LA PÁGINA DEL CIUDADANO ¿Dónde quedó el amor al arte?

En Panamá, la mayoría de los museos permanece cerrado los domingos, lo opuesto al resto del mundo. Los museos nacionales están en la desidia y sus funcionarios tienen que trabajar con las uñas.

PRIMER CONTACTO. Nunca es demasiado temprano para exponerse a la cultura, tal como estos niños que observan asombrados la colección de monedas nacionales. PRIMER CONTACTO. Nunca es demasiado temprano para exponerse a la cultura, tal como estos niños que observan asombrados la colección de monedas nacionales.
PRIMER CONTACTO. Nunca es demasiado temprano para exponerse a la cultura, tal como estos niños que observan asombrados la colección de monedas nacionales.

Esta vez vengo como una ciudadana pintada de guerra, a exigir mis derechos a recibir la cultura que todo panameño se merece.

Yo soy una fiel creyente de que el tamaño del país no es directamente proporcional al acervo de su pueblo y que el hecho de que Panamá no pertenezca al llamado "Primer Mundo", no significa que deba descuidar su patrimonio cultural.

Con esta mentalidad me fui a recorrer algunos de los museos de la ciudad capital, uno de los cuales no visitaba desde que estaba en primaria y otros dos que desconocía.

Mi primer shock cultural fue descubrir que la mayoría de los museos no abre los domingos, cuando en el resto del mundo este es precisamente el día que las personas aprovechan para visitarlos.

Bueno, pero como dije "casi", el domingo pasado me enfilé a aquel que sí permanece abierto, el Museo del Canal Interoceánico. Llegué justo a tiempo para aprovechar la entrada gratis que los nacionales disfrutamos de 9:30 de la mañana hasta el mediodía todos los domingos.

Para mi satisfacción, vi que la mayoría de los que habían firmado la lista de visitantes ese día eran panameños. Y para continuar con mi regocijo, durante las casi tres horas que estuve allí, descubrí que la atención era mucho mejor de lo que esperaba.

Entras y te reciben las chicas de información que con una sonrisa te preguntan si necesitas audífonos para el tour guiado disponible en español, inglés y francés.

"Bueno, por lo menos tienen buen servicio al cliente. Vamos a ver qué tal adentro", pensé.

Los guardias de seguridad se toman muy a pecho su custodia. Por ejemplo, cuando subí al piso donde exhibían una muestra de fotografías antiguas de la ciudad de Florencia, el seguridad subió junto conmigo y mi acompañante -los únicos que estábamos en la sala- para verificar que no dejáramos nuestras huellas digitales en las imágenes.

Y escuché cómo otro, desde el segundo piso, le decía por el walkie talkie a su colega de la planta baja "Hey, ten cuidado que te van a romper el faro", haciendo referencia a un turista atrevido que estaba tocando el farol que una vez hubo en la entrada de Isla Grande y que hoy recibe a los visitantes a la entrada del museo.

Como visitante primeriza, salí feliz del museo y satisfecha de la atención que me habían dado. "Es que este es un museo ‘yeyé", me dijo mi acompañante en la aventura cultural.

Tenía razón, este museo tiene una junta directiva con la crema y nata de nuestra sociedad criolla, además de valiosos contribuyentes privados que le permite darse el lujo de tener la infraestructura y el personal que un museo se merece.

Con mucho dolor, comprobaría en mis siguientes visitas que la realidad no es tan dulce en los museos nacionales.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Me atrevería a asegurar que casi todo aquel panameño que estudió en la ciudad capital tiene un recuerdo de su primera visita al Museo de Ciencias Naturales, aquella en la que descubrió la magia de la taxidermia.

Bueno, para mi tranquilidad, descubrí que ese recuerdo de hace 20 años permanece casi intacto, porque el mismo Mapa Geológico de Panamá, de 1977, que colgaba en la Sala de Geología y Paleontología cuando fui en mis años de infancia, seguía allí.

Pero tuve la suerte de contar con un muy predispuesto guía que me enseñó, entre otras cosas, las especies de mariposas de América Latina. Y polifacético además, porque el señor en cuestión que me acompañó por la Sala de Entomología no era un guía, sino el seguridad del museo.

Y no era el único con varias habilidades. La señora que me obligó a caminar hasta la Lotería para cambiar un billete de 20 dólares para pagarle el dólar de entrada, además de encargada de la caja, limpia el museo.

Pero lo que al personal del museo le falta en entrenamiento, le sobra en iniciativa. Otra de las guías me confesó cómo tuvo que autoinstruirse en las maravillas de la ciencia, luego de que la trasladaran de otro de los museos administrados por el Instituto Nacional de Cultura (Inac).

El clímax de mi decepción fue cuando entré a la biblioteca del museo. Literalmente, sentí ganas de llorar al ver que los pocos libros que tenían eran de la época de los años 1970; que las últimas ediciones de National Geographic databan de 1998 y que la única computadora presente parecía pieza de museo, pero del museo de la empresa Microsoft y para enseñar cómo eran las computadoras en la prehistoria tecnológica.

Y no es que este museo sea un edificio fantasma que nadie visite. Según sus mismas estadísticas que tienen colgadas en un mural, las visitas incrementaron de mil 955 en el año 2004 a 4 mil 404 el año pasado.

Yo solo podía especular qué habrán pensado los dos turistas estadounidenses que habían estado esa mañana antes que yo, cuando vieron pegadas en los murales "figuritas" que parecían proyectos de primarias más que imágenes de un museo administrado por la máxima autoridad cultural del Gobierno.

No se puede culpar a los funcionarios del museo, porque tienen toda la disponibilidad de atender a sus visitantes -apenas entré, una de las guías se ofreció a ayudarme si estaba haciendo alguna investigación- pero si sus superiores no le dan el entrenamiento adecuado y los obligan a trabajar en salas que te asfixian de la calor y donde la única ventilación es un abanico, no se les puede exigir más.

Igual que en el Museo Afroantillano, a pesar de que yo quería seguir leyendo sobre el legado de los más de 30 mil caribeños que vinieron a mi país para construir el Canal, el calor infernal que había adentro me obligó a irme después de 15 minutos.

Yo quería quedarme a ver la exposición de fotos del histórico barrio de El Marañón que los funcionarios del Inac estaban preparando, pero la temperatura tropical pudo más.

Al igual que me maravillé cuando vi a la Mona Lisa en el museo Louvre de París o contemplé el Guernica de Picasso en el Museo Reina Sofía de Madrid, así me sentí al escuchar de viva voz el relato de los mártires del 9 de enero en el Museo del Canal, y al leer uno de los contratos originales de esos miles de afroantillanos que recibían 80 centavos al día por abrir un camino en el medio de Panamá.

Pero me duele en mi orgullo nacional que esos museos estén abandonados como edificios de segunda categoría y que sus funcionarios tengan que trabajar con las uñas. Eso sí que es amor al arte.

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