En Mariato, Tonosí y Pedasí, el terremoto dejó viviendas destruidas, carreteras dañadas y familias fuera de sus casas. Los alcaldes de estos tres distritos donde se reportó el epicentro del temblor describen comunidades que buscan agua, alimentos y refugio, mientras esperan las evaluaciones y la ayuda del Gobierno.

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En el sur de Veraguas, algunas familias dejaron sus casas y buscaron refugio en las alturas. En Tonosí, los comerciantes vieron cómo paredes caían sobre vehículos y las viviendas quedaban entre los escombros. En Pedasí, hubo quienes pasaron la noche en parques y centros deportivos, sin atreverse a regresar a sus hogares. El terremoto alteró la vida de estos distritos y dejó a sus autoridades frente a una emergencia cuya magnitud todavía está por determinarse.

Las primeras horas estuvieron marcadas por el miedo, los daños en las infraestructuras y las dificultades para movilizarse. Las carreteras sufrieron afectaciones, algunos puentes quedaron comprometidos y los servicios básicos comenzaron a faltar en comunidades golpeadas por el movimiento sísmico.

Un día después del terremoto, Mariato, Tonosí y Pedasí buscan agua, refugio y vías de acceso
Mapa que marca el epicentro del terremoto, en el sur del país. / Servicio Geológico de EE.UU.

Los alcaldes de Mariato, Ángel Batista; Tonosí, Aníbal Domínguez, y Pedasí, Miguel Batista, describieron a La Prensa un panorama en el que las necesidades se acumulan mientras avanzan las evaluaciones.

Los daños en Veraguas

En Mariato, Ángel Batista hablaba desde una emergencia que lo obligaba a salir de su distrito para buscar suministros. Viajaba hacia Santiago en busca de agua y alimentos para las familias afectadas. La carretera tenía tramos colapsados, puentes desnivelados y derrumbes en las montañas. A los daños viales se sumaban viviendas destruidas, comercios afectados y pérdidas en el sector turístico. Hasta el momento de la entrevista, aseguró que no se habían reportado víctimas mortales en el distrito, aunque sí lesiones leves.

“La gente está histérica, está triste, está conmocionada. La gente está esperando ayuda del Gobierno y de las autoridades”, relató Batista. El alcalde calculó que alrededor de 1,500 personas habían resultado afectadas, principalmente en las comunidades más próximas al epicentro, entre ellas Llano Catival, Quebro, Arenas y El Cacao. La cifra era preliminar: todavía faltaba llegar a otras localidades para conocer la dimensión de los daños. También informó que un colegio había sufrido afectaciones considerables y que el edificio municipal estaba prácticamente perdido.

La emergencia no se limitaba a las paredes agrietadas o a las casas que terminaron en el suelo. Mariato estaba, según Batista, sin electricidad, agua ni conexión a internet. Varios acueductos rurales habían colapsado y las familias necesitaban agua potable, precisamente cuando las vías dificultaban el traslado de ayuda. La falta de comunicación también complicaba conocer lo que ocurría en las comunidades más apartadas, donde algunos residentes habían abandonado sus viviendas por temor a nuevos temblores.

Algunos buscaron refugio en las alturas, otros se instalaron en escuelas y hubo quienes terminaron bajo los árboles o en potreros. Batista aseguró que no había suficientes espacios habilitados para recibir a las familias.

“La gente está histérica, está triste, está conmocionada. La gente está esperando ayuda del Gobierno y de las autoridades”.

Ángel Batista, alcalde de Mariato

“Yo los tengo en los potreros, porque no hay de otra”, dijo al describir dónde estaban pasando la emergencia algunos damnificados. La cancha municipal estaba disponible, pero cuando habló con La Prensa todavía no tenía agua. En su viaje a Santiago consiguió 35 cajas de agua, además de pan y leche para distribuir entre niños y adultos mayores.

La lista de necesidades que enumeró el alcalde era la de familias que, en muchos casos, habían salido de sus casas sin poder rescatar sus pertenencias. Hacían falta carpas, colchonetas, estufas, gas, ropa, medicamentos y materiales para reconstruir las viviendas. “Cuando digo todo, es porque se cayeron las casas y no pudieron sacar nada”, explicó. Batista pidió ayuda al Gobierno central y a organismos internacionales. Mientras tanto, los residentes seguían sin saber cuándo podrían regresar a sus hogares o dónde pasarían las siguientes noches.

Los más afectados

En Tonosí, provincia de Los Santos, Aníbal Domínguez también intentaba reconstruir el panorama con información que le llegaba de los moradores. La única vía terrestre de acceso que identificó era la carretera por Macaracas, pero advirtió que estaba en condiciones peligrosas.

La situación impedía movilizar equipos con normalidad y recorrer todas las comunidades. Por eso, el alcalde insistió en que las cifras que ofrecía no eran definitivas: todavía no se había podido evaluar el distrito completo.

Su estimación inicial era de unas 100 viviendas destruidas o severamente afectadas, aunque advirtió que podían ser muchas más. En el centro de Tonosí, explicó, había daños en hoteles y comercios, y alrededor de ocho vehículos habían quedado debajo de una pared desplomada. También mencionó afectaciones en Isla de Cañas, Búcaro, Cambutal, Flores y El Cacao. Algunas comunidades habían sido evacuadas, mientras los equipos locales intentaban establecer qué había ocurrido en las zonas a las que todavía no habían podido llegar.

“La verdad, lamentablemente, todo destruido, sin exagerar”, resumió Domínguez al describir la situación de su distrito. El terremoto también golpeó una actividad que sostiene buena parte de la economía local: la agricultura. El alcalde explicó que durante el año se habían sembrado cerca de 7,000 hectáreas de arroz.

“Los municipios no tenemos ni la Junta Comunal para comprar una libra de arroz”.

Aníbal Domínguez, alcalde de Tonosí

Según su estimación, entre 4,000 y 5,000 hectáreas todavía podían estar en riesgo, porque una parte de la cosecha ya se había recogido y el resto seguía en el campo. La emergencia amenazaba, por tanto, no solo las viviendas y los comercios, sino también los ingresos de los productores y trabajadores agrícolas.

En medio de ese escenario, las necesidades más inmediatas eran agua, comida y un lugar donde dormir. Domínguez mencionó también pañales y leche para los bebés. Su preocupación iba más allá de la asistencia inmediata: “Los municipios no tenemos ni la junta comunal para comprar una libra de arroz”, afirmó, al explicar las limitaciones económicas de los gobiernos locales para enfrentar una crisis de esta magnitud. Pidió al Gobierno central actuar ante los daños en las viviendas, las carreteras y la producción agrícola.

Temor al mar

En Pedasí, también en Los Santos, Miguel Batista describió otra forma de la emergencia: la incertidumbre de quienes no sabían si sus casas seguían siendo seguras. Aunque el balance de daños era todavía preliminar, una vivienda de quincha se había desplomado en el distrito y en Playa Venao un edificio de apartamentos identificado como el sitio Playa Venao colapsó por completo. Otra estructura de esa zona presentó daños considerables. El alcalde informó, además, de una persona que aparentemente había resultado herida, aunque sin lesiones graves.

La noche tampoco había sido tranquila para quienes buscaron refugio fuera de sus casas. Algunas personas durmieron en parques y centros deportivos; otras se quedaron en espacios abiertos por miedo a que los temblores continuaran. Batista relató el caso de una mujer de 100 años que pasó la noche en la calle, cubriéndose de la lluvia con un paraguas. En Playa Venao, varios moradores se trasladaron a una loma donde hay una escuela. “La gente tiene miedo de entrar a sus residencias, no se atreve”, explicó el alcalde al describir la incertidumbre entre los residentes.

Batista solicitó carpas y toldas para habilitar espacios temporales y pidió coordinar las labores para proteger a los residentes y restablecer los servicios básicos. También informó del cierre del puente sobre el río Oriano por problemas en su estructura y señaló que aún debían revisarse otras infraestructuras.

“La gente tiene miedo de entrar a sus residencias, no se atreve”.

Miguel Batista, alcalde de Pedasí

A la preocupación por la seguridad se sumaba el cierre de comercios, que dificultaba a los residentes comprar alimentos y productos esenciales. Mientras esperaba la respuesta de las autoridades nacionales, el municipio seguía levantando información sobre los daños.

En los tres distritos, el balance seguía abierto. Las estimaciones de los alcaldes daban cuenta de viviendas perdidas, carreteras comprometidas, comunidades que necesitaban agua y familias que buscaban dónde pasar la noche. Pero todavía faltaban inspecciones para establecer cuántas estructuras podían utilizarse, cuántas debían ser reparadas y cuántas personas requerían asistencia inmediata. Por ahora, entre los escombros, las vías afectadas y los refugios improvisados, la urgencia se medía en necesidades concretas: agua para beber, comida para los niños y un lugar seguro donde esperar a que la tierra dejara de temblar.