Estamos viviendo una nueva era, cuyos contornos aún no están concluidos. Para entenderla no vale la forma en que abordábamos los asuntos de épocas precedentes. Para indagarla corresponde ajustar y crear su método.
Retrato de esta premisa es el hervidero del aula de clases. Si el alumno recibe información y estímulos de cuanto aparatejo, llueve sobre mojado el docente que prefiere repetir ese contenido, a excepción de que sean documentos confidenciales de los últimos descubrimientos a manos de determinadas cofradías científicas.
Manosear contenidos que pueden adquirirse a la vuelta de la esquina es mala praxis, en un momento en que se verifica una sobreabundancia de información, compleja en su selección y en su organización.
La prueba y el informe final terminan, con frecuencia, siendo de autoría de estos abultados –aunque no siempre precisos- bancos de información. El sistema del ´copiaipega´ se enseñorea, en perjuicio de la finalidad de la escuela, del pensar, entender, hablar y escribir.
Con imaginación y sin medias tintas, ese método debe ser sacudido, de tal forma que atienda a esta realidad y se incorpore, sin rubor y en buena lid, la tecnología. Falta tanto qué hacer y cada novedad en el abordaje abre una caja de posibilidades y oportunidades.
¿Cómo investigar? ¿Cómo depurar la información tan abundante y proveniente de variadas fuentes? ¿Qué es válido, legítimo y preciso? ¿Qué es chatarra? ¿Qué lecturas corresponden a ese material? ¿Cómo lo analizo? ¿Es útil y aplicable a nuestras situaciones cotidianas? ¿Cómo la sintetizo? ¿Qué nuevas construcciones pueden derivarse? ¿Qué puedo crear?
Los procedimientos de trabajo deben adecuarse, con énfasis en la construcción de métodos atinentes a cada situación, con sus singularidades. Docentes que inspiren a sus alumnos a armar las rutas de entendimiento y de materialización del método científico.
Muletillas. Se amplía su variedad. A ´eeehhh´, se han unido ´obviamente´, ´un tanto´, ´pues´. Bastones, sillas de rueda, muletas de torero. Los micrófonos públicos están poblados de ellas. Tampoco la pronunciación es cuidada. A veces sobran ´s´ y otras faltan. El país tiene una relación de amor-odio con la ´s´. Añades innecesariamente una ´s´, cuando preguntas: “¿Te fijastes?”. La ´s´ final es de ñapa. Es común, sin embargo, omitirla en frases como: “Las banca del parque”. En plural es ´bancas´. La pereza domina. Ni hablemos de los cantitos importados de locutores de radio y televisión, sobre todo en las frases finales de las oraciones o enunciados. La fonética es uno de los mayores identificadores de un pueblo. Y la particularidad de la nuestra no es mejor ni peor que las de otras naciones del mundo lingüístico español.
Veníamos. “Nosotros veníanos temprano”. ´Veníamos´ es lo correcto. En la flexión del verbo en la primera persona del plural siempre la terminación es ´mos´. En ninguna hipótesis, es de otra manera. Fallidas son además las flexiones: estábanos, íbanos... Estas flexiones confunden la función de ´nos´, pronombre personal referido a la primera personal plural, tanto en femenino como en masculino, o, a veces, abreviación de nosotros, primera persona del plural. (Nos dejó impávidos). Ese ´nos´ puede usarse como enclítico (partícula o de una parte de la oración que se liga con el vocablo precedente, formando con él una sola palabra): míranos, compréndenos.
Glúteo, nalga. Cada una de las porciones situadas al final de la columna y el comienzo de los muslos. La primera es vocablo griego. La segunda, latino. La primera se usa más como adjetivo (área glútea) y la segunda como sustantivo (nalga de elefante). En la región rioplatense, es el corte del cuarto trasero de los vacunos.
