Reconozco que no estoy seguro si “no son o fueron los que debieron estar” o “están o estuvieron los que no debieron” en los puestos de gestión de la salud panameña. Lo que sí percibo es que la gestión de nuestro sistema de salud en los últimos 25 años, con algunas excepciones, ha sido una extensión de la esencia política panameña caracterizada por pensar primero en el partido político y no en el país. Para muestra, algunos botones.
Se pregona la importancia de la ciencia y se enaltece el trabajo de los investigadores científicos, pero presupuestariamente “atan de manos y pies” a centros como el Instituto Conmemorativo Gorgas o se desiste en la prevención y la lucha oportuna contra las enfermedades transmisibles. El fenecido SNEM, si bien comenzó contra la malaria y la fiebre amarilla, con todo lo que pasa actualmente con tantas enfermedades transmitidas por vectores, perfectamente pudo haber evolucionado y modernizarse como instancia de vigilancia “al pie del cañón”, como otrora lo hizo en sus mejores momentos.
Se grita a voz en cuello sobre las dependencias de salud para la atención de la población, pero aquí mismo en la ciudad capital hay varios centros “a medio palo” y ni quiero imaginarme cuantos hay así o peor en el interior. Que si es por causa de adendas raras que nunca los terminan, que si fue porque falló el anterior y no es culpa del actual, que si yo no fui o fue Teté y así seguimos.
Se promueve la atención especializada en todo el interior, pero no se ha podido “cinchar” a los colegas avivatos que acceden a estudios médicos y “se comprometen” a trabajar en el interior y, al final del camino, “juegan bolsita” con las autoridades y se quedan en la ciudad, porque disque pagan en metálico el costo de sus estudios para compensar al Estado por desertar a sus asignaciones en nuestras campiñas. ¡Qué bonito! Y la población jodida.
Se habla de transparencia en las gestiones, pero nadie hace caso. Tenemos leyes vigentes de más de 10 años que mandatan concursos para la asignación a los puestos directivos de las instituciones, específicamente los Hospitales de Consejo Directivo, pero sigue el botín partidista, afectando la autoridad formal de esas instituciones, muchas veces con sujetos que no se identifican con la institución ni con la correcta gestión de los servicios de salud, mucho menos con los colaboradores o con la población a los que se deben. Ciertamente, nadie puede asegurar que un director médico por concurso permitirá los mejores resultados de una unidad ejecutora, pero sí asegura que el que gane será el mejor del grupo de aspirantes (siempre y cuando el concurso sea justo, por supuesto).
Se publicita la excelencia de nuestro Instituto Oncológico, que no dudo que así sea, pero han tardado años en decidirse por rehacerlo o bien establecer clínicas satélites en dos o tres puntos del país para no solo descargar a la unidad Sede, sino para amainar la zozobra de los desplazamientos de los pacientes. No, eso no lo piensan oportunamente. ¡Ah!, pero ahora sí y supongo que debemos agradecer, pero “justicia tardía no es justicia” y no vengan con el cuento de que “más vale tarde que nunca”.
Se regodea por todo lo que se hace en salud, pero, ¿a qué costo? ¿No se dan cuenta que son triunfos pírricos? En el fondo, no creo que todos los gestores sean incapaces, pero sí creo que hay mucha desidia. Requerimos mejores gestores, indudablemente. Percibo que los concursos por méritos y oposición justos son mejor que lo que ocurre actualmente. De no corregir la gestión de nuestro sistema de salud, por ende la manera de asignar a los gestores, seguiremos como en la “procesión de Portobelo”.
El autor es médico

