Un viaje a la guanábana

Un viaje a la guanábana
Un viaje a la guanábana

Hace unos días estuve en el Hay Festival de Cartagena de Indias. Me divertí como siempre y más.

Con amigos de verdad, con amigas que lo son desde hace muchos años. Con nuevos amigos, llenos de cordialidad y de encanto, ellas y ellos.

Fue una fiesta de la vida y de la literatura difícil de olvidar. Más de 200 escritores, todos juntos durante más de cuatro días y ni una mínima pelea o impresentable discusión. Eso también es educación y grandeza.

Cartagena de Indias es una ciudad de fábula. Sus plazas y calles históricas están salvadas para siempre en la literatura de los más grandes escritores de Colombia.

Sus casas están habitadas por almas eternas y por alientos que las hacen apacibles y acogedoras.

Como en todos lados habrá sus dramas, pero Cartagena es un viaje frutal a la guanábana, esa gloria tropical que convertida en jugo, con o sin leche, es la pura ambrosía de los dioses.

Probé el jugo de guanábana con ron cubano y, durante esos días me sentí tan alegre como un muchacho en sus primeros amoríos inolvidables.

Escribí como un loco todo lo que hablaba y veía. Hablé con mis amigos, y a alguno, como a Juan David Morgan, lo presenté en público en un diálogo de los dos con sus novelas. Sus novelas históricas fundamentalmente.

Lo que más concilia con la vida a estas alturas de las guerras mundiales y las ligas de los grandes es tener amigos que hablen bien de uno.

Amigos que son como el vino, que se hacen más buenos en las lealtades comunes conforme pasan los años. Generales aliados de nuestro ejército vital, de cuanto nos gusta y podemos hacer.

Cartagena sabe a mar, a guanábana y a alisio en este mes de enero y mitad de febrero. Todos los años se repite el milagro y Cartagena se deja acariciar por un frescor marino que entra hasta dentro de la cocina y se instala por una temporada en toda la ciudad.

En el hotel Santa Clara no sólo son mágicos su cripta y su patio, por donde debieron corretear algunos personajes del libro de Gabriel García Márquez Del amor y otros demonios, sino rincones de nueva construcción que parecen aceitados en los tiempos antiguos.

Yo encontré uno de esos, en un rincón junto a la piscina que está encendida toda la noche. Allí, al final del día, me sentaba solo o con mi amigo de años Conrado Zuluaga y hablaba conmigo mismo o con él de literatura, de escritores, de tiempos pasados y futuros, del presente loco en el que vivimos y con el que también nos divertimos y de los proyectos que todavía nos quedan por escribir o llevar a cabo en la vida.

Y lo hacía yo con un jugo de guanábana hasta arriba del vaso y con un especial Romeo y Julieta cubano comprado en la misma puerta del Santa Clara a precio secreto.

Vale la pena hacer este viaje de amor al sabor de la guanábana. Es intenso y al mismo tiempo suave ese sabor. Acaricia y refresca. Llama a seguir tomando y tomando. Y encima dicen que es bueno para la salud. Y aunque no lo fuera, digo yo.

Cartagena está tan cerca de Panamá, en la realidad y en mi imaginación, que a veces creo que es la misma cosa, y que ya en Cartagena no me había movido de los alrededores de El Cangrejo o de Atlapa.

Ya lo sé: el Santa Clara es un hotel para ricos y embajadores a los que les pagamos un buen sueldo, pero yo no voy allí a vivir eternamente.

Puedo permitirme el lujo de invitarme a trabajar y reírme entre escritores un par de veces al año y, en general, lo paso muy bien con ellos, hablando y leyéndolos. Pero este viaja a Cartagena me ha descubierto una ciudad que no parece de este mundo, donde la amabilidad de la gente no es simple cortesía bien educada, que también lo es, sino una suerte de regalo divino que el Gran Arquitecto les ha donado a los cartageneros, que se desviven todos por hacernos la estancia en la ciudad como si estuviéramos en el cielo.

No se olviden cuando tengan el privilegio de viajar a Cartagena de probar, una y otra vez, el zumo de la guanábana, un fruto verde por fuera y blanco por dentro, dulce como el azúcar y la buena memoria de las cosas.

Ahora mientras viajo hoy domingo hasta Londres, para dictar un par de conferencias en la Oxford University y en la London University, me acuerdo de Cartagena y del fantástico viaje al fruto sagrado de la guanábana.

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