El destino los llevó a vestir uniformes distintos y a pelear por banderas ajenas.
En los últimos días, dos familias panameñas han sido notificadas sobre la muerte de sus seres queridos en el conflicto. Si ambos fallecimientos se confirman oficialmente por las autoridades panameñas, la guerra entre Rusia y Ucrania sumará dos nuevas víctimas panameñas a una lista que sigue creciendo a miles de kilómetros del país.
Sus historias comienzan en Colón. Allí, el mensaje que Erminia Mariota llevaba semanas temiendo llegó mientras asistía a la iglesia. Del otro lado de la llamada le informaron que su hijo, Michael Navas, figuraba como un “soldado caído” en Ucrania.
Días después le comunicaron que habría muerto durante una misión de combate, aunque su cuerpo sigue sin aparecer. “Me dijeron que esperara 21 días para confirmarme que mi hijo estaba muerto. El lunes me dijeron que sí, pero también me dicen que está desaparecido porque no encuentran el cuerpo”, relata con la voz entrecortada.
La versión que recibió desde Ucrania sostiene que Michael perdió la vida mientras intentaba evacuar a varios heridos del frente de batalla. “Me dijeron que mi hijo era un héroe porque había ayudado a siete personas y que, cuando iba de regreso, un dron lo mató. Pero después me dicen que no encuentran el cuerpo porque es una zona de guerra. Hasta la fecha no sé nada de mi hijo”, afirma.

El último adiós
Meses antes de esa llamada, Erminia despidió a su hijo sin sospechar que aquel viaje terminaría en una guerra. Lo acompañó hasta el Hotel Caribe, en Calidonia, donde él le dijo que concretaría la compra de un automóvil. “Yo me quedé afuera porque soy diabética y tenía que comer. Él me dijo: ‘Mamá, cómprate una hamburguesa’”. Poco después descubriría que aquel encuentro era, en realidad, el inicio del viaje que lo llevaría, junto con otras cinco personas, hacia Europa.
Michael nunca le confesó que su destino era Ucrania. Le aseguró que viajaría a Turquía para trabajar y evitó contarle la verdad porque temía que intentara impedirle partir. La revelación llegó semanas después, cuando Erminia vio un video en TikTok en el que aparecía junto a hombres con uniforme militar. “Le pregunté: ‘Dime la verdad, ¿en qué estás trabajando?’. Él me respondió: ‘Mamá, estoy en Ucrania. Me metí a soldado’. Después me dijo: ‘Ya no me puedo salir porque, si me salgo, me meten preso’”.
Hoy, la madre asegura que ya no espera explicaciones, sino recuperar a su hijo. “A mi hijo lo llevaron engañado. Le prometieron dinero y cuando llegó allá fue otra cosa”, sostiene. Tras acudir a la Cancillería y a la Fiscalía, pide que las autoridades continúen las gestiones para localizar sus restos. “Yo solo quiero que me traigan a mi hijo. Aunque sea una mano, un pie o sus pertenencias, pero quiero traerlo a casa. Y le pido al Gobierno que ayude a traer a todos esos muchachos para que ninguna otra madre pase por este dolor”.
La otra familia
También en Colón otra familia enfrenta la angustia de no saber dónde está uno de los suyos. La última misión de Abimael Becerra Ortiz, quien combatía en el ejército ruso, terminó sin regreso. Dos días después de que la familia recibiera el último mensaje del joven de 19 años, un combatiente colombiano que sobrevivió al operativo les comunicó que el panameño habría muerto tras la explosión de una mina en territorio ucraniano.

“Lo único que nos dijeron fue que pisó una mina, explotó y todos murieron. El muchacho que nos avisó sobrevivió, pero perdió varios dedos del pie”, relata su hermana mayor, Joscelyn Ortiz.
A diferencia de otros casos, Joscelyn asegura que Abimael sabía que viajaría para incorporarse a las fuerzas rusas. La decisión, dice, estuvo marcada por la falta de oportunidades laborales en Panamá. “Mi mamá trató de que no tomara esa decisión tan apresurada por la necesidad de trabajar”, recuerda. Ni los ruegos de sus padres lograron hacerlo cambiar de opinión.
El contacto con Rusia no ocurrió mediante reclutadores en Panamá, sino a través de un conocido que ya combatía en ese país. Abimael viajó a mediados de junio, firmó su contrato en Moscú y, desde entonces, mantuvo comunicación casi diaria con su familia.
“Todos los días escribía. A veces perdía señal porque estaba en pruebas o aprendiendo el idioma, pero siempre aparecía”. Cuando la familia le enviaba noticias sobre otros extranjeros desaparecidos en el frente, él respondía con optimismo: “Cada quien tiene su suerte. A mí todavía no me ha tocado. Estoy aquí por un propósito: ayudar a mi mamá y a mi papá”, recuerda su hermana.
El último intercambio ocurrió el domingo 2 de agosto. Abimael sabía que Joscelyn debía someterse a una operación y quiso saber cómo se encontraba. Dos días después, el sobreviviente colombiano se comunicó con la novia del joven colonense para informarle que la unidad había sido alcanzada durante una misión.
La familia inició gestiones ante la representación diplomática rusa y la Cancillería panameña, aunque hasta ahora no ha recibido respuestas concretas sobre el paradero del cuerpo. “Queremos recuperar aunque sea una mano, un pie, algo que nos identifique que él murió en la misión”, dice Joscelyn, quien espera que las autoridades panameñas faciliten los trámites con Rusia.
Para ella, la historia de su hermano resume el drama de decenas de jóvenes latinoamericanos que terminan combatiendo en una guerra ajena impulsados por la necesidad económica. “Mi hermano luchó por un país al que no pertenecía”, subrayó.
Luego hace una reflexión sobre lo que, asegura, observó su hermano en el frente. “Los que están peleando allá son extranjeros: panameños, colombianos y venezolanos. Son ellos los que están al frente de una guerra que no es la suya”, concluye.

De confirmarse las muertes de los dos colonenses, la cifra de panameños fallecidos en la guerra entre Rusia y Ucrania ascendería a tres. Hasta ahora, el único deceso confirmado oficialmente es el de Luis Alberto Villarreal Prado.
El rastro del reclutamiento
Hasta hace poco, la participación de ciudadanos panameños en la guerra entre Rusia y Ucrania era un fenómeno prácticamente ausente de la agenda pública. La situación comenzó a ganar visibilidad el 29 de junio, cuando La Prensa reveló la historia de Dante, un panameño reclutado para combatir del lado ruso.
A partir de esa publicación comenzaron a surgir nuevos testimonios, denuncias de familiares, reportes de desapariciones y casos con características similares, mientras las autoridades ampliaban el registro oficial de ciudadanos vinculados al conflicto. Hasta el momento, la Cancillería tiene conocimiento de alrededor de 30 panameños.
Uno de esos casos es el de Osvaldo Guillén, quien salió de Panamá el 5 de mayo convencido de que trabajaría operando maquinaria pesada para remover escombros en Ucrania. Sin embargo, según relató su hermana, Sidia Guillén, terminó recibiendo entrenamiento militar y firmando documentos escritos en un idioma que no entendía. Semanas después dejó de comunicarse con su familia, que recibió información extraoficial de que presuntamente había muerto en la zona de combate.
Días más tarde, la familia recibió un nuevo mensaje de una persona que asegura mantener contacto con la unidad militar. Esta vez la versión fue distinta: Osvaldo figuraba oficialmente como desaparecido. En el texto se explica que la familia debe esperar un “tiempo prudencial” mientras continúan las labores de búsqueda y que un acta de defunción solo podrá emitirse si el cuerpo es recuperado, trasladado a una morgue e identificado mediante pruebas de ADN.
Si los restos no son localizados —una posibilidad que, según el mismo mensaje, es frecuente en zonas de combate—, la familia deberá esperar seis meses para solicitar ante un juez de Ucrania una declaración judicial de fallecimiento.
El comunicado añade que, si el cuerpo es recuperado e identificado posteriormente, la repatriación al país de origen no tendrá costo para los familiares.
Las historias de Michael Navas, Abimael Becerra y Osvaldo Guillén revelan apenas una parte de un fenómeno que emerge en Panamá. Detrás de cada nombre hay familias que buscan respuestas en medio de la distancia y la desinformación, mientras las autoridades intentan reconstruir el paradero de ciudadanos que terminaron en uno de los conflictos más sangrientos del mundo.


