MEDIO AMBIENTE

¿Qué valor tiene un bosque?: Raisa Banfield

Algunos responderían a esta interrogante en función de los servicios ambientales que brindan, poniéndole cifras a la captura de carbono, a la generación de oxígeno y a la retención de la erosión, entre otros, basados en estudios que ya existen para este tipo de valoraciones. Otros dirían que es un valor relativo a las oportunidades de desarrollo que brinda la tierra que ocupa el bosque, si hay infraestructura en su entorno, si el suelo es bueno para desarrollo agrícola, o si hay mucho que “sanear”. Entonces, su monto es mayor o menor dependiendo de la inversión que hay que hacer para “adecuarlo”.

Hay, ciertamente, quienes dirían: “Es que no puede ponérsele precio a algo en lo que no tuvimos nada que ver para que existiera, y que no tenemos cómo reemplazar si faltara”.

Lo cierto es que hay servicios que brindan los bosques que todavía los seres humanos no hemos descubierto cómo los podemos ofrecer o reemplazar. Es decir, no podemos fabricar el agua, no somos capaces de generar aire puro y, definitivamente, no podemos recrear la infinita biodiversidad que desarrolla su vida en ellos. Sin embargo, hay cosas que sí podemos hacer –pero a un alto costo–, por ejemplo: controlar la erosión, reemplazando los árboles por muros de contención, gaviones y mallas geotextiles; o disminuir las inundaciones, con diques, represas y tinas.

Pero en ninguno de los casos anteriores se logra hacer con tanto éxito o a bajo costo como cuando la naturaleza se encarga de ello.

Cuando analizo los criterios técnicos que hasta ahora han servido para devastar los bosques de áreas adyacentes al Parque Nacional Camino de Cruces y permitir el desarrollo inmobiliario, o los bosques de la ribera del Canal para abrirle paso al parque de carros de una empresa privada, o para talar manglares en la bahía de Panamá y permitir el desarrollo de galeras o un residencial lujoso, llego a la conclusión de que cualquiera que sea el valor que le ponemos a los bosques, está muy por debajo del valor que le ponemos a un espacio construido.

Mientras que el metro cuadrado de un lote en el centro urbano, rodeado de edificios, vehículos y contaminación, con una vieja estructura de mala arquitectura, cueste 10 veces más que una hectárea de manglar, bosque o área verde, no tendremos un desarrollo en equilibrio con la naturaleza. En conclusión, saldrá casi gratuito devastar para construir y, muy caro, demoler para reconstruir.

¿Cómo se entiende, entonces, que cinco hectáreas de bosque en la ribera canalera, a orillas del lago Brazo Camarón –zona protegida del Camino de Cruces– se subastara en 3 millones de dólares, o que se compre, en centavos, el metro cuadrado en las zonas de humedales de la bahía de Panamá. ¿Por qué ocurre todo esto? Ocurre, porque los servicios que brinda el bosque, y que todos dejaremos de percibir, no tienen precio; porque no tiene costo reemplazar un beneficio por un daño; porque no hay conciencia de que lo que deja de producir la naturaleza no lo puede reemplazar el ser humano.

Nuestras leyes y normas, tanto nacionales como locales, aunque ya están en proceso de adecuación, no van tan rápido ni al tiempo que van las iniciativas empresariales. Estas encuentran en nuestras normativas (desfasadas e inadecuadas) el espacio pertinente para desarrollar lo que la ley no les prohíbe o dejar de hacer lo que no les exige explícitamente.

La resistencia del mercado, cuando decimos, “eso no se puede porque genera consecuencias negativas”, es enorme. Hay poca disposición de colaboración para crear modelos de corresponsabilidad ambiental, que disminuyan las ganancias, pero que creen conciencia y bienestar colectivo.

Ante este escenario, creo en los planes y en la ciencia, como base de la toma de decisiones técnicas y políticas correctas. Pero también, estoy convencida de que mientras el modelo económico no contemple los costos colaterales, siempre será más barato talar un bosque que demoler una galera para construir lo que el mercado demanda.

La tarea que se nos exige a quienes nos toca temporalmente llevar las riendas de los gobiernos es ardua y abrumadora, pero posible. Sin embargo, no lo lograremos si no alineamos las visiones para que la sostenibilidad del desarrollo sea el verdadero norte y la meta, mediante una participación ciudadana activa, consciente, propositiva y vinculada.


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