Los pescadores de Hicaco conocen el ruido del mar cuando cambia el viento, pero nunca habían escuchado rugir la tierra bajo sus embarcaciones. Ese día, las islas parecían desprenderse, las rocas caían y la lancha de Bienvenido Flores se movía de un lado a otro sin que nadie pudiera detenerla. Horas después, al regresar a tierra, encontró un pueblo vacío y su casa destrozada.
En la costa de Soná, el terremoto dejó escenas que parecen sacadas de otro mundo: tumbas abiertas, familias huyendo con lo puesto y hoteles que resisten mientras algunos de sus vecinos duermen a la intemperie. El paisaje sigue siendo el mismo, con el Pacífico extendido hasta el horizonte, pero algo cambió en la relación de estos pueblos con el mar: ahora, hasta el silencio les recuerda lo ocurrido.
“La lancha no se detenía de ninguna manera”, recuerda Flores al describir los momentos en que el mar tembló. Él y sus compañeros terminaron sentados en el plan de la embarcación, mientras las olas los zarandeaban de un lado a otro.
Debajo del agua, cuenta, se escuchaban ruidos que parecían anunciar el fin de todo. Desde el mar, observó cómo las islas parecían desprenderse y las rocas caían. “Eso era como cuando en el verano se forma un remolino”, relata.
El miedo no terminó cuando pasó la primera sacudida: todavía faltaba regresar a casa. Cuando finalmente llegaron a tierra, el panorama era otro. “Cuando llegamos por aquí ya no había gente”, cuenta. Su hija lo esperaba con una advertencia: debía marcharse hacia Carrizal, donde se estaban concentrando las personas evacuadas.
Flores no encontró la casa que había dejado antes de salir a pescar. La estructura estaba destrozada y no pudo rescatar sus pertenencias. “Pensé que nunca iba a regresar a mi casa”, dice. Lo perdió casi todo, pero sigue vivo. Ahora se mueve entre Hicaco y Carrizal mientras trata de entender cómo empezar de nuevo.
El lamento de una familia
La historia de Flores se repite entre las familias que abandonaron Hicaco tras el terremoto. En el cementerio, el movimiento de la tierra dejó restos humanos expuestos que los residentes tuvieron que proteger para evitar que los perros los dispersaran.

La tragedia alcanzó incluso a quienes llevaban años descansando bajo tierra. Mientras los vivos buscaban refugio, la comunidad tuvo que afrontar una emergencia que también alteró el lugar donde reposaban sus muertos.
En una de las casas afectadas, Carmen Camarena señala la vivienda de su padre. La estructura quedó inutilizable y la familia tuvo que salir con lo que pudo rescatar. “Esto está hecho leña, que no sirve para nada”, afirma. No habla únicamente de paredes agrietadas o de un techo vencido. Habla de un hombre que trabajó durante años para tener una casa y que ahora carece de un lugar seguro donde dormir.
Según Camarena, su padre no había recibido del Gobierno ni siquiera un colchón o una colchoneta. Mientras tanto, familiares y particulares se organizaban para conseguirle ropa y otras provisiones.
La ayuda que ha llegado a Hicaco, sostiene Camarena, proviene de empresas privadas, amistades y familiares que viven fuera de la comunidad. Su reclamo no se limita a los alimentos o los materiales: también exige una respuesta que permita a los afectados saber dónde pasarán las próximas noches.
“Que no se esconda, que venga y dé la cara”, pide al presidente de la República, José Raúl Mulino. Camarena cuestiona que, después de varios días, las familias de su comunidad sigan esperando una respuesta directa.
El dolor de un adulto mayor
A sus 77 años, Alonso Camarena Pineda tampoco sabe cómo reconstruirá lo que perdió. Lleva toda una vida en Hicaco y recuerda que, tras el terremoto, su familia tuvo que salir hacia Carrizal. La primera noche la pasaron al aire libre, en un patio, sin un sitio acondicionado para protegerse.
“Toda la familia. ¿Qué podíamos hacer? ¿Adónde nos íbamos a ubicar?”, pregunta. Su esposa y las niñas lograron salir de la vivienda, pero el miedo permanece. Cada réplica le devuelve la incertidumbre de aquella jornada.
Camarena Pineda no oculta el temor que todavía siente cuando la tierra se mueve. Piensa, sobre todo, en sus nietos pequeños. “A mí no me importa porque yo soy un hombre viejo ya, que he pasado mi vida. Pero sí me duele por mis nietos”, dice. A su edad, la reconstrucción significa mucho más que levantar paredes: implica recuperar la tranquilidad y encontrar un lugar donde la familia pueda permanecer sin miedo. Aun así, se resiste a rendirse. “No me rindo y sigo echando para adelante”, asegura.
La fuerza de Santa Catalina
En Santa Catalina, el paisaje turístico convive con una realidad menos visible. Las calles y los establecimientos que atraen a visitantes nacionales y extranjeros no cuentan toda la historia. Hay residentes cuyas viviendas quedaron inhabitables y familias que duermen fuera de ellas, aunque los daños no siempre sean evidentes desde la calle.

Las réplicas mantienen la incertidumbre. Para quienes dependen del turismo, además, la emergencia amenaza sus ingresos en un momento en que todavía intentan evaluar los daños y organizar la recuperación.
Julio Mateo, presidente de la Cámara de Turismo de Santa Catalina, considera que la comunidad enfrenta un nuevo comienzo. El terremoto afectó las reservas y provocó cancelaciones de viajes y vuelos, explica. De los aproximadamente 30 negocios que integran la organización, estima que cerca del 60 % presenta algún tipo de afectación, aunque la gravedad varía.
La recuperación del sector podría tomar alrededor de un mes o algo más, calcula. “Estamos tratando de levantarnos, de levantar a la comunidad que es la más afectada”, afirma.
Mateo sostiene que buena parte de la infraestructura turística resistió mejor que algunas viviendas de la población. Sin embargo, advierte que el estado de los hoteles no puede utilizarse como medida de la recuperación de Santa Catalina.
“Sin nuestros colaboradores, sin nuestra comunidad no podemos tener este turismo”, dice.

La ayuda y sus dificultades
Rud Gerandi Espinoza Castillo, integrante de la cooperativa Mar Santa Catalina, participa en las labores de acopio y distribución de donaciones. Desde allí ha observado las dificultades para atender a las familias que dejaron sus viviendas.
Cuenta que algunas personas han regresado a sus comunidades, pero permanecen fuera de sus casas por temor a las réplicas. “Aunque la casa no haya sufrido daño, la gente no se siente segura dentro”, explica. Por eso, reclama carpas, lonas, medicamentos, colchonetas y albergues provisionales que permitan proteger a los afectados cuando lleguen las lluvias.
Mientras el presidente José Raúl Mulino hablaba en Veraguas este jueves 15 de octubre sobre la emergencia provocada por el terremoto, en Hicaco Camarena clamaba por ayuda para su padre, cuya casa quedó destruida. Mulino señaló que una de las dificultades para atender a los damnificados es la dispersión de las viviendas, una característica de estas comunidades rurales que complica la llegada de la asistencia.

En Hicaco y Santa Catalina, el desastre también se mide por lo que ocurre después de las primeras evacuaciones: quién consigue un techo, quién puede recuperar sus pertenencias y quién debe seguir esperando. Los residentes temen que, cuando disminuyan las donaciones y la atención pública se desplace hacia otras urgencias, sus necesidades queden relegadas. Para estas familias, el terremoto no termina con la última sacudida.



