Me senté delante de la pantalla para escucharle: “¿Quién es, papá?”. “El presidente de la República, es su último discurso”. “¿Se va?”. “Sí (por fin, pensé, no lo dije)”. “¿Es bueno?”
Me salvó de responder el arranque de su intervención. Ya había escuchado a la señora Ábrego citar a Churchill reiterando, contumaz, su “defensa” de la democracia con gesto prepotente.
Y allí estaba él, bandera-banda surcando su pecho, y, sin leer, soltó el discurso más autocomplaciente y desenfocado sobre la realidad nacional que haya hecho hasta la fecha, y paz de conciencia para aleccionar al resto de los mortales.
En un buen político siempre es necesaria una dosis de autocrítica. Pero él no, él se echó todas las flores del mundo, con cifras incluidas (vine a hacer patria y no plata, dijo), dando la falsa impresión de haber logrado cumplir todas sus promesas. Un ejercicio de cinismo personal y político que no debemos olvidar nunca.
Ya conocen ustedes el fondo de sus palabras, no cabe más que afirmar que “más vale bueno por conocer que malo conocido” (parafraseando el refrán). Desde ya empecemos a recordar este discurso como la cima de todo el mal hacer de un Ejecutivo pedante, autocomplaciente y mentiroso.
Que el verano no despiste nuestra atención y no nos dejemos engañar por las cifras del turismo o la inauguración de la línea del Metro: los verdaderos cambios tienen que venir en materia de salud, pensiones y educación. No hay sociedad que pueda sostenerse convertida solo en un gran mall, hace falta cultura, verdadera seguridad en las calles, leyes que respeten la dignidad de todos.
“No mucho”, le contesté a mis hijas después del discurso. (“Es malísimo”, pensé, no lo dije). “Hay elecciones en mayo”, añadí, mirándolo salir de la Asamblea. “Entonces saldrá uno mejor”, dicen. “Eso espero: la democracia es votar...”
“ Y ser bueno también”, me corrige la mayor. “Votar y ser bueno”.
El autor es escritor