La pelea venezolana

La pelea venezolana
La pelea venezolana

Otra vez los venezolanos irán hoy a las urnas. Con la sombra de Chávez y los trucos electorales que convierten esas mismas urnas en sepulcros llenos de sospechas.

Lo que hasta ahora, fuera y dentro de Venezuela, ha conseguido la llamada revolución bolivariana es un desconcierto tal en las basas e intelectuales y escritores. Es la primera vez, que yo recuerde, en este siglo y en el pasado, que los llamados creadores de cultura, con las excepciones de rigor, se sitúan frente y en contra de la revolución.

Una revolución supuestamente de izquierdas, porque se ocupa en primera instancia de los pobres, que lo ha hecho casi todo mal. Empezando por la polarización en la sociedad venezolana, rota a un lado y a otro del supuesto espectro electoral (el espectro en este caso es el de siempre en Venezuela desde hace catorce años: Hugo Rafael Chávez Frías).

Así las cosas, Capriles es la esperanza de un cambio difícil, porque si ganara, cosa harto difícil, se encontraría con una Venezuela derruida en su propia miseria moral, en su propia historia reciente y en sus valores libertarios, limitados por los “cooperantes” cubanos que copan las acciones del Ejército, la Policía, los maestros y la sanidad de los venezolanos pobres o ricos. Ahí es nada la cosa.

Lo más risible del asunto, dentro del drama terrible que vive Venezuela, es la inmensa cantidad de venezolanólogos que le han nacido al país de Bolívar en estos últimos meses.

Resulta que yo no sabía que hubiera tantos expertos en nuestro mundo mediático que supieran tanto de Bolívar, Chávez y Venezuela. Y resulta que sí, que todo el mundo en mi país y fuera de él hablan y escriben de Venezuela como si la conocieran de toda la vida. En España, donde vivo feliz a pesar de los pesares, se dan unas “paradojas” de tanta escala que se queda uno temblando cuando las conocemos: Por ejemplo, recuerdo ahora a un catedrático de Universidad, de la Universidad de Murcia, nada menos que de Literatura Hispanoamericana, que nunca jamás cruzó el charco atlántico para conocer in situ de qué carajo hablaba en sus clases, dónde habían vivido sus escritores y en qué historias y geografías se habían inspirado.

Ahora, con Chávez sobrevolando la superstición política de los izquierdistas latinoamericanos y europeos, le han nacido a Venezuela más expertos en su suelo que barriles de petróleo sacan al día desde La Guaira a La Habana: 100 mil diarios, en una estimación que incluso a mí, que soy un excesivo vital, se me antoja exagerada. ¿Qué hacen los cubanos con tanto petróleo? “Lo venden, como hacían con el soviético”, me dice un amigo del exilio castrista en Madrid.

Ya saben, tengo muy malas compañías desde que era muy joven y esa costumbre me ha llevado siempre por derroteros peligrosos, hasta casi convertirme, en la lengua de mis enemigos, en un ser demoníaco que habla de Venezuela sin tener ni la más mínima idea de ese país, al que para colmo he visitado más de 24 veces desde el año 1976 hasta hoy, además de vivir largas temporadas en Caracas y escribir una novela sobre Miranda y Bolívar, los dos héroes mayores del panteón nacional.

Pero así es la vida. Como la historia, una apropiación indebida. Ahí tienen ustedes una legión de argentinos escribiendo con todo derecho de la pelea venezolana mientras en su casa Cristina le prende fuego peligrosamente a la cocina doméstica con harto riesgo de colapso económico y político. Pero así somos: miramos para fuera, hablamos de los demás y no nos vemos a nosotros mismos tal como somos, un verdadero desastre. Si van a Caracas cualquier día, no dejen de visitar como recurrencia turística, la llamada Torre de David, un despojo social disparatado que es también un microcosmos de lo que pasa en esa ciudad que fue tan bella y hoy derrumbada por la inseguridad y el crimen.

Van, en lo que corre el año, 3.000 muertos por la violencia social. ¿Y la policía? Bastante corrupta. ¿Y los crímenes? El 90% impunes. Eso también es el chavismo, que cuenta en su apropiación indebida del estado venezolano con inmensas reservas de dinero secreto, que no se sabe nunca dónde va a parar. Tal vez a las cloacas de los dineros negros de las Islas Vírgenes o Caimán. Tal vez a Panamá, quizá al estómago del enemigo, los gringos, a los que el chavismo no les ha quitado en sus constantes negociaciones ni un galón de petróleo. Ya lo dice el refrán popular: “con la cadena juega lo que quieras, pero al mono ni tocarlo”, no vaya a ser que jugando con las cosas de comer nos quedemos de verdad, sin comer, y sin petróleo.

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