Después del reciente sismo, participar en inspecciones de edificaciones en la Ciudad de Panamá me ha dejado dos impresiones muy distintas. La primera es favorable: en un alto porcentaje de los edificios recorridos no hemos observado daños visibles que hagan presumir afectaciones estructurales importantes. Eso habla bien del trabajo realizado durante décadas por arquitectos, ingenieros, constructores y autoridades.

La segunda impresión, sin embargo, debe preocuparnos. Una edificación puede conservar su estabilidad estructural y aun así presentar condiciones capaces de poner en riesgo la vida de sus ocupantes durante una emergencia. La seguridad humana no depende únicamente de que columnas, vigas, losas y muros permanezcan en pie. También depende de que las personas puedan desplazarse, orientarse y salir de manera rápida y segura cuando las circunstancias lo exijan.

Ahí entran los medios de egreso.

Un terremoto, un incendio, una fuga de gas, la presencia de humo o cualquier otra emergencia pueden obligar a desalojar parcial o totalmente un edificio. En ese momento, escaleras, pasillos, puertas, salidas, iluminación y señalización dejan de ser elementos secundarios: se convierten en infraestructura para proteger vidas.

Durante las inspecciones recientes hemos encontrado situaciones que no necesariamente requieren grandes inversiones para corregirse, pero sí planificación, mantenimiento y, sobre todo, conciencia de su importancia.

Hay edificios donde las condiciones de egreso merecen ser reevaluadas conforme a su uso, altura, carga de ocupantes y normativa aplicable. Cuando se requieren salidas independientes, estas no constituyen un capricho reglamentario: representan alternativas de escape cuando una ruta queda comprometida. La seguridad humana no debe verse como el simple cumplimiento de un requisito administrativo, sino como una responsabilidad profesional y ética.

También encontramos señalización insuficiente, inadecuada o mal ubicada. En una emergencia nadie debería detenerse a preguntarse hacia dónde debe dirigirse. La ruta de salida tiene que ser identificable aun para quien visita el edificio por primera vez.

La iluminación merece igual atención. Se observaron luminarias fuera de servicio, sensores que no responden, lámparas quemadas y unidades de emergencia deterioradas, sin batería o incapaces de funcionar al activar su prueba. Una escalera que parece perfectamente utilizable en condiciones normales puede convertirse en una trampa durante una interrupción eléctrica o en presencia de humo.

A esto se suma una práctica especialmente preocupante: utilizar descansos, pasillos y escaleras como áreas de almacenamiento. Contenedores de desperdicios, materiales de reformas, muebles, equipos y otros objetos ocupan espacios destinados al desplazamiento seguro. Cuando reducen el ancho libre, interfieren con puertas o dificultan el tránsito, dejan de ser una incomodidad y se convierten en un riesgo.

Lo mismo ocurre con determinadas instalaciones y equipos colocados sin considerar adecuadamente su relación con las rutas de evacuación. Todo elemento ubicado en un medio de egreso debe ser evaluado para asegurar que no reduzca el ancho requerido, no genere obstáculos ni comprometa la circulación de personas durante un desplazamiento de emergencia.

Estas situaciones no deben atribuirse únicamente a las administraciones. Arquitectos, ingenieros, diseñadores de instalaciones, constructores, inspectores, propietarios y administradores compartimos responsabilidades distintas a lo largo de la vida útil de una edificación. Un buen diseño debe anticipar el mantenimiento; una buena administración debe impedir la improvisación; y una inspección responsable debe advertir condiciones que puedan comprometer la seguridad.

El reciente sismo nos recordó algo que no deberíamos necesitar que una emergencia nos enseñe: un edificio seguro no es solamente aquel que no se cae. Es aquel que, cuando ocurre lo inesperado, permite que sus ocupantes se protejan y, cuando sea necesario, puedan salir de él con seguridad.

La seguridad humana no puede comenzar después de la emergencia. Tiene que estar prevista antes de que ocurra. No es un accesorio del diseño ni un simple requisito para aprobar planos: es una condición esencial para evitar que una emergencia se convierta en tragedia.

El autor es arquitecto; diseñador, constructor y consultor de calidad y seguridad para obras de construcción; exdirector de Obras y Construcciones del Municipio de Panamá; miembro del Comité Consultivo Permanente del Reglamento de Seguridad Humana (JTIA), y coordinador de la Comisión SPIA de Defensa de la Profesión.