El martes en la noche, entre trabajo pendiente y ver a mis hijos jugar juegos de mesa con sus abuelos y tíos, revisaba el teléfono como quien espera noticias de la familia. Y llegó una que me arrancó una sonrisa: en Carolina del Sur, Annie Andrews, pediatra y mamá de tres hijos, ganó un escaño en el Senado de Estados Unidos. Es la primera mujer elegida por ese estado para el Senado, y desde 1998 ningún demócrata había ganado allí un escaño en esa cámara.
No la conozco personalmente, pero me siento identificada. Pasó casi veinte años en hospitales infantiles, y cuenta que las fallas de Washington le llegaron hasta el consultorio: niños baleados en sus barrios, adolescentes en crisis de salud mental sin un lugar al que acudir, familias que parten las pastillas para que la medicina rinda más. Cualquier pediatra, aquí o allá, ha vivido esa escena. Esa impotencia de saber lo que un niño necesita y ver que el sistema no llega a tiempo.
Tampoco ganó a la primera: en 2022 perdió una carrera por la Cámara de Representantes y, en vez de rendirse, volvió a intentarlo. Eso también lo entiendo: las madres que trabajamos sabemos lo que es levantarnos de nuevo.
Quiero ser prudente: soy consciente de que una elección no arregla un país, y ningún político lo hace solo. Lo que celebro es una idea: que quien ha pasado noches de guardia junto a la cama de un niño enfermo sabe que el presupuesto de salud no es una cifra. Es, por ejemplo, una receta que una familia podrá comprar o no. Andrews defendió ampliar el acceso a una atención médica asequible y se comprometió a no aceptar dinero de empresas para su campaña.
No fue la única: Amy Acton, también pediatra, ganó la gobernación de Ohio, y Richard Pan, igualmente pediatra, llegará a la Cámara de Representantes por California. Parece que los votantes quisieron a alguien que sepa cuidar.
Hay cosas que espero, y las digo como pediatra, como investigadora que está dando sus primeros pasos y como mamá. Espero que la ciencia vuelva a ser la base de las decisiones de salud y no una opinión más en la mesa. Las vacunas salvan vidas porque se estudiaron durante muchos años y su beneficio quedó demostrado, no porque a alguien se le ocurriera. Espero que los sistemas de salud alcancen a la mayoría y no solo a quien puede pagarlos. Y espero que ningún niño, en ningún país, termine encerrado o separado de su familia. Un niño es mucho más que un trámite migratorio: es un niño, y tenemos la obligación de cuidarlo.
Sé que nada de esto es automático. Estoy segura de que habrá desacuerdos, negociaciones y promesas que se queden cortas. Pero hoy me permito el optimismo, porque a veces el cambio empieza cuando alguien decide que ya no basta con quejarse desde el sofá de su casa o en redes sociales.
Nosotros también votaremos en 2029. Y antes de eso, me gustaría que hiciéramos algo sencillo: preguntarles a quienes aspiren a gobernarnos qué harán por la niñez, y esperar una respuesta con nombres, presupuesto y fechas. Que nos hablen menos de cifras y más del bien común.
A los padres y abuelos que me leen les dejo una tarea: conversen con sus hijos y nietos sobre por qué votar es una forma de cuidar. Enséñenles que, tarde o temprano, el país que dejemos será el que ellos hereden. Y que merecen uno menos desigual y con las mismas oportunidades para todos.
La autora es pediatra.



