El Concurso Nacional del Monólogo, celebrado el 8 de septiembre en el Teatro Gladys Vidal, reunió a estudiantes de diferentes regiones escolares de Panamá. Más allá de sus habilidades en el escenario, los participantes compartieron reflexiones y propuestas sobre los problemas ambientales que observan en sus comunidades.
El tema de este año, «Yo cuido la naturaleza de mi país», plantea un compromiso que debería trascender el ámbito escolar. Panamá posee una extraordinaria riqueza natural, pero muchas de nuestras prácticas ponen en riesgo sus bosques, ríos, mares, playas, manglares, montañas e islas. Frente a esta realidad, resulta alentador que los estudiantes reconozcan los problemas y busquen maneras de enfrentarlos.
Algunos centraron sus intervenciones en la contaminación; otros, en la deforestación, el desperdicio de recursos, la acumulación de basura o la protección de los animales. Sus monólogos mostraron que los jóvenes observan lo que ocurre a su alrededor y tienen capacidad para proponer soluciones.
Muchas de esas soluciones comienzan con acciones sencillas: no arrojar basura, cuidar el agua, reducir el desperdicio, proteger los árboles y respetar a los animales. Conocemos estas recomendaciones, pero no siempre las practicamos. Allí aparece una de las principales dificultades de la educación ambiental: convertir el conocimiento en hábitos.
La fuerza del monólogo está en la palabra. Una sola persona frente al público puede provocar preguntas necesarias: ¿qué estamos haciendo con nuestros ríos? ¿Por qué seguimos contaminando las playas? ¿Qué mundo estamos construyendo para las próximas generaciones?
La participación del estudiante representante de Guna Yala permitió incorporar una perspectiva vinculada con un territorio donde la naturaleza, la cultura y la vida comunitaria están estrechamente relacionadas. El mar, las islas y los bosques forman parte tanto de la vida cotidiana como de la identidad de sus habitantes. Desde esa mirada, proteger la naturaleza significa también preservar el territorio y los conocimientos transmitidos entre generaciones.
Esta diversidad recuerda que Panamá tiene distintas maneras de comprender su entorno. Escuchar las experiencias de las regiones y de los pueblos originarios puede enriquecer la educación ambiental y acercarla a las realidades de cada comunidad.
El desafío es que estos mensajes no se queden en el escenario. No basta con enseñar qué es un ecosistema o explicar las consecuencias de la contaminación y la deforestación. La escuela también debe ofrecer oportunidades para actuar.
Los proyectos de reciclaje, reforestación, limpieza de playas y ríos, protección de áreas verdes y sensibilización comunitaria pueden vincular lo aprendido con necesidades concretas. Para que tengan continuidad, requieren acompañamiento docente y participación de las familias y las comunidades.
Los adultos tenemos una responsabilidad particular. Resulta contradictorio pedir a los jóvenes que cuiden el ambiente mientras damos ejemplos de desperdicio, contaminación o indiferencia. Escuchar sus propuestas supone también revisar nuestras decisiones.
La naturaleza no nos pertenece exclusivamente: somos parte de ella. Cada río contaminado, cada bosque destruido y cada espacio natural perdido afecta nuestro presente y las posibilidades de quienes vendrán.
Por eso, «Yo cuido la naturaleza de mi país» debería comenzar con una pregunta personal: ¿qué estoy haciendo para cuidarla? La respuesta se encuentra en nuestros hábitos y en la disposición a participar en soluciones colectivas.
El valor del concurso irá más allá de premiar al mejor monólogo si las ideas expresadas encuentran continuidad en las escuelas y las comunidades. Cuidar Panamá exige que las palabras se traduzcan en acciones.
El autor es docente de la Escuela Francisco de Miranda, Felipillo.


