. El citado embajador protestaba ofuscado por la inaceptable intromisión de Panamá en los asuntos de Egipto, y tenía razón.
Antes de la inauguración, saludé al canciller de Cuba, Raúl Roa, quien al verme exclamó: “Oye, chico, ¿tú no estabas en Madrid?”. Esa noche (15 de marzo de 1973) el canciller Tack me pidió abordar el primer avión a la isla Contadora al día siguiente para “seguir trabajando”.
Llegué muy temprano a Contadora el sábado 16 y, enseguida, escuché llegar el helicóptero del general Torrijos, quien se me acercó y preguntó: “¿Cómo te fue en La Haya?”. Le respondí que bien, pero “necesito hablar con usted a solas, sin periodistas ni guardaespaldas. Solo usted y yo, para hablar sobre el momento peligroso que estamos enfrentando en estos momentos”.
El general me condujo a una amplia sala del hotel en la que nos sentamos frente a frente. Le hablé sin parar por hora y media, y Omar permaneció sumamente receptivo sin musitar palabra. Le expliqué en detalle el tejemaneje del escenario ante nosotros: “O nos aclaramos y le señalamos el objeto de la reunión o fracasamos estrepitosamente”. “¿Así es la cosa?”, preguntó. Le respondí: “¡Así mismito es!”.
Su reacción me sorprendió: sus palabras firmes y terminantes fueron: “¡Dígale al canciller Tack que Julio Yao tiene luz verde!”.
A la hora de la cena, el canciller Tack me aguardaba rodeado de embajadores y con una silla para mí. Eufórico como nunca, me recibió con estas palabras: “Los embajadores que me acompañan me acaban de decir lo mismo que tú hace semanas”.
Estaban el canciller Miguel Ángel de la Flor Valle, del Perú; Ignacio Golob, de Yugoslavia; el canciller de Cuba, Raúl Roa, y su embajador en la ONU, Ricardo Alarcón de Quesada, entre otros. Me dijo: “Te pido que no te sientes y le escribas un memorándum detallado para el general que le explique tu visión sobre esta coyuntura. Yo se lo llevaré a su habitación esta noche a las 10”.
Así lo hice: me encerré en un cuarto de aseadores y redacté a mano, ya que no había secretaria, trece páginas de trece pulgadas de longitud cada una y se las entregué.
De esas páginas salieron sendos discursos de nuestros dirigentes. Tack manifestó al cierre de la reunión: “Estados Unidos vetó el proyecto de resolución en apoyo a la causa panameña, pero el mundo entero vetó a los Estados Unidos”.
Raúl Roa pronunció el más enjundioso discurso y se enzarzó en agrias discusiones con el embajador de Estados Unidos, John Scali. Resultado: 13 votos a favor, 1 en contra (el veto de Estados Unidos) y la abstención de Gran Bretaña.
La causa panameña había ganado el primer round con la mayor contundencia posible, lo que abrió paso a futuros triunfos de nuestra diplomacia. Jorge Illueca, que no fue invitado a Contadora, se mantuvo a distancia, pero después se disculpó conmigo.
A pesar del veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad, Washington buscó descongelar las relaciones. En diciembre de 1973, el canciller Tack me informó que el secretario de Estado Henry Kissinger proponía un anuncio conjunto.
Me encargó redactar, como único responsable, el Acuerdo de Principios que se convertiría en la Declaración Conjunta Tack-Kissinger del 7 de febrero de 1974, la segunda después de la Declaración Moreno-Bunker de 1964. El borrador de Kissinger no contenía los principios que Panamá necesitaba.
En ese proceso tomamos contacto con la República Popular China a través de su embajador Huang Hua y su adjunto Chou Nan, ambos futuros cancilleres, con quienes conversé largamente en Contadora.
Mao Zedong ya nos había respaldado tras el 9 de enero de 1964 con millones de manifestantes. A solicitud del canciller Tack, consulté a Pekín sobre la neutralidad de los canales, y la respuesta de Mao fue que China exigiría el retiro de las bases militares estadounidenses si Panamá lo pedía.
En Nueva York, Tack propuso a Kissinger redactar primero un acuerdo de principios y no artículo por artículo. De allí nació la Declaración de ocho puntos, cuya redacción final me correspondió, incluyendo la condición sobre obras nuevas. Las negociaciones luego se tensaron.
Bunker insistía en derechos de defensa a perpetuidad para Estados Unidos después de 1999, lo que Tack siempre rechazó. En 1975, Kissinger y Sol Linowitz afirmaron que Panamá no debía ilusionarse con ser independiente con el Canal, lo que casi hace naufragar el proceso y me llevó a refutarlos desde México.
Hasta febrero de 1977 se hablaba de un solo tratado, pero en mayo de 1977 Bunker sugirió dividirlo en dos: Estados Unidos defendería el Canal de amenazas externas y Panamá de las internas, con fecha de expiración el 31 de diciembre de 1999.
Sin embargo, el Tratado de Neutralidad firmado el 7 de septiembre no incorporó ese principio y dejó la defensa absoluta en manos de Estados Unidos. El Senado lo ratificó con enmiendas que desnaturalizaron los convenios, especialmente el de Neutralidad, una zona oscura que aún debe aclararse.
El autor es exasesor de Política Exterior y exagente ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
