El terremoto que sacudió Panamá el viernes 9 de octubre derribó el último nivel del campanario de San Atanasio, en La Villa de Los Santos. La iglesia, construida en el siglo XVIII en el mismo pueblo donde se dio el primer grito de independencia en 1821, sufrió daños estructurales y en su techo.
Orlando Hernández Ying, doctor en historia y crítica de arte, desde Estados Unidos, donde vive, ha seguido de cerca el tema. Sobre San Atanasio es contundente: “Toda la techumbre hay que volverla a hacer”. Los retablos, dice, estaban “bastante bien conservados”, pero por lo que ha visto, el de la Inmaculada se vino abajo.
“Hay que sacarlo a piezas y ver cómo se restaura”, dice.
Para este museólogo, lo que está en juego va más allá de muros y tejas. “Esto es una cosa, un poco insondable, porque en verdad, es como el alma del pueblo”, dice sobre lo que pierde una comunidad cuando le cierran su iglesia.

El balance de las autoridades
El Ministerio de Cultura (MiCultura) da seguimiento a al menos 45 sitios patrimoniales y de interés cultural.
Entre los templos más golpeados figuran la catedral San Juan Bautista de Penonomé, que perdió parte del cuerpo de campanas de una de sus torres y fue clasificada como insegura. También está en esa lista la basílica menor de Santiago Apóstol, en Natá de los Caballeros, estructura que tiene grietas, tejas partidas y desprendimientos en la fachada; al igual que la basílica menor Jesús Nazareno de Atalaya, que perdió parte de su torre.
La iglesia de San Isidro Labrador, en Soná, quedó prácticamente colapsada.
El daño alcanzó también a los museos. El Museo de la Nacionalidad, en La Villa, y el Museo Belisario Porras, en Las Tablas, se cuentan entre los afectados. Tienen grietas, tejas desprendidas, sus vitrinas se sacudieron con violencia y las piezas arqueológicas se desplazaron de sus soportes.
“Todas las iglesias afectadas recibirán atención”, aseguró la ministra de Cultura, María Eugenia Herrera durante un recorrido por los templos afectados.
“Hay monumentos y monumentos”.
Antes de medir las pérdidas, dice Hernández Ying, la prioridad es proteger la vida de las personas. Solo después será posible evaluar los daños y determinar qué necesita cada inmueble para su recuperación.

Después, afirma el experto, viene un inventario ordenado de los daños, empezando por los inmuebles y objetos de mayor categoría patrimonial. “Hay monumentos y monumentos, iglesias más grandes, iglesias más chicas, iglesias que son catedrales, iglesias que son basílicas”, explica.
La categoría, añade, no depende solo del tamaño o la importancia del edificio, sino también de su historia y de la memoria que el pueblo asocia a él.

Pone el foco en San Atanasio, la basílica de Natá y la catedral de Penonomé. Le preocupa también Parita, cuya iglesia tiene, según dice, “los altares más antiguos de la República, finales del siglo XVII”.
También hace una distinción. Muchas de las iglesias afectadas en el interior son construcciones recientes y, aclara, también tienen valor cultural. Pero no es lo mismo San Atanasio o la basílica de Natá, ambas del siglo XVIII, que un templo levantado en 1974.

Lo que no se ve
Para Hernández Ying, el edificio es apenas la parte visible de la pérdida. Dentro de cada templo hay mobiliario eclesiástico, en muchos casos colonial, además de esculturas, pinturas y elementos de la propia arquitectura. “Y no solamente eso, porque eso es lo visible”, asegura.
“También tenemos que ver si hay libros de bautismo, hay archivos, hay otras piezas que estén guardadas, como de platería”
Mientras la iglesia estuvo en pie, esos objetos tenían un lugar seguro. “En el momento en que la iglesia ya no es un resguardo, ya hay que sacarlos de ahí”, explica.
Los riesgos después del sismo son muchos: humedad, filtraciones, réplicas, piezas mal manipuladas, falta de vigilancia. Al preguntarle cuáles le preocupan, no elige una sola cosa. “Todo eso es un riesgo. Todo va a pasar”, comparte.
Por eso insiste en que, desde el día del terremoto, “tiene que haber alguien 24 horas pendiente de que no se caigan más cosas”.
El rescate, sin embargo, tiene un límite. “Estos inmuebles todavía están en movimiento, no están estables. No vaya a ser que una persona, por rescatar algo, vaya a perder la vida”.

El papel de Sinaproc
La ministra Herrera pidió a los párrocos una solicitud formal antes de autorizar cualquier ingreso. “Yo le he dicho a los padres que me tienen que enviar una carta para yo poder ingresar a estos templos”, dijo. Mientras terminan las evaluaciones técnicas, las comunidades no pueden entrar sin autorización del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc).
Hernández Ying propone que cada pueblo organice su propio equipo de rescate, con autoridades eclesiásticas, autoridades civiles y vecinos, siempre en comunicación con protección civil.

Su sugerencia tiene base en la historia de la región, pues los pueblos de Coclé, Los Santos y Veraguas son, dice, los más arraigados a estos temas, “y por eso es que esas iglesias se han conservado de la manera que se han conservado”.
Antes de mover una sola pieza, debe estar listo el lugar donde se va a guardar.
Parece obvio, pero no siempre se cumple. “Sacan las cosas a la intemperie por no tener dónde ponerlas”, agrega. Pero también hay que pensar en lo práctico, ya que se trata de objetos pesados, se necesitan muchas manos y, con la estructura dañada, puede que las puertas ya no funcionen igual.
Sus indicaciones son concretas. Una pila bautismal tallada en piedra no se toca, porque puede caer por su propio peso. Los altares tampoco se pueden sacar en este momento.

A su juicio, lo primero que debe rescatarse son las tallas medianas y, entre ellas, las imágenes de bulto, talladas completamente en madera, antes que las de vestir.
Y luego, ir “de lo más importante a lo menos importante”, porque “un altar mayor no es lo mismo que un altar pequeño”. La regla de fondo no cambia: “Nadie debe entrar ahí por sí solo”.
El valor que le otorga el pueblo
¿Cómo se decide qué salvar primero cuando no hay tiempo para todo? Hernández Ying comparte un criterio general. La madera, dice, suele ser más antigua que el yeso, y las imágenes talladas enteras pueden tener más años que las recientes.
Aun así, la antigüedad no es la única medida. Hay imágenes hechas por escultores formados en academias de arte, con una anatomía casi perfecta, y hay otras “pequeñitas que las hace la gente del pueblo”, que, dice, “no son menos importantes que las otras”.
“No por ser más antiguo es más valioso”, afirma. Hay piezas del siglo XIX que valen más por la devoción que despiertan.
Esa jerarquía, sostiene, no la define un experto. “Eso lo conoce el pueblo mismo, eso no se lo va a decir ningún especialista”, argumenta.
La razón está vinculada al papel que estos templos han tenido durante siglos. Muchos se levantaron donde antes había poblaciones indígenas y se convirtieron en el centro de la vida del pueblo, junto con las plazas y el entorno que los rodea.
Por eso, al cerrar la iglesia, explica, a la comunidad se le quita un lugar donde encontrarse y donde se transmite la conciencia “de quiénes somos y de dónde venimos”. Y advierte: “No va a ser nada fácil”.
Restaurar sin borrar
MiCultura ha informado que trabajará por etapas. Yamileth Stanziola, directora de Proyectos Especiales, explicó recientemente que primero vendrán la limpieza y el aseguramiento de las áreas, y después se decidirá en cada caso si corresponde recuperar, rehabilitar o reconstruir.
Un restaurador español especializado en campanarios evaluará la torre de Penonomé, por ejemplo.
Hernández Ying no promete que todo volverá a ser igual. “Vamos a perder, eso ya démoslo por perdido”, dice. Lo que ya se perdió, explica, es buena parte de la integridad de los inmuebles, que en su mayoría acumulaban adaptaciones y reformas de siglos.
La restauración obligará a decidir entre la fidelidad a los materiales originales y el uso de técnicas nuevas. Como ejemplo cita la reconstrucción del Arco Chato, en el Casco Antiguo, donde se usó tecnología moderna para recrear algo que ya existía. “A veces nos toca hacer eso, porque el tiempo se encarga de todo”.
Lo que sigue, en su opinión, es sentarse a buscar consensos y, ojalá, apoyo nacional e internacional, para que la reconstrucción se convierta en parte de la historia del pueblo, “de resiliencia, de reconstrucción, de solidaridad”.
“No es el fin del bien comunitario, del bien patrimonial”
Pide, sobre todo, que la comunidad tenga “una voz en esa mesa”.
En La Villa ya existe un antecedente. Cuando la iglesia estuvo en obras en otra ocasión, los vecinos se llevaron las imágenes a sus casas. Todo quedó inventariado, pieza por pieza. “La gente no se las lleva y se las queda”, cuenta Hernández Ying. “Cuando la iglesia se termina, las personas las van a poner”. Para la comunidad, añade, es “un gran honor y una gran responsabilidad”.
Hernández Ying se ofreció a colaborar como gestor con el Gobierno y a conectar a especialistas de otros países para que la restauración se haga “bien hecha, bien estudiada”.
A los pueblos de Azuero les deja un mensaje: “Se nos ha caído un poquito el corazón con todo lo que ha pasado”, reconoce.



