Pareciera una frase nueva, de esas que estrenamos los domingos para un tema de conversación y de las que uno se considera exento.
El acoso sucede, es real. En otros tiempos se les decía congo, en buen panameño a esas personas que de alguna forma permitían que otros alteraran sus decisiones por medio de golpes y palabras, por no profundizar en el aspecto sexual.
Uno nunca se imagina que el acoso puede llegar al deporte, una rama de la sociedad que une a los seres humanos y los convierte en hermanos.
En 2007, el Comité Olímpico Internacional se refirió al tema en una Declaración de Consenso en la que advirtió que el acoso se da en "cualquier deporte y a cualquier nivel, y parece ser que con mayor frecuencia en el deporte de élite".
La Declaración detalla que los miembros del entorno del atleta que ocupan puestos de poder y autoridad suelen ser los principales autores, aunque los compañeros de los atletas también pueden identificarse como acosadores. El informe detalla que las personas del sexo masculino pecan más en este tema que las del sexo femenino.
La investigación demostró que el acoso y abuso sexual en el deporte afectan de forma grave y negativa a la salud física y psicológica del atleta.
Los deportes organizados se han preparado en este tema y tienen rigurosas normas para erradicar estas situaciones. En la NFL, el equipo de fútbol americano de los Miami Dolphins suspendió a un jugador por un posible acoso (racial) a un compañero que la pasada semana alegó motivos personales para abandonar temporalmente el equipo. Las investigaciones apenas comienzan de parte de la Liga y de la Asociación de Jugadores.
En 2004 el dominicano Miguel Tejada fue forzado practicamente para que jugara en su país y se abrió el debate sobre si el tema debería ser calificado de acoso.
La Universidad Penn State (EU) pagó $59.7 millones a 26 jóvenes que sufrieron abuso sexual por parte del exentrenador asistente del equipo de fútbol americano Jerry Sandusky.
En el fútbol, solo por mencionar un caso tenemos al de Didier Drogba y su compatriota marfileño Emmanuel Eboue, ambos del Galatasaray vieron cómo un aficionado del Fernerbahce les mostraba una banana e imitaba sonidos de mono durante un clásico turco.
Hace unos meses atrás en Panamá se hizo público un caso de acoso sexual, así que no pensemos que a mi no me pasa esto. Meditemos quienes de nuestra familia pueden estar en riesgo; hagamos tiempo y observemos sus actividades y denunciemos a ese agresor, que podría necesitar más ayuda que su víctima.
