Resulta fácil encontrar el lugar que ocupa Panamá cuando se buscan los resultados que obtuvo el país en una prueba internacional de conocimientos denominada PISA: los últimos renglones, junto con Perú, Azerbaiyán y Kirguistán.
En 2009, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) realizó otro de sus informes del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA, por su sigla en inglés), poniendo especial atención al renglón de lectura.
Un total de 75 países participaron, y Panamá quedó entre los cuatro últimos lugares. Shanghai-China, Corea, Finlandia, Hong Kong- China y Singapur obtuvieron los más altos puntajes (más de 500), mientras Panamá sumó 371.
Cuando se dieron los resultados de conocimientos en las áreas de ciencias y matemáticas, la suerte no cambió nada: otra vez entre los últimos.
“Las pruebas nacionales, igual que las internacionales, nos demuestran fehacientemente los pobres resultados de nuestros estudiantes en materias que son coyunturales para cualquier aprendizaje”, resalta Noemí Castillo, rectora de la Universidad Latinoamericana de Ciencia y Tecnología (Ulacit).
“La gente no sabe lo que es un sustantivo, un adjetivo o las conjunciones... Usted lo ve en lo escrito y en lo hablado”, agrega Castillo.
Precisamente, la prueba PISA 2009 se concentró en la lectura, analizando la habilidad de los muchachos para recordar lo que habían leído, su capacidad de interpretación y de reflexión, entre otros aspectos.
Los estudiantes panameños demostraron una cosa: son analfabetos. Digamos que saben unir las letras para leer una palabra, pero son casi incapaces de extraer información del texto que leen, de comprender, de inferir y de analizar.
Para Paulina Franceschi, coordinadora del Proyecto Informe Nacional de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y activamente vinculada con el tema educativo, el problema de que los jóvenes no adquieran los “saberes mínimos” es que luego serán incapaces de “construir [nuevo] conocimiento”.
Para que esta situación cambie, el sistema tendría que cambiar la forma de enseñar y de evaluar el aprendizaje.
La evaluación de lo que se enseña, añade Franceschi, “es la única manera de saber si los ajustes que se están haciendo y si la formación de quienes llevan el conocimiento al aula” están generando resultados.

