El doctor César Donoso sabía que durante su residencia de Geriatría en el Complejo Hospitalario Dr. Arnulfo Arias Madrid de la Caja de Seguro Social, que comenzó en febrero de 2021, dormiría poco.

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También estaba consciente que tendría que estudiar después de los turnos, atender pacientes durante horas y responder por decisiones que, en muchos casos, no podían esperar.

Lo que no imaginaba era cuánto podía aguantar su cuerpo.

La historia de César surge en medio de las denuncias y testimonios que, en las últimas semanas, han puesto bajo la lupa las condiciones en las que se forman los médicos residentes en Panamá. A partir de esos testimonios, este medio conversó con él para conocer lo que vivió en ese período (2021 a 2023).

Los primeros meses

El arranque de la residencia trajo la primera señal de alerta. Apenas en el segundo o tercer mes en el hospital comenzaron los ataques de ansiedad.

Al principio intentó continuar.

Después llegaron el insomnio y la depresión.

Para el cuarto mes comenzó a vapear para mantenerse despierto durante los turnos. Nunca había fumado, pero cuenta que la nicotina le ayudaba a combatir el sueño y mantenerse en pie frente a los pacientes.

Cada vez dormía menos.

La situación llegó a tal punto que buscó atención en el servicio de Psiquiatría del hospital, donde comenzó tratamiento. Como parte de ese manejo, le indicaron desvenlafaxina en dosis altas, aripiprazol y escitalopram.

Según cuenta, los medicamentos lo colocaban ante un dilema: si los tomaba, se sentía dopado y le costaba pensar con rapidez durante los turnos; si no los tomaba, la ansiedad lo abrumaba.

En el hospital no encontraba descanso. En casa tampoco.

En abril de 2022, cuando comenzaba su segundo año de residencia, nació su hija por una cesárea de urgencia. Cuenta que la jefatura le negó mover un turno para acompañar a su esposa y tuvo que incapacitarse. Los primeros meses de vida de la bebé trajeron nuevas noches sin dormir.

“No es fácil salir y decir que muchas veces pensaste en quitarte la vida porque te sentías muy cansado, hostigado o que era la única salida”.

César Donoso, médico general.

“Yo no dormía ni en casa, ni en el trabajo”, recuerda.

Con el tiempo comenzó a sentirse como un “zombi”. Hoy dice que hay partes de su segundo año de residencia que apenas recuerda. No sabe si esa falta de memoria estaba relacionada con los medicamentos que tomaba, con el agotamiento o con ambos.

Pero siguió.

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El turno que no pudo terminar

Una de las escenas que más recuerda ocurrió durante un turno de su segundo año.

Durante el pase de visita se produjo una fuerte discusión entre la jefatura y uno de sus compañeros residentes. Después de la discusión, el compañero, visiblemente sobrepasado por la presión, decidió que no podía continuar en esas condiciones y buscó atención de urgencia en Psiquiatría, donde terminó incapacitado.

Antes de irse, el compañero lo llamó.

“César, quedas de jefe del turno”.

Era el primer turno de jefatura de César y sería uno de los más difíciles.

Sin supervisión presencial de médicos especialistas —quienes le indicaron ingresar a todo paciente que considerara necesario y revisar los casos al día siguiente—, César y un residente de primer año quedaron a cargo de la sala y de Urgencias.

Ese día hicieron 17 admisiones sin la supervisión presencial de un especialista. La jornada se extendió hasta cerca de las 10 u 11 de la noche.

Para entonces, César ya llevaba meses acumulando cansancio.

“En un ambiente no tóxico uno aguanta... eso yo nunca lo vi como un problema porque eso era vocación”.

César Donoso, médico general.

Había lugares donde sí podía estar bien

Los primeros medicamentos, dice, le permitían continuar, pero no conseguían que dejara de sentirse deprimido y ansioso.

Después cambió de psiquiatra.

Con la nueva especialista comenzó a sentirse mejor. También empezó a notar algo que resultaba difícil de ignorar: no se sentía igual en todas las rotaciones.

César contó que en una ocasión lo enviaron “de castigo” al Hospital de la 24 de Diciembre, pero la experiencia resultó ser todo lo contrario. Allí encontró un ambiente docente que describe como sano: se explicaba, se estudiaba y la jefatura era accesible.

“En un ambiente no tóxico uno sí aguanta”, asegura.

Pidió formalmente su traslado a esa unidad, pero la jefatura del Complejo rechazó la carta y nunca se le dio trámite.

No todo fue malo en la residencia. En neumología y reumatología también tuvo buenas experiencias con médicos que se tomaban el tiempo de enseñarle.

Recuerda a quienes lo corrigieron cuando una presentación estaba mal hecha, pero después se sentaron con él para explicarle cómo mejorarla.

“La estructura no está diseñada para que tú te vuelvas geriatra y mantengas salud mental, tienes que sacrificar una”.

César Donoso, médico general.

En reumatología, una residente le enseñó cómo presentar un estudio científico.

En neumología, recuerda a un jefe de docencia que, después de decirle que una charla no había servido, se tomó el tiempo para explicarle qué había hecho mal y cómo podía hacerlo mejor.

“Sí me regañaron”, dice al recordar esas experiencias.

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Pero había una diferencia: después de la corrección sabía qué había hecho mal, qué tenía que estudiar y cómo podía mejorar.

Por eso no recuerda su residencia únicamente como una experiencia negativa. También valora a quienes le enseñaron y las rotaciones en las que se sintió bien. Pero identifica con claridad cuándo comenzó a sentir que algo no estaba funcionando.

La situación llegó a un punto crítico. César cuenta que, durante la residencia, tuvo un episodio que su psiquiatra definió como un intento de suicidio. Cuando ella le preguntó por qué lo había hecho, su respuesta fue sencilla: estaba demasiado cansado.

“Nunca en mi vida he estado tan cansado mentalmente y físicamente como [durante] la residencia”, recuerda.

“Un residente de cirugía me dijo que el ‘bullying’ es docencia... se acostumbra a que la única manera de aprender es con palos”.

César Donoso, médico general.

El momento de renunciar

Para entonces, César había llegado al tercer año de residencia. Era 2023.

Regresó al servicio de Geriatría y recibió un esquema de trabajo que volvió a llevarlo al límite: debía estar a cargo de entre 40 y 50 pacientes en sala y, al mismo tiempo, ser la primera llamada de Urgencias.

Llegaba alrededor de las 6:00 de la mañana para comenzar la visita. A partir de las 10:00 empezaban a llegar las llamadas de Urgencias. Si el paciente requería atención inmediata, debía bajar a evaluarlo; si no, terminaba parte de la visita antes de acudir. Una vez en Urgencias, no sabía cuándo podría regresar a la sala porque podían seguir llegando pacientes.

Algunos días terminaba entre las 10 y las 11 de la noche, después de dejar resueltas las admisiones de Urgencias y completar la visita de los pacientes a su cargo.

La ansiedad volvió a intensificarse.

Los medicamentos le ayudaban a ir a trabajar, pero tenían un costo: le costaba pensar con rapidez y tomar decisiones clínicas.

Entonces su psiquiatra le planteó algo que él no quería escuchar.

Si las dosis ya estaban en el punto más alto y no se podían aumentar porque afectaban su capacidad cognitiva para atender pacientes, la única alternativa era renunciar.

La decisión no era sencilla. César sentía que ya no estaba funcionando como antes.

Había llegado a la residencia para convertirse en geriatra.

Ese año renunció.

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El sueño quedó en pausa

La renuncia no terminó de borrar la residencia de su vida.

Una geriatra que conoce su trayectoria le ha pedido recientemente que vuelva a concursar para completar la especialidad.

César la escucha.

Pero todavía no está listo.

Hace poco tuvo que regresar al edificio donde funciona parte de su formación para pedir un favor relacionado con sus estudios.

Entró.

Y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo.

Después se lo contó a su esposa.

“No puede ser”, recuerda haber pensado. “Yo no puedo estar aquí”.

La residencia quedó atrás, pero la experiencia todavía está presente.

Tras renunciar a la residencia, César continúa ejerciendo la medicina como médico general en un hospital privado.

César continúa vinculado a la medicina y actualmente cursa a distancia una maestría en Geriatría en una universidad de Costa Rica. No descarta volver a intentar convertirse en geriatra, aunque para ingresar nuevamente a una residencia de la Caja de Seguro Social tendría que concursar otra vez y afrontar las consecuencias administrativas derivadas de su renuncia, entre ellas, según explica, la obligación de devolver parte de la inversión realizada por la institución durante sus años de formación

Hoy todavía no puede.

Su sueño de ser especialista no desapareció.

Quedó en pausa.