Tránsfuga. El latín parió el término. Ha llegado a nuestros días con esa aureola de traición. Quien traiciona. De conciencia remendada. En alguna comunidad hispanohablante, es canalla, despreciable. Amoral. Inmoral. Y en las batallas y escaramuzas militares, aquel que cambia al bando contrario. Desertor, traidor, fugado. Quien quebranta la fidelidad o lealtad que debe guardar o tener.
Los romanos crearon esta denominación para representar al desertor, quien se traspasa al bando enemigo.
Quien abandona el colectivo que lo llevó a obtener un cargo público de elección popular.
Pariente del verbo ´fugar´, el sustantivo ´tránsfuga´ no ha derivado en ´transfugar´.
Aunque su empleo no es propio en Panamá, la acción sí se materializa a borbotones. Mírele la sonrisa al chaquetero del hemiciclo legislativo. Si con detenimiento, concentras tus ojos y auscultas el del tránsfuga, leerás: lo haré cuantas veces sea necesario.
Son cantos de sirena, pero hasta proyecto de ley ha prohijado para dejar de ser tránsfuga. La bancada legislativa tránsfuga aporta al idioma español. Desde Panamá para el mundo: ´destransfugar´ y ´destransfugación´.
Se fugan del partido que los eligió y determinan un freno. Hasta nuevo aviso. Y así por la infinitud.
Quienes tomaron la decisión de alejarse del colectivo que les ofreció su bandera y espacio para postularse, hoy reniegan de esa acción, y no con promesas vanas, aceptan no salirse del redil del partido Cambio Democrático. Bien portaditos.
Las malas lenguas afirman que en el fondo son rehenes de aquel pago que los abriga, no solo por afinidad y afecto, sino por coacción y refugio ante denuncias de variado pigmento.
Aunque lo común es el término tránsfuga, existe la opción masculina: tránsfugo.
La bancada tránsfuga es el chocolate del Órgano Ejecutivo, y le debe más lealtad y obediencia que los propios diputados en origen del colectivo gobernante. Es el chocolate oficialista y, en atención a esa inmaculada y posicionada gracia, obtiene, a manos llenas, el chocolate.
El transfuguismo ocurre por motivos ilegales, inconfesables e inaceptables más que ideológicos. Cuando el partido gobernante conquistó, con la Operación Tránsfuga, la mayoría legislativa, propinó hace un año una patada en el trasero panameñista, y le arrebató la Cancillería y la Alcaldía capitalina.
Estos tigres hoy quieren volverse vegetarianos, con el proceso de ´destransfugación´ en marcha. Juran por ley que no saltarán la cerca del refugio cidético, que los domina. Y el juramento llega a los oídos de Ricardín, quien les expresa alabanzas por semejante paso en el escenario patrio, modelo de los sistemas políticos continentales.
Son procesos e inventivas que deberían ser registrados a escala planetaria y ofrecidas para la exportación.
Estado de Japón: no república.
Echan abajo al emperador Akihito (quien asumió en 1989). Durante dos días, en Panamá, se habla de la ´República de Japón´. Craso, es un error. El origen es el fallecimiento de una nena, en un desgraciado incidente en la “Escuela de El Japón”.
Dos sistemas contrapuestos: sistema republicano, el que norma a Panamá, y la monarquía constitucional, la de Japón. En una república (del latín res pública: la cosa pública), domina el imperio de la constitución y la igualdad ante la ley; se escogen quienes gobiernan mediante la representación.
En la monarquía, el símbolo constitucional es el emperador (soberano celestial), que procede de la familia imperial.
Para Japón, no cabe la denominación ´república´, por tanto. El emperador es el mediador entre los hombres y la divinidad, y en los últimos mil años, ha sido el encargado de autorizar u otorgar legitimidad a aquellos situados en el poder.
