Diciembre, otra vez diciembre. Este mes trajo luces, regalos, fiestas y, por supuesto, sentimientos. Es en diciembre cuando algunos cambian su alegría por tristeza y otros pasan de vivir en silencio a ser el alma de las fiestas.
Sin embargo, en el centro de estos 31 días, esperándonos como todos los años, continúa estando la historia más contada de la humanidad. Nos guste o no, en algún punto de este mes nos hemos encontrado con ella y con su protagonista.
Quizás usted piense que referirse a ese establo y a su residente sea –despectivamente hablando– religiosidad. Puede que desde hace mucho no toma unos minutos para repasar esa historia. O que siempre se la han presentado como una fábula para niños.
Sea como fuere, quisiera que –por unos minutos– volvamos a ese establo. Y como sé que hoy en día tiempo es lo que más falta hace, seré breve.
Seguramente era una noche como muchas otras. Unos señores –cinco o seis, quién sabe– cuidaban sus rebaños como lo habían hecho y lo seguirían haciendo toda su vida. Tal vez conversaban sobre lo corruptos que eran sus gobernantes o criticaban a los romanos por invadirlos con sus tradiciones extranjeras.
En esas estaban, gozando de la tranquilidad que ofrece la rutina, y del desahogo que brinda compartir con otros nuestras angustias, hasta que todo cambió. Un ángel –¿cómo lucirá un ángel?– se les apareció, y ellos quedaron aterrados. Tal habrá sido su terror, que el ángel empezó su discurso pidiéndoles que no tuvieran miedo.
La revelación de sus vidas fue que su anhelado señor y salvador, el elegido por Dios, había nacido –sí, como cualquier ser humano– en Belén, y que ellos –sí, ellos mismos– tenían acceso a él, pues, el bebé yacía acostado en un pesebre. El ángel se despidió rodeado de otros como él –un coro celestial– que entonaron un mensaje de gozo, paz, amor y esperanza.
Los tipos salieron de prisa. Quién sabe si pasaron por otros establos antes de dar con el correcto, o si un grupo de curiosos los atrajo al que era. Pero no hicieron sino ver al bebé y comenzaron a contarles a todos, incluida la madre del recién nacido, lo que el ángel les había revelado. No sabemos cuánto duró su visita, pero sabemos que –a pesar de haber regresado a su faena– sus vidas nunca volvieron a ser iguales.
Volvamos acá, al presente. Probablemente nuestras vidas se parecen a las de esos pastores; vivimos día a día entre responsabilidades e inconformidades. A lo mejor no sabemos qué hacer ni a quién acudir para salir de ese círculo vicioso y darle un giro a nuestro modo de vivir. O tal vez creemos que las cosas extraordinarias les pasan a todos, menos a nosotros.
Cualquiera que haya sido su situación durante este mes, quiero exhortarlo a que regrese a ese establo. Sí, lo animo a que lea la historia, pero sin temores ni misticismos. Léala poniéndose en los zapatos de los que cuidaban el rebaño e imagine cómo habría reaccionado usted en el lugar de ellos.
Hágase preguntas después de leerla, pero preguntas poderosas. Por ejemplo, ¿cuál es mi fuente de gozo, paz, amor y esperanza? O, ¿qué se necesitaría para que yo reaccionara como los pastores? Anímese, ponga en práctica este pequeño ejercicio ahora y descubra de dónde viene tanta celebración. Después de todo, la Navidad nació en ese establo. ¡Feliz Navidad y próspero 2019!
El autor es abogado
