Durante una semana, según contó ella misma, Katleen Levy fue al lugar donde la periodista Flor Mizrachi acostumbraba tomar café. Quería encontrarla para golpearla. Lo relató en su pódcast, Simplemente Katleen, en una conversación con el diputado Jairo Bolota Salazar: “Ya yo no soy diputada, yo te voy a pegar a ti”. Salazar, que sí es diputado en funciones, celebró la idea y dijo que le gustaría verlo “por un huequito”. El Fórum de Periodistas, el Consejo Nacional de Periodismo y la Asociación Panameña de Radiodifusión rechazaron las amenazas en un comunicado conjunto.
No conozco a Levy ni he hablado nunca con ella. Escribo como ciudadano que ha seguido su carrera desde que llegó a la Asamblea Nacional, y lo que dijo esta semana confirma un deterioro que se veía venir.
Su respuesta a los gremios fue recordar que es abogada y no periodista, y que tiene derecho a defender su nombre. En lo segundo tiene razón. Lo que no tiene es derecho a amenazar. Como abogada sabe mejor que la mayoría que quien se siente difamado tiene caminos: la rectificación, la querella, los tribunales. Escogió otro.
Conviene recordar para qué existe el periodismo. Su trabajo es incomodar: preguntar lo que el poder preferiría no responder, señalar lo que preferiría esconder y opinar sobre la conducta pública de quienes lo ejercen o lo ejercieron. Una exvicepresidenta de la Asamblea que hoy conduce un programa y busca audiencia sigue siendo una figura pública. A la periodista que incomoda se le puede rebatir, corregir o demandar. Amenazarla es intentar que se calle.
No es la primera vez. En 2019, cuando Mizrachi le dedicó unos “saluditos” en sus glosas por comprar en Zara en descuento, Levy respondió en redes que llevaba cinco años aguantando sus críticas y la invitó a resolverlo en persona. Mizrachi contestó que no iba a pelear con nadie. Siete años después, aquella invitación reaparece como el relato de una semana de búsqueda. Un arrebato aislado se puede entender. Lo que se repite durante años ya dice algo de la persona.
En 2015, siendo diputada, Levy denunció públicamente haber sido agredida por otra diputada. Sabe lo que es estar del otro lado, y entonces supo exigir protección. Hoy cuenta con ligereza que salió a buscar a otra mujer para hacerle algo parecido.
El episodio muestra qué hace Levy con el poder que tiene. Fue vicepresidenta de la Asamblea y hoy maneja un pódcast y una cuenta de Instagram con un alcance que ella misma compara con el de los medios tradicionales. Con esa plataforma, en vez de demostrar con hechos que una crítica es injusta, le enseña a su audiencia que a quien te cuestiona se le responde con el puño. Así no se gana respeto. Se gana miedo, y por poco tiempo.
Intimidar a la prensa desde el poder no es nuevo. Lo nuevo es que ya no se hace en privado. Hoy se cuenta frente a un micrófono, como si fuera motivo de orgullo.
Lo de Salazar es todavía más grave, porque él sí está en funciones. Un diputado que, en vez de frenar una amenaza contra una periodista, la celebra, está revelando cómo entiende la libertad de prensa desde el lugar donde se hacen las leyes. Ninguno de los dos usó ese espacio para discutir una idea. Lo usaron para alimentar el morbo de sus seguidores.
Nada de esto sorprende a quien siguió su paso por la curul. Levy llegó joven a la Asamblea, en 2014, para representar a comunidades de Panamá Este que necesitaban una voz. Pudo haber sido otra historia. Su periodo quedó marcado más por las polémicas que por las leyes: el caso de la Naviferia del IMA, que llegó al Procurador de la Administración; las sesiones de modelaje que abrieron un debate sobre el Código de Ética; el viaje a Marruecos en el que llamó “Frente Policíaco” al Frente Polisario. Perdió la reelección en 2019, reunió firmas para una candidatura presidencial independiente y en 2024 terminó como suplente de su madre, respaldando al candidato del PRD, adversario histórico de su propio partido. En cada etapa, la constante ha sido buscar atención antes que construir un perfil serio.
El lenguaje también la retrata. “Pendejada”, “rabo de paja”, “yo te voy a pegar”. Nadie le pide a un político que hable como un académico, pero sí que entienda que quien ha ocupado un cargo público sigue siendo un referente, y que su manera de expresarse forma parte de la responsabilidad que asumió. En más de diez años de vida pública, Levy no ha mostrado interés en elevar ese registro.
Levy y Salazar son el síntoma de algo que va más allá de Panamá. La política de estos años premia la agresión, la banalidad y el insulto, y relega la retórica y el argumento. Hoy vale más la cantidad de vistas que consigue un epíteto que la capacidad de construir una idea. Se puede ser genuino y cercano sin renunciar a la habilidad verbal, a la inteligencia ni al buen trato; es lo mínimo que uno esperaría de quien aspira a representar a otros. Pero el algoritmo aplaude al que grita, y al que piensa antes de hablar le toca esperar.
De poco sirve cuidar la imagen, vestir ropa cara o reinventarse frente a las cámaras si el carácter y el temperamento siguen siendo los mismos. La apariencia se puede comprar. El dominio de uno mismo hay que trabajarlo.
Panamá no necesita políticos perfectos. Necesita, como mínimo, que quienes han tenido poder sepan recibir la crítica sin convertirla en una cuenta personal. Flor Mizrachi hizo lo que hace una periodista: incomodar. Katleen Levy podía responder con argumentos. Prefirió amenazar. Esa elección, más que cualquier glosa, es lo que mejor retrata su decadencia.
El autor es doctor en linguística y filosofía.



