Hace ya cerca de 20 años comenté que, en general, la gran mayoría de autores panameños de nuestra época no se preocupó de registrar sus memorias ni hacer referencias y comentarios sobre el tema.
Es decir, no existió una obsesión autobiográfica como tal, y en ese sentido se suele recurrir a los periódicos y publicaciones de la época.
Recuerdo que para la década de 1950 yo había enviado tres libros al Concurso Ricardo Miró y hasta donde yo recuerde, uno se intitulaba Largo puente hacia las estrellas, el otro se refería a unas Cartas fuera de época a Gustavo Adolfo Bécquer y el último era una Oda al viento a imitación de un poema de Octavio Paz, La estación violenta.
Durante un tiempo el Instituto Nacional de Cultura mantuvo las obras que habían participado y poco después solo las obras ganadoras. Un largo tiempo después, conversando con el poeta Dimas Lidio Pitty, él recordaba el título de aquella obra que yo había enviado al concurso. Debido a las sucesivas mudanzas de mi biblioteca, esos libros se extraviaron, y lamenté el hecho porque ahora pienso que tuvieron un atractivo valor poético que nunca debí descartar.
En torno a estos recuerdos, pienso que siempre sentí una abierta y entrañable admiración por la obra poética de Ricardo J. Bermúdez, quien con su vocación de maestro y gran poeta revisó y corrigió gran parte de mi libro Poesía mía que estás en los cielos, que tuvo una efectiva resonancia en el medio poético panameño, cuando se publicó por la Editorial Cultural Portobelo.
Y recordando algunas de las memorias consignadas por escritores panameños, me parece que el Casco Antiguo podría ser objeto no solo de un rescate icónico sino de un rescate literario. Recuerdo sobre el particular varios momentos recordados por Roque Javier Laurenza con algunos de sus compañeros generacionales escenificados en el paseo de las Bóvedas.
Existen recuerdos, evocaciones, dramas cotidianos, y referencias familiares que tuvieron lugar aquí y acullá.
Mi memoria registra sucesos y recuerdos del Casco Antiguo cuando Dimas Lidio Pitty era un adolescente y cursaba estudios en la ciudad capital.
Recuerdo haber leído un cuento de Beatriz Valdés donde habla de la farmacia Benedetti que quedaba entre la Catedral y la calle Cuarta y la Panama School donde yo cursaba la primaria.
Recuerdo el edificio de La Marina, frente al Palacio Presidencial, donde vivieron los escultores Leoncio Ambulo, Lloyd Bartley y mi entrañable hermano y poeta José Antonio Moncada Luna que vivía con su esposa e hijos.
Sentado en el muro del balcón marino que estaba detrás del edificio al lado del mar, solía ir a pescar a ese lugar que nunca perdió su condición bucólica en mis recuerdos.
Por estos mismos lugares pasaba a saludar a mis compañeros lasallistas, entre ellos Raúl Vaccaro, que vivieron un tiempo por esos barrios aledaños.
Quizá estos recuerdos me visitan debido a la deslumbrante procesión acuática dedicada a Santa María la Antigua del Darién, que pasaba frente a mis sueños de pescador al estilo de Ernest Hemingway, esa tarde en que otro adolescente soñador contemplaba el mar Pacífico con Panquiaco y no Manny Paquiao.
