PROTESTA.El ‘Viernes Negro’, un recuerdo que muchos quisieran olvidar.

Cuando el pueblo vistió de blanco

Esta es la traducción del capítulo XII del libro ‘Time of the Tyrants’ (‘Tiempo de tiranos’), cuyos autores, Guillermo Sánchez Borbón y R. M. Koster, publicaron en 1990. Es parte de la historia de la dictadura que sufrió Panamá entre 1968 y 1989.

El capítulo describe incidentes ocurridos en junio y julio de 1987, cuando las Fuerzas de Defensa entraron en una guerra contra los panameños. ‘La Prensa’ lo publica, traducido del inglés por Max Crowe, para conmemorar los 20 años de esos hechos.

MANIFESTACIÓN. Miles de panameños se congregaron el 10 de julio de 1987 para protestar contra el régimen del general Manuel Antonio Noriega. Muchos de ellos pagaron cara su osadía. MANIFESTACIÓN. Miles de panameños se congregaron el 10 de julio de 1987 para protestar contra el régimen del general Manuel Antonio Noriega. Muchos de ellos pagaron cara su osadía.

MANIFESTACIÓN. Miles de panameños se congregaron el 10 de julio de 1987 para protestar contra el régimen del general Manuel Antonio Noriega. Muchos de ellos pagaron cara su osadía.

BASTIÓN. La Calle 50 se quedó pequeña luego de convertirse en el centro de las protestas que siguieron al llamado ‘Viernes Negro’. BASTIÓN. La Calle 50 se quedó pequeña luego de convertirse en el centro de las protestas que siguieron al llamado ‘Viernes Negro’.

BASTIÓN. La Calle 50 se quedó pequeña luego de convertirse en el centro de las protestas que siguieron al llamado ‘Viernes Negro’.

ACERAS. La servidumbre también sirvió para arengar contra los militares. ACERAS. La servidumbre también sirvió para arengar contra los militares.

ACERAS. La servidumbre también sirvió para arengar contra los militares.

1 | SERPENTINAS Los empleados de la empresa privada llevaron la protesta hasta las ventanas de los altos edificios en que laboraban, desde donde lanzaban papel blanco triturado. 1 | SERPENTINAS Los empleados de la empresa privada llevaron la protesta hasta las ventanas de los altos edificios en que laboraban, desde donde lanzaban papel blanco triturado.

1 | SERPENTINAS Los empleados de la empresa privada llevaron la protesta hasta las ventanas de los altos edificios en que laboraban, desde donde lanzaban papel blanco triturado.

Puede que los lectores de mayor edad se hayan encontrado presentes o quizá lo hayan visto en la televisión: gente vestida de blanco con banderas blancas, caminando hacia columnas de soldados con los rostros ocultos tras sus viseras, recibiendo escopetazos, avanzando nuevamente. Masas compactas de hombres y mujeres de blanco, atiborrando las calles por cuadras y cuadras, recibiendo disparos de perdigones, pero siempre avanzando, solo para hacerle frente a más escopetazos. Bajo un cielo de blanco resplandeciente, en una tarde refrescada por una agradable brisa marina. Panameños en pleno intento de ejercer sus derechos de asamblea pública y libertad de tránsito, sin ofrecer violencia alguna, recibiéndola solamente.

¿Cuántos marcharon? Por lo menos, 100 mil. Y por todas las cinco rutas la gente se asomaba desde sus ventanas, ondeando pañuelos blancos y colgando toallas y sábanas blancas en los balcones. Si no corrían con suerte, ellos también recibirían perdigones de escopeta. Los Doberman se habían arrebatado.

Se abalanzaban hacia adelante, disparando, manguereando, apresando. Disparaban a toda ventana que mostrara algo blanco. Lanzaban granadas de gas dentro de los edificios y disparaban con sus armas a la gente cuando salía huyendo. Un gran número de manifestantes se había refugiado en la iglesia del Santuario, que tal vez les hubiera servido de algo en el medioevo, pero no en Panamá para el tiempo del tirano [Manuel Antonio] Noriega.

Los Doberman lanzaban gas lacrimógeno por las ventanas y a quemarropa disparaban sus cartuchos de perdigones a la gente cuando salía despavorida. La obligaban a volver y otra vez le tiraban gas. Vuelve y le disparaban a quemarropa al tratar de huir. Esta gente era solo… gente, comprenderá usted. No eran rebeldes armados ni invasores extranjeros.

Los mismos soldados a quienes se les pagaba para defender a este pueblo, entraron a la iglesia a toda carga, disparando sus escopetas y manguereando a diestra y siniestra; agarraron a la gente para sacarla a rastras; golpeándolos con la manguera mientras los llevaban arrastrados, lanzándolos en los patrullas para llevárselos presos, llenándoles la vida de golpes en el camino.

Y para colmo, también se quejaban con ellos. Después de todo, estábamos en Panamá. De modo que a veces los Doberman, en vez de golpear a sus víctimas, o bien cuando se les cansaban los brazos, se quejaban. Resultaba ser que los Doberman habían estado acuartelados desde que comenzó la crisis. No los habían mandado a casa desde hacía seis semanas y todo era culpa de la oposición.

Noriega tenía miedo de que se fueran a casa, tenía miedo de que sus esposas, madres y hermanas les increparan por abusadores, miedo de que los vecinos les preguntaran por qué odiaban a todo el que no fuera un uniformado.

Luego salieron los paramilitares, unos varilleros de lo más espantosos, que a simple vista le ponían a uno los pelos de punta. Noriega los había sacado de las cárceles y de lugares todavía peores. En abril de 1988, el doctor Jaime Arroyo, antes jefe de programas de sanidad mental en Panamá, quedó horrorizado al ver a un homicida que él mismo había hospitalizado por demente, levantando un fusil en formación paramilitar.

El Viernes Negro [el 10 de julio de 1987] los soldados viajaban de a seis por busito, apareciendo en cualquier parte de la ciudad, como si la conjura diabólica fuera, asesinos reptadores enchalecados, armados con escopetas recortadas y semiautomáticas. Disparaban por las ventanas y tumbaban puertas para dispararle a la gente en la sala de sus propios hogares.

Sacaban arrastrados a los varones y los aventaban en los busitos. Todo el fin de semana tomaron prisioneros en toda la capital: manifestantes, gente que mostraba el color blanco en sus hogares o que vistiera alguna camisa blanca.

William Bright, de 33 años, empresario de La Chorrera, con doble nacionalidad –de Panamá y Estados Unidos– recibió lacrimógenas en el Santuario y al salir fue arrestado.

El doctor Andrés Berroa, un radiólogo de 37 años, había terminado su turno en el Hospital Oncológico; iba demasiado agotado para pensar en marchas. Se encontraba en el edificio de apartamentos de su hermano Álvaro, y en la misma puerta de la residencia del hermano fue cuando los paramilitares llegaron corriendo por la escalera y lo agarraron.

Por puro reflejo, se resistió por un instante y le propinaron un culatazo de escopeta en el brazo; con ese moretón se quedó por espacio de dos semanas. ¿Qué pasa?, preguntó, ¿de qué se trata esto? "¡Esto es guerra!", respondió su captor. El hermano de Berroa, que había escuchado el escándalo, abrió la puerta de su casa y también quedó preso.

Un piloto de Lloyd Aéreo Boliviano salió del hotel Continental para ver cuál era el alboroto. A cinco metros del hotel, se lo llevaron.

A un joven de nacionalidad belga, de visita en Panamá para ver a su novia, lo agarraron en la calle, lo golpearon severamente y lo llevaron al G-2 para interrogarlo como espía. Todo el que vistiera de blanco estaba en peligro.

La primera parada para los que se llevaron el día 10 fue una gran celda de [cárcel] La Modelo, llamada La Preventiva. Allí, los maleantes a quienes se les había condonado el viaje a Coiba los estaban esperando.

A medida que iban entrando a empellones de los guardias, a los presos políticos se les iba entregando su ojo colombiano y/o un labio roto, o les robaban cualquier artículo de valor, y de repente hasta los zapatos y la camisa, de paso.

William Bright fue uno de los primeros en llegar. Pensó que iba a ser víctima de una agresión sexual; hay que ver que en el camino ya lo habían amenazado con violarlo (por supuesto), de manera que se resistió.

En un instante se encontró contra la pared con una navaja al cuello. El agresor era un hombre de cuarenta y tantos años –vestido con unos jeans– pero que Bright había visto en la estación de Balboa con uniforme de sargento de las FFDD [Fuerzas de Defensa].

El sargento, que salía y entraba toda la noche de La Preventiva para supervisar a los criminales, aplacó rápidamente a Bright, quitándole su reloj, su anillo de matrimonio y todo su efectivo. De allí en adelante, Bright se ubicó al lado de la entrada de la celda, y les decía a los recién llegados que lo cogieran con calma, que entregaran sus objetos de valor y que no les harían daño. A algunos detenidos hasta los dejaron en calzoncillos.

La plata y los objetos de valor se entregaban por una rendija en la puerta para que los recibiera el guardia que se encontraba afuera, ya que los ladrones mismos recibían solo un pequeño porcentaje de las ganancias. Arriba de la rendija había una ventanilla desde donde los guardias presenciaban, entre risas y burlas, las escenas de brutalidad.

La Preventiva tenía unos 30 metros cuadrados, con una pluma de agua de un lado y dos inodoros de balde, es decir, vasijas sin plomería. El piso estaba limoso, con agua y excremento. Para el atardecer había 100 hombres hacinados allí adentro. El calor era intenso. La peste, increíble. Un solo bombillo alumbraba pálidamente desde las alturas del cielo raso y toda la noche los guardias se acercaban a la ventanilla y les gritaban que se levantaran, que se arrodillaran, que levantaran las manos, y así sucesivamente.

Un rato después de la medianoche entró el sargento de los jeans con algunos bates de marihuana para los delincuentes que hacían las veces de hostigadores. Esto los calmó, pero entonces cayó adentro una jovencita –por lo menos a los presos políticos les pareció de momento que era una jovencita– con tacones altos, pescadores y blusa color rosa. En realidad se trataba de un travestido, y por lo visto, frecuente huésped de La Modelo, a juzgar por cómo los maleantes lo llamaban por su nombre: Carolina.

Con gran entusiasmo por cierto, cuya razón se hizo de inmediato evidente, ya que de una vez comenzaron (siguiendo lo que parecía ser una jerarquía ya establecida) a hacer uso sexual de él. En un principio con su consentimiento, o por lo menos resignación, y entonces, a pesar de sus súplicas y protestas, gemidos y lágrimas, se dieron veinte o más actos de copulación oral o anal, con el acompañamiento de los pregones de quienes ya habían gozado o aún esperaban que les tocara, y pescozones, retorcidas de oreja, e improperios verbales. Todo esto ante el horror y vergüenza, claro está, de los políticos, para beneficio de quienes sin duda se habría montado semejante espectáculo.

Cada hombre allí presente temía que se le pudiera usar de forma igual. Cada uno quedó sacudido, como testigo de aquella pesadilla carnal.

Cuando todo esto tendría unos 15 minutos de estar ocurriendo, al doctor Berroa lo llamó un hombre cuyo rostro no reconocía, pero que sabía que era médico. Lo jalaron entonces a través de hombres que estaban en cuclillas y de pie, hasta llegar donde yacía un hombre cincuentón en una angustia evidente, que sudaba profusamente y se hiperventilaba. Sospechando que el hombre se estaba infartando, Berroa hizo un espacio para darle aire, se fue a la puerta y le dijo al guardia de afuera lo que estaba sucediendo. ¿Y qué?, fue la respuesta.

"Si es el corazón, se puede estar muriendo."

"Que se muera el hijuep.... ¿A mí qué me importa?".

Durante la próxima hora, hasta mucho después de que los maleantes habían acabado con Carolina, el doctor Berroa caminaba entre su paciente –a quien no podía ayudar– y el guardia, a quien no podía persuadir. Finalmente, este último cedió. Entró con un secuaz y sacaron al enfermo arrastrándolo por el suelo y por el escalón de la puerta de la celda. Cuando soltaron a Berroa, tres días después, supo que el hombre había muerto de un fallo cardiaco en el Hospital Santo Tomás, en la mañana del sábado 11 de julio.

Esa misma mañana se les dijo a los detenidos políticos que les tocaría seis meses de prisión. A todos lo mismo. No sería preciso un juicio. A ninguno se le permitió hablar con un abogado. A ninguno se le había dicho qué cargos pesaban en su contra. Estos derechos, garantizados por la Constitución de Panamá, habían sido restaurados en su totalidad, pero la suspensión de los derechos no era, en cualquier caso, el estilo de Noriega. El estilo de Noriega era el de mantener los derechos para entonces violentarlos. Se presentaron casi 200 recursos de hábeas corpus a favor de los prisioneros de aquel 10 de julio y ni uno solo fue procesado.

La próxima parada de los prisioneros políticos fue en Las Galerías. Los metieron uno a uno. Una y otra vez les robaban, aunque para estas alturas a muy pocos les quedaba algo que valiera la pena robar, cosa que, de momento, enfurecía a los residentes regulares. Al menos dos hombres de los que fueron arrestados el 10 de julio fueron violados.

Salvajería, detenciones en masa, abominaciones preparadas para los que cayeran. En las salas de urgencia de los hospitales públicos, eran sargentos de las FFDD los que recibían a los pacientes, de modo que los que se presentaban con heridas de perdigones no recibían tratamiento o los recibían en una clínica de las FFDD después de que los detuvieran.

¡Hubo incidentes en los que los soldados invadían las salas y cuartos de consulta, jalaban a los pacientes de sus lechos o de las manos del médico que les estuviera dando tratamiento! El Gobierno de Panamá se había convertido en una organización criminal de –por y para– sádicos degenerados.

Lo que salvó a los detenidos fue que los eventos del Viernes Negro fueron reportados por los medios independientes en un momento en el que Noriega aún tenía pretensiones de aparentar ser civilizado. "Más allá de todos los límites de lo necesario", dijo el arzobispo [Marcos Gregorio] McGrath, [q.e.p.d.] y otros dentro y fuera de Panamá se unieron al coro. Todos los que habían quedado detenidos el día 10 fueron liberados el 14.

El régimen aún respondía a la opinión pública y tenía la esperanza de que la crisis pudiera pasar. Pero el efecto de todo esto fue el de endurecer a la oposición y convencer a Noriega de que la libertad de expresión debía desaparecer.

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