En Búcaro, Tonosí, la tierra no solo se abrió el 9 de octubre. También alteró la relación de sus habitantes con el lugar donde han vivido siempre. Jairo Araújo Jiménez estaba con su madre cuando el suelo comenzó a sacudirse y la ladera se vino abajo.
En isla Cañas, el agua entró por los esteros e inundó terrenos y viviendas. Sus habitantes esperan saber si podrán regresar o tendrán que trasladarse a tierra firme. En La Colorada, distrito de Los Santos, el Ministerio de Vivienda y Ordenamiento Territorial (Miviot) ya construye casas para las familias que perdieron sus hogares.
Tres comunidades, una misma tragedia y distintas etapas de recuperación: en Búcaro persisten las dudas sobre la seguridad de las viviendas; en isla Cañas, los residentes afrontan la incertidumbre sobre su futuro; en La Colorada, las nuevas casas comienzan a tomar forma.

La marca de Búcaro
Araújo recuerda que su madre, costurera, estaba sentada frente a su máquina cuando comenzó el temblor. La casa se sacudió con tanta fuerza que él terminó estrellado contra una pared. “La casa hizo como si hubiera hecho una ola”, cuenta.
Intentó sacar a su madre de la vivienda, pero al salir encontró otro peligro: la loma comenzó a desprenderse. La tierra bajaba por la pendiente mientras ambos buscaban dónde ponerse a salvo. Pensó que la playa podía protegerlos de los derrumbes, pero allí se encontró con el agua que avanzaba desde el mar. Una ola llegó hasta la punta y luego retrocedió. El peligro había cambiado de forma, pero no había desaparecido.
La huida continuó por una carretera partida. Araújo calcula que algunos tramos quedaron levantados entre dos y tres metros. Aquella noche durmió fuera de su casa. Al regresar, encontró una grieta en la vivienda y daños en el techo. Intentó quedarse, pero el movimiento de una de las habitaciones lo hizo cambiar de opinión.

En Búcaro, la emergencia no se mide solo por las paredes agrietadas o los techos averiados. También se manifiesta en la incertidumbre de un pueblo acostumbrado a convivir con el cerro y el mar, pero que nunca había experimentado un movimiento de esa magnitud.
Los residentes esperan que los técnicos determinen cuáles viviendas pueden repararse y qué riesgos persisten. La electricidad y el agua han regresado, y algunos vecinos comienzan a retomar actividades como la pesca.
Búcaro: El terremoto dejó grietas en viviendas y terrenos, y los residentes esperan evaluaciones para saber si sus casas son seguras.
Isla Cañas: Los habitantes están divididos entre regresar a la isla o trasladarse a tierra firme tras las inundaciones.
La Colorada: El Miviot ya construye nuevas viviendas para las familias que perdieron sus hogares.
Futuro incierto: El Gobierno evaluará las condiciones de isla Cañas y las alternativas para sus residentes, cuya prioridad es proteger sus vidas sin perder sus raíces.
La grieta que dejó el terremoto no termina en el pavimento. También permanece en las dudas de quienes desconocen si sus casas resistirían otro movimiento o si la ladera volvería a desprenderse.
Difícil decisión
En isla Cañas, el terremoto abrió otro frente de incertidumbre. El agua entró en distintos sectores y alteró las condiciones de terrenos que las familias utilizan para vivir y trabajar. Gabriel Aguirre, residente y propietario de tierras en la zona, explica que el problema no se limita al oleaje.
Según su relato, el agua comenzó a entrar por los esteros después de que la isla se abriera en dos, lo que provocó inundaciones en áreas que antes no sufrían esas afectaciones. Aguirre tiene terrenos destinados a la agricultura, ganado y una casa cerca del puerto en la que ha invertido más de 100 mil dólares.
Para él, una eventual reubicación no puede decidirse de manera generalizada, sin distinguir entre las zonas inundadas y aquellas que, según las evaluaciones, podrían seguir habitadas.
Aguirre sostiene que los estudios deben determinar qué sectores representan un riesgo y cuáles podrían continuar habitados. “La gente ama mucho la isla”, dice. Según explica, muchos residentes quieren regresar y esperan que se restablezca el suministro de agua potable para hacerlo.
Jorge Ríos comparte esa preocupación. Tiene terrenos y parcelas de cultivo en isla Cañas, donde ha sembrado melón, sandía, arroz, maíz y frijoles. No quiere marcharse, pero pide que cualquier decisión se consulte con los habitantes.
“Para nosotros, la vida de nosotros ha sido ahí”, explica. Recuerda que el terremoto, acompañado por el ingreso del agua y las olas, alteró la rutina de la comunidad.
Ríos espera que las autoridades escuchen a los residentes antes de decidir su futuro. Una vivienda en tierra firme podría ser una alternativa para algunas familias, pero para otras supondría dejar atrás sus propiedades, sus actividades económicas y una forma de vida que no se recupera únicamente con paredes nuevas.
Otra postura
Edilberto Guerra García, de 67 años, contempla esa posibilidad de otra manera. Vive solo en la isla y teme regresar después de lo ocurrido. Aunque todavía no ha vuelto a su casa, escucha los relatos de otros residentes sobre el movimiento del agua y las condiciones del terreno.
Su edad y las dificultades para desplazarse aumentan su preocupación. Durante la emergencia tuvo problemas para avanzar y necesitó ayuda para salir en una lancha. A diferencia de quienes insisten en quedarse, Guerra García aceptaría una vivienda en tierra firme. “Si fuera mañana, fuera mejor”, dice.
Quiere un terreno pequeño donde pueda instalarse con su hijo. Para él, regresar no significa recuperar la tranquilidad, sino volver a un lugar donde teme no poder escapar si ocurre otra emergencia. Las posiciones de los tres hombres muestran que el debate sobre el futuro de isla Cañas no se reduce a quedarse o marcharse.

La respuesta
La ministra de Gobierno, Dinoska Montalvo, reconoció este miércoles 28 de octubre que abandonar el entorno habitual es difícil, pero sostuvo que la seguridad debe orientar la decisión. El Gobierno anunció evaluaciones para determinar las condiciones de la isla y las alternativas disponibles.
Montalvo señaló que será necesario conversar con las autoridades locales y los residentes. Mientras tanto, la comunidad espera respuestas sobre el suministro de agua potable y el futuro de sus viviendas. La disyuntiva sigue abierta: proteger la vida sin excluir de la decisión a quienes tendrán que afrontar sus consecuencias.
En La Colorada, la recuperación ha entrado en otra etapa: la reconstrucción de las viviendas ya está en marcha. Katia Solís perdió su casa durante el terremoto y, tres semanas después, observaba cómo avanzaban los trabajos de construcción de su nueva vivienda, a cargo del Miviot.
Solís calcula que la casa podría estar lista en unos 15 días. “A pesar de que perdí mi casa, ya me han dado respuestas rápidas”, dice. La construcción le ofrece una posibilidad concreta de recuperar un hogar, aunque la pérdida de la vivienda no sea la única dificultad que enfrenta.

Agradece las donaciones que han llegado a la comunidad y la rapidez con la que comenzó la construcción. No oculta la pérdida que sufrió, pero tampoco quiere quedarse detenida en ella. En su caso, reconstruir significa mucho más que levantar una estructura: supone recuperar un punto de partida para ella y sus hijos.
En Azuero, el terremoto dejó una tragedia compartida, pero las respuestas no avanzan al mismo ritmo. En Búcaro, las familias esperan saber si sus casas son seguras; en isla Cañas, los residentes afrontan la decisión de regresar o trasladarse a tierra firme; en La Colorada, las viviendas comienzan a levantarse.

La reconstrucción no consiste únicamente en reparar caminos y levantar paredes: también exige evaluar los riesgos, escuchar a las comunidades y ofrecer alternativas a quienes ya no pueden regresar a sus hogares.




