Si las gentes que entramos todos los días en las redes sociales fuéramos igualmente educados, ese caminar cotidiano de la tecnología sería el país de las maravillas.
Pero no somos Alicia; aunque Lewis Carroll era matemático, sabía que la vida era matemática y que en el futuro la máquina, también matemática, podría ser un peligro para el ser humano.
La máquina, en este caso, es lo que llamamos primariamente cerebro electrónico y que hoy tiene su gran gloria en las redes sociales. En esas autopistas la libertad es absoluta, todo el mundo puede correr a la velocidad que le dé la gana y decir y escribir lo que se le ocurra.
El hombre es libre, la mujer es libre y viva la librería. Lo malo de la libertad, lo único malo de la libertad absoluta, es el libertinaje, donde todo el mundo hace lo que le da la gana, donde la selva gana sobre la ley y esa misma ley desaparece bajo el fragor del salvajismo.
En las redes sociales hay de todo: selva, educación, ley que no se cumple, mucha frustración, grandes tipos de quejas, gritos de libertad y, sobre todo, mala, muy mala educación.
No sé quién dijo que para entrar en las redes sociales había primero que ser muy educado, tener una gran educación y saber qué y qué no puede publicarse en un Facebook, por ejemplo.
Hay tipos que cuelgan en esas mismas redes sociales incluso lo que van a cenar dentro de un minuto, con foto en color y todo; otros delatan su gran mundo exterior y su ausencia total de intimidad; unos terceros, incluso, nos descubren todos los días pensamientos sutiles que han leído o visto en alguna parte, y hay gente que se cree que sabe mucho por el mero hecho de tener al lado una gran enciclopedia y copiar los datos de nacimiento o muerte de célebres que ya están catalogados desde el principio de su fama.
De modo que hay de todo en las redes sociales.
Yo me conformo con colgar mis artículos un par de veces por semana. Me sirve para pulsar al poder del ejército enemigo: por cada apoyo que me dan mis lectores, me digo que hay 100 que han leído el artículo y que no les gusta lo que digo. Tal vez exagero, como casi siempre.
A mí me gusta ser hiperbólico, pero reconozcan conmigo que la mayor hipérbole de nuestros días son exactamente las redes sociales. Ahí, miles de personas, hombres y mujeres que se creen Alicia en el país de las maravillas, se deslizan cuesta abajo y vomitan sus frustraciones o denuncian sus propias carencias. Nos dicen sus gustos y cuáles son sus disgustos, y a veces hasta nos enseñan el cuarto de baño que utilizan para su aseo personal, como si ese exceso le interesara a quienes frecuentamos las redes.
Les confieso que para mí las redes son el mejor medio de comunicación e información que ha existido nunca, junto a la prensa escrita, claro está.
Ahí, en las redes, hay recomendaciones para que leamos artículos que están publicados en algún periódico que nos queda muy lejos y que sin la dirección electrónica no estaría al minuto junto a nuestra curiosidad intelectual.
De modo que, en este caso, se cumple el refrán convertido en estereotipo, no hay más que por bien no venga. Como todo proceso progresivo, lo peor de las redes sociales en su mal uso, el abuso panfletario y sectario de tantas páginas y el excesivo gusto pornográfico que mucha gente ineducada tiene en su vida pública.
Gracias al Facebook y a la internet puedo leer La Prensa en Madrid y El Mundo de Madrid en Panamá, El Nacional de Caracas en Estocolmo y el New York Times en cualquier parte del mundo.
Ese es el milagro del tiempo y la técnica, que sirve para bien al progreso.
Pero, ya digo, todo progreso tiene elementos malignos que transformados en costumbre hacen de las redes sociales una casa de cita de la peor referencia.
A veces, también lo confieso, me canso de las redes sociales y las dejo de leer durante semanas. Me canso y abomino de ellas, como he terminado abominando de la televisión, porque hoy por hoy la televisión no me ofrece más que porquería sobrante que no me puede interesar.
La última vez que entré en una televisión fue hace unos días para ver el partido del Mundial de fútbol España-Chile. En mala hora. Vi cómo caían los héroes deportivos que desde hace seis años lo habían ganado todo. Caían por cansancio y falta de fe y hambre. Caían porque el tiempo no perdona. Sic transit glorias mundi.

