Cada vez que se publican resultados que dejan mal parada a la educación, la conversación suele repetirse. Miramos las cifras, nos preocupamos unos días y comenzamos a buscar responsables. Que los estudiantes no quieren estudiar. Que los padres no acompañan. Que los docentes no hacen lo suficiente. Que los jóvenes viven distraídos por los teléfonos. Que antes se aprendía más.
Y así terminamos hablando de los estudiantes como si ellos fueran los únicos responsables de los resultados que obtenemos como sociedad.
Recientemente, la OCDE publicó los resultados de PISA 2025, evaluación internacional que mide las competencias de estudiantes de 15 años en ciencias, lectura y matemáticas. Participaron unos 760 mil estudiantes de 91 países y economías. Los resultados tampoco son alentadores: en los países de la OCDE, matemáticas y lectura alcanzaron sus promedios más bajos registrados. Entre 2015 y 2025, la caída fue de 22 puntos en matemáticas y 28 en lectura.
Pero hay una precisión importante cuando hablamos de Panamá: Panamá no participó en PISA 2025. Nuestra última participación fue en 2022. Por eso, no tenemos hoy una fotografía PISA reciente que permita decir cuánto avanzaron o retrocedieron nuestros estudiantes desde entonces.
Y aquí debería comenzar la conversación.
Porque no tener un dato nuevo no significa que no tengamos nada que mirar. La última fotografía ya era preocupante. En PISA 2022, Panamá obtuvo 357 puntos en matemáticas, frente a 472 del promedio de la OCDE; 392 en lectura, frente a 476; y 388 en ciencias, frente a 485. En matemáticas, apenas el 16 % alcanzó el nivel básico de competencia. Es decir, alrededor de 84 de cada 100 estudiantes quedaron por debajo de ese nivel.
Pero esas cifras no deberían utilizarse para etiquetar a una generación.
Un estudiante de 15 años no diseña el currículo, no decide qué recursos tiene su escuela, cómo se distribuyen los docentes, qué condiciones económicas tiene su familia ni qué problemas lleva consigo al aula.
Y PISA 2022 dejó otro dato que debería hacernos pensar. El 20 % de los estudiantes panameños reportó haber repetido al menos un grado después de ingresar a primaria, frente al promedio de 9 % de la OCDE. La pregunta no debería ser solamente por qué ese estudiante repitió. También deberíamos preguntarnos qué hizo el sistema antes de llegar a la repetición. ¿Detectamos la dificultad a tiempo? ¿Intervenimos? ¿Acompañamos?
Tampoco podemos reducir todo a docentes que no se preocupan. En 2022, alrededor del 80 % de los estudiantes panameños dijo que su profesor de matemáticas mostraba interés por el aprendizaje de cada alumno y que recibía ayuda adicional cuando la necesitaba. Al mismo tiempo, hubo centros que reportaron dificultades relacionadas con la falta de personal docente.
Eso debería hacernos pensar antes de repartir culpas.
También porque aprender no ocurre en el vacío. Hay estudiantes que llegan al aula cargando problemas de convivencia, exclusión, dificultades económicas o situaciones familiares que no aparecen en una calificación.
Ahora bien, tampoco sería justo decir que todo empeoró. Entre 2018 y 2022, Panamá mejoró significativamente en lectura y ciencias, mientras que matemáticas permaneció prácticamente estable. El problema es que esa mejora no eliminó las brechas. Además, la OCDE advierte que los resultados de 2022 deben interpretarse con cautela por las condiciones excepcionales de la pandemia, las huelgas, los cierres de vías y el ausentismo.
Por eso, tampoco podemos comparar mecánicamente el Panamá de 2022 con países latinoamericanos que sí participaron en PISA 2025 y concluir cómo estaríamos hoy. No tenemos ese dato.
Lo que sí tenemos es suficiente información para hacer preguntas.
Panamá está realizando evaluaciones nacionales en 2026, incluyendo pruebas diagnósticas en Español, Matemática y Ciencias, y la prueba CRECE para medir avances e identificar factores asociados al aprendizaje.
La pregunta, entonces, no es solamente cuánto saben nuestros estudiantes.
Es qué estamos haciendo con lo que ya sabemos.
Porque cuando Panamá vuelva a participar en PISA en 2029, los jóvenes que tendrán 15 años habrán crecido en un país que ya conocía sus dificultades.
No podemos esperar hasta entonces para empezar a preguntarnos qué hicimos con esa información.
Y ahí vuelvo a la pregunta del título:
¿Y si el problema no son los estudiantes?
La autora es maestra y escritora.

