Los temas abundan por estos días. Todos demasiado comentados. Uno de ellos se refiere a la OEA. La valentía, el coraje del secretario general Luis Almagro, en contraste con la penosa actuación de la canciller venezolana Delcy Rodríguez, sellaron la humillante derrota del actual gobierno, a pesar del esfuerzo hecho por distintas vías para impedir lo inevitable: hoy el mundo entero conoce al detalle las miserias del régimen imperante y no vacila en expresar tanto el respaldo al referendo revocatorio, como la petición por la liberación de los presos y el fin de la persecución política.
La situación se ha hecho tan delicada como complicada para un Nicolás Maduro que todavía pretende no escuchar las voces de algunos de los más insignes voceros de lo que fue el chavismo ortodoxo, exigiendo su renuncia. Se acerca el final. Aún no está claro cómo será, pero parece inevitable a corto plazo.
Podríamos continuar haciendo referencias a lo acontecido en la semana, pero quiero llamar la atención sobre la celebración, el pasado 24 de junio, de un nuevo aniversario de la Batalla de Carabobo. Como en muy pocas y criticadas ocasiones, no se celebró en el campo distinguido con su nombre, sino en una especie de encerrona en el patio de las academias militares en Fuerte Tiuna. La tristeza melancólica de este acto anuncia también cambios profundos en un estamento militar harto y fatigado por la incompetencia y corruptelas del alto gobierno cívico-militar.
Ahora bien, dejo expresa constancia de mi más enérgica protesta por el calculado olvido que en una fecha como esta se le ha hecho a José Antonio Páez.
El héroe indiscutido de la batalla. Ascendido a general de división en el propio campo de batalla por el libertador Simón Bolívar, quien personalmente dirigió las operaciones. El día de José Antonio Páez debería ser el 24 de junio. La extraña obsesión antipaecista de Hugo Chávez y sus alabarderos ha llegado al extremo de distorsionar la historia y hasta de borrar su nombre de los textos que se imponen a los jóvenes en sus centros de estudios.
No desconozco el valor de la unión entre Páez y Bolívar para hacer posible la liberación, como tampoco la gravedad de las dificultades generadas por su distanciamiento activo en los últimos años de la vida del Libertador. Pero para mí es indiscutible que el verdadero fundador de la República de Venezuela fue José Antonio Páez, presidente para 1830. Ojalá y en este país hubiera la suficiente serenidad como para discutir este y otros temas históricos con la altura y seriedad que se necesita.