Llevo tres días en Lima en un constante privilegio. Estoy rodeado de gente de la que todos los días se aprende algo. Vengo de España, de un país que vive una crisis atroz. De todo género, pero sobre todo institucional. Y humana. España no es un infierno, pero si un ciudadano normal lee los periódicos o ve la televisión se quedaría aterrado y pensaría que Dante se quedó corto al hablar de aquel infierno poético donde estaban, incluso, las buenas personas.
El caso es que Lima ha cambiado tanto, a pesar de que todavía le queda mucho al Perú para ser un país completo. Pero camina. Yo me muevo entre gente que, como acabo de decir, me enseña todos los días algo nuevo. Sí, ese es el destino que quiero seguir viviendo hasta el final: poder aprender siempre y todos los días algo nuevo. Me muevo entre gente de letras, entre Alonso Cueto y Abelardo Sánchez León; entre Vargas Llosa y Marco Martos; entre Fernando de Syszlo y José Miguel Oviedo; entre Mharta Canfield y Fernando Ampuero; entre el poeta Carlos Germán Belli y el erudito Juan Gustavo Cobo Borda. Vivimos unos días de homenaje a José Miguel Oviedo, que está a punto de cumplir 80 años con una lucidez mental asombrosa. Y una memoria llena de humor y de sentido común.
Comemos, charlamos, nos acordamos de viejos episodios, de otros almuerzos en los que también descubrimos nuevos platos que se nos quedan para toda la eternidad en la memoria del paladar y la buena digestión. Un privilegio. Leemos y hablamos de libros; de Sor Juana Inés de la Cruz y de Octavio Paz, de los 584 endecasílabos de Piedra de sol y del Ulises de Joyce. Y de Rayuela, que cumple 50 años con una frescura asombrosa. Ya forma parte de la eternidad del tiempo en la literatura universal. ¿Y qué ocurriría hoy, quién sería el valiente y profesional editor, el lince con olfato de descubridor de tesoros que se atrevería a publicar Rayuela? No digo que no haya ningún privilegiado editor que, como un rayo, descubre a la primera frase de Rayuela que ahí se encuentra un tesoro inasible y literario, que no puede dejar escapar.
Vargas Llosa cuenta una anécdota que le contó hace años el propio Oviedo. Un ciudadano entra en una librería y pregunta al librero si tiene libros de Hemingway. “Sí, tengo”, le contesta el librero. De nuevo el individuo le pregunta al librero cuáles son. “Tengo El viejo y el mar”, contesta el librero. “Pues deme el mar”, le contesta el insólito cliente. Por eso digo que llevo tres días en el privilegio. Porque a pesar de que esos chistes son viejos, ya estaban olvidados. O ahora escucho de manera distinta los mismos chistes de antes y me río mucho más.
Tengo nada más que aplausos para esa novela que me he bebido hasta emborracharme, del viejo y del mar, y de la que, incluso, recuerdo pasajes con los que sueño de vez en cuando. En los mares de Cuba, donde no conocí a Santiago, pero me hice amigo, en Cojímar, de Gregorio Fuentes, el canrio que fue patrón del yate “Pilar”, del mismo escritor gigantesco al que le sobró escuchar con atención la historia de la lucha a muerte entre un marlín y un pescador del lugar para escribir El viejo y el mar.
Recorro las calles de La ciudad y los perros en Lima. Y me invento para mí mismo otro chiste. Entra el cliente en la librería y le pide al librero libros de Vargas Llosa. El librero le dice que tiene La ciudad y los perros. “Pues, deme la ciudad”, contesta el cliente. Recorro esa ciudad de novela, esa ciudad a la que voy amando poco a poco, la misma ciudad a la que vengo cada vez que puedo y que visito con ánimo de peregrino gastronómico. Otro privilegio. Respiro privilegios. Alonso Cueto se ríe a carcajadas porque sostengo que el mejor pollo a la brasa del mundo se hace en Perú. Fernando Ampuero, que sabe de todo, me cuenta que lo que sucede es que en el Perú los pollos están ya, desde la granja, alimentados y educados con una técnica que tiene que ver con el movimiento y la ordenación de los astros. Quedamos en que un día me contará todos los detalles mágicos del asunto para que yo lo cuente en mis notas de lecturas y mis artículos. Otro privilegio más, parejo al que siento cuando escribo para todos ustedes, mis probables lectores, estos artículos dominicales y panameños.

