Azuero muestra dos caras de la reconstrucción: mientras en Parita, Herrera, Francisco Ávila vuelve a colocar las tejas que desplazó el sismo, en el cerro Canajagua, en Los Santos, el maestro Alexis Cedeño acompaña a estudiantes cuyas familias aún esperan que las autoridades evalúen sus viviendas.
En El Bayano, 32 personas comparten un albergue sin saber cuándo podrán regresar a sus casas. En La Villa de Los Santos, el sociólogo Milciades Concepción advierte que el desastre también ha expuesto las desigualdades históricas de la península.
Unos 17 días después del terremoto del 9 de octubre, algunos techos empiezan a repararse, mientras otras familias siguen esperando y varias comunidades enfrentan problemas que ya existían antes del sismo.

La reconstrucción
Ávila lleva unos 35 años trabajando en la instalación de cubiertas y conoce las casas antiguas de la región. Después del terremoto del 9 de octubre, volvió a una labor que ha realizado durante décadas: colocar tejas y asegurarlas con alambre de cobre y ganchos. En una región donde el movimiento de tierra desplazó techos y agrietó paredes, su oficio permite observar qué construcciones resistieron y cuáles necesitan reparación.
“Aquí en Parita, el único trabajo que yo he hecho es ese y no se ha caído ni una teja”, cuenta Ávila. Se refiere a las viviendas tradicionales, muchas construidas con barro, que todavía forman parte del paisaje del pueblo. No todas salieron ilesas: el sismo desplazó tejas y dejó daños que obligan a revisar las estructuras. Aun así, el trabajador sostiene que algunas construcciones antiguas resistieron el movimiento.
Su experiencia, sin embargo, no lo lleva a minimizar los riesgos. Cuando detecta problemas que comprometen la seguridad, prefiere no subir al techo sin las condiciones necesarias.
Reconstrucción desigual: A 17 días del terremoto, algunos techos comienzan a repararse, mientras otras familias siguen esperando respuestas.
Patrimonio en riesgo: Las viviendas tradicionales de quincha y sus techos de tejas enfrentan daños y el temor de que se pierdan elementos de la arquitectura de Azuero.
Niñez afectada: En el cerro Canajagua, los estudiantes todavía sienten temor ante movimientos leves y necesitan acompañamiento psicológico continuo.
Emergencia prolongada: En El Bayano, 32 personas viven bajo un techo provisional, se protegen de la lluvia y esperan respuestas sobre la reconstrucción de sus viviendas.
El susto, en cambio, no distingue entre casas antiguas y nuevas. Ávila recuerda que las viviendas parecían moverse y que, por momentos, creyó que la tierra se las tragaría. “Yo tenía un susto”, dice al recordar aquel día. Aunque el movimiento duró segundos, a él le pareció interminable: las casas se sacudían y el temblor no parecía terminar.
El balance social
En La Villa de Los Santos, el sociólogo Milciades Pinzón propone mirar más allá de las paredes agrietadas y los techos dañados. El terremoto del 9 de octubre devolvió a la conversación pública otro sismo, el de 1913, que también afectó la región y cuya historia, sostiene, todavía requiere mayor investigación.
Entre los daños atribuidos a aquel terremoto figuran afectaciones a templos, como el de Macaracas, y la caída de la parte superior de la torre de San Atanasio, en La Villa. Pinzón considera que las consecuencias humanas de aquel movimiento pudieron ser mayores de lo que permiten establecer los registros disponibles.
La comparación entre ambos terremotos también plantea una pregunta sobre cuánto ha cambiado Azuero y cuánto permanece igual.

A principios del siglo XX, la región tenía una población mayoritariamente rural y buena parte de sus viviendas eran de quincha. Hoy conviven esas construcciones tradicionales con edificaciones de otros materiales y diseños.
Para Pinzón, el terremoto no solo puso a prueba las estructuras: también dejó al descubierto las diferencias entre las zonas costeras y las comunidades de montaña, donde persisten dificultades de acceso y de prestación de servicios.
La casa de quincha ocupa un lugar central en esa historia. A Pinzón no solo le preocupan las viviendas que colapsaron o sufrieron daños graves. También teme que las familias que logren reparar sus casas opten por eliminar elementos tradicionales ante el temor de que vuelvan a fallar.
El sociólogo amplía el análisis al desarrollo de Azuero. La región arrastra problemas relacionados con el acceso al agua, el deterioro ambiental y el crecimiento de los poblados sin suficiente planificación. A esas dificultades se suman ahora las consecuencias del terremoto.
Para Pinzón, reparar las viviendas es indispensable, pero no basta si las comunidades continúan enfrentando las mismas limitaciones que existían antes del sismo. “La clave de todo es la planificación”, afirma. Su preocupación se centra en la calidad de vida de quienes viven lejos de los principales centros urbanos.
La educación
En el cerro Canajagua, esa distancia adquiere una dimensión concreta. El maestro Alexis Cedeño, de la escuela Sergio González Ruiz, recuerda que el terremoto lo sorprendió junto a sus estudiantes. La presencia de torres y cables de alta tensión complicaba la evacuación.

Diecisiete días después del sismo, Cedeño sigue pendiente de sus estudiantes y de las familias afectadas. La escuela tiene 14 alumnos, muchos procedentes de hogares de bajos recursos. Algunas de sus familias sufrieron daños en sus viviendas y todavía esperan que las autoridades las evalúen.
El acceso es uno de los obstáculos: hay casas a las que no llegan los vehículos y que solo pueden alcanzarse a pie. Mientras no se realicen las inspecciones, sus ocupantes siguen sin saber si podrán recibir ayuda para reconstruir.
El daño tampoco termina en las paredes caídas. Cedeño observa cambios en el comportamiento de los niños, que pueden pasar de jugar y reír a llorar en cuestión de minutos. Un movimiento leve basta para que algunos crean que está temblando de nuevo y salgan corriendo.

El maestro considera que los niños necesitan acompañamiento psicológico continuo, no una sola visita después de la emergencia. También pide que continúen las donaciones para la olla común que alimenta a las personas alojadas en el cerro. “Esto es una caja de resistencia, no de velocidad”, dice para explicar por qué las necesidades no desaparecen de un día para otro.
En el cerro, las casas afectadas son solo una parte de la historia. Cedeño calcula que alrededor del 30% de las viviendas sufrió daños, aunque algunas necesitan una reconstrucción completa.
Albergues
En El Bayano, Iturbides Cortés Cruz comparte un albergue con otras 31 personas, entre ellas varios niños, mientras esperan una respuesta sobre sus viviendas. Diecisiete días después del terremoto, la incertidumbre se traduce en noches pendientes de la lluvia y en el agua que amenaza con entrar en el campamento.
Las familias se turnan para cocinar en una olla común y sobreviven gracias a las donaciones de empresas privadas, amigos y vecinos. Cortés Cruz asegura que, hasta ese momento, nadie les había explicado cuándo podrían reconstruir sus casas ni si recibirían materiales.

“Ellos dicen que no podemos habitarla, pero entonces no vienen a decirnos que nos la van a construir o que nos van a ayudar con material”, reclama.
Su pregunta no es solo cuándo podrán volver a sus viviendas, sino qué harán mientras tanto. Sin ingresos y dependientes de las donaciones para alimentarse, las familias deben organizar cada día la preparación de los alimentos y buscar cómo protegerse de la lluvia. La emergencia continúa dentro del albergue, aunque el temblor haya pasado.



