Pocas ciudades de Panamá guardan tanta historia y su nombre nos resulta tan familiar como Acla. Buscando un emplazamiento mejor que Santa María la Antigua del Darién, que era muy malsana, carecía de puerto y estaba rodeada por temibles indios caribes cuyas flechas envenenadas eran mortales, Pedrarias ordenó trasladarla para el sitio de Acla, en tierras del fiel cacique Careta, más saludable, con aguas más aptas para el fondeadero de carabelas y bergantines y rodeada de indios cueva cuya amistosa alianza con Balboa era garantía de seguridad. La tarea fue encomendada al piloto vizcaíno Lope de Olano, que fracasó trágicamente. Necesitado de mano de obra, se dedicó a ranchear indios cueva y someterlos a esclavitud, hasta que se alzaron, atacaron el fortín recién levantado y masacraron a todos los fundadores, incluyendo a Olano. A Pedrarias no le quedó otro remedio que encargarle a Vasco Núñez de Balboa la tarea de refundarla. Desde un principio, como dice el cronista Bartolomé de las Casas, no podía “tragarlo”. Pero era consciente de su carisma y popularidad y de las buenas relaciones de amistad que había creado entre los cueva. Además, recién se había convertido en su yerno por poder y el rey lo había nombrado adelantado y gobernador de Panamá y Coiba. No había otro mejor y no podía evitarlo. Balboa logró lo imposible en poco tiempo, demostrando una gran capacidad organizativa y de liderazgo y sin tener que ranchear cuevas, de los que ya quedaban muy pocos por las recientes razias sangrientas de conquistadores como Juan de Ayora y Bartolomé Hurtado.
Una vez restaurada Acla, donde levantó un fortín y un astillero, Balboa fundó la Compañía del Mar del Sur con varios socios y fieles amigos, la primera sociedad de carácter financiero y operativo creada en el Nuevo Mundo. Con las piezas de madera cortada en el astillero y demás aparejos para la construcción de cuatro bergantines, realizó la épica e improbable marcha a través del istmo hasta el río Balsa (hoy Tucutí), afluente del Tuira, donde pudo armarlos. Eran 60 km en línea recta y 90 km efectivos. El propio Balboa cargó piezas de madera hasta de un quintal de peso. Era un hombre fuerte y resistente. El ubicuo y fiel Alonso Martín de Don Benito cargó anclas, y así otros españoles. Treinta esclavos negros (los primeros que se introdujeron en Panamá, señal de que ya era crítica la falta de mano de obra) llevaron parte de la carga, y numerosos tamemes o cargadores indios fueron obligados a llevar las piezas de madera. 4,000 de ellos fallecieron. Ningún español ni esclavo negro murió. Una vez en el golfo de San Miguel, salen al Pacífico y Balboa se traslada con los bergantines hasta la isla del Rey. Luego navega a tierra firme al sur del Darién, donde recorre la costa hasta descubrir Punta Piña. Los saqueos produjeron 7,409 pesos castellanos de oro. Las noticias vuelan y llegan a oídos de Pedrarias. Incapaz de tolerar los éxitos de su “yerno”, Pedrarias lo mandó a buscar y, ya en Acla, le siguió juicio y le condenó a morir decapitado. Hasta aquí, en apretado resumen, lo que más o menos se conoce. ¿Pero se sabe dónde quedaba Acla?

En un artículo publicado por Carlos Mendo en el diario El País el 26 de abril de 1980, titulado “Descubierto el segundo asentamiento español en el Nuevo Mundo”, leemos que “un grupo de jóvenes exploradores, dirigidos por el arqueólogo de Cambridge Mark Horton, ha descubierto los restos de una ciudad perdida en la selva panameña que, según opiniones autorizadas, corresponden a Acla”. Y agrega: “Todos los intentos realizados para el redescubrimiento de Acla terminaron en el más completo fracaso, hasta su hallazgo por los miembros del grupo científico operación Drake, una expedición compuesta por jóvenes exploradores y arqueólogos, patrocinada por varias instituciones británicas. Según ha manifestado un miembro de la operación Drake, el hallazgo de varios trozos de cerámica isabelina, solo encontrada en los establecimientos españoles del Nuevo Mundo de principios del dieciséis, fue lo que convenció a la expedición de que estaban en el buen camino para la localización definitiva de Acla. Los arqueólogos han manifestado que la ayuda recibida de los indios cuna, habitantes de aquella zona, les resultó valiosísima para la localización de los restos de la ciudad”. Concluye diciendo que la directora del Instituto Nacional de Arqueología de Panamá, doctora Reina Torres de Araúz, “ha manifestado que el descubrimiento servirá para aportar información vital en torno a los primeros años de la colonización española”.

En una expedición para localizar los restos de la colonia escocesa del Darién de fines del siglo XVII, organizada hace unos veinte años por mi buen amigo el embajador británico Jim Malcolm, OBE, en la que participó también el mismo Mark Horton, mientras pasábamos en la lancha frente al sitio de Acla, uno de los acompañantes cunas que había sido mi alumno en la Universidad de Panamá, Bernal Díaz del Castillo, me dijo: “Profesor, ahí está Acla”. El lugar es sobradamente conocido por los cunas, aunque la presencia de este grupo étnico no está documentada en el istmo de Panamá hasta 1611, lejos de los tiempos de la fundación de Acla.
Al fundarse Nombre de Dios en 1520 como nueva terminal en el Caribe, Acla cede ese rol, pero permanece ocupada por un puñado de colonos dedicados a la minería aurífera hasta aproximadamente 1550, cuando es abandonada del todo por dos causas principales: el asfixiante acoso de la creciente amenaza cimarrona y el atractivo de las recientemente descubiertas ricas minas de oro de Concepción, al norte de Veraguas, hacia donde se desplazan. Pero su nombre y su lugar nunca se olvidó. Y no podía olvidarse, ya que durante las interminables guerras con los cunas en el siglo XVIII se construyó el fuerte de San Fernando de la Carolina del Darién, proyectado por el ingeniero Antonio de Arévalo en 1785 junto al río Aglatomate, contiguo a Acla, cuya ubicación fue escogida por sus ventajas naturales y estratégicas. Es decir, que este fuerte y su historia debió permanecer en la memoria colectiva cuna y, por tanto, cualquier habitante de la zona debía saber dónde quedaba y de la relación del fuerte con Acla.

Aunque Acla no era nuestro destino, solicité que al regresar del sitio escocés nos detuviésemos allí, para lo cual, como me advirtieron los amigos cuna, debíamos pedir permiso al sáhila. Al retorno, con la autorización debida y ya embarcado el sáhila en la lancha, hicimos allí el alto y recorrimos el lugar. No había ninguna evidencia de ocupación humana y menos “trozos de cerámica isabelina”. Me sorprendió que ese lugar hubiese sido sede de aquella célebre ciudad donde todo lo que quedaba era un suelo fangoso y virtualmente inhabitable. Resulta que el 7 de septiembre de 1882 ocurrió uno de los dos terremotos importantes que ha sufrido Panamá, cuyo epicentro se encontraba en el golfo de San Blas. Se estima que su magnitud era entre 7.9 y 8.3 y duró un minuto. El sismo generó un violento tsunami que inundó varias islas y partes de tierra firme, incluyendo Acla, lo que explica la situación del terreno en la actualidad, así como la ausencia de evidencias materiales del tiempo de su fundación. Murieron entre 70 y 250 personas. Durante el aluvión marino, todo lo que quedaba de la vieja ciudad fue arrasado.
En esa visita no le escuché decir nada al profesor Horton, quien obviamente no fue quien “redescubrió” esta “ciudad perdida”, que cualquier cuna de la zona sabe dónde está y que en la documentación histórica y cartográfica abunda información sobre el topónimo y su situación. Siendo esto así, dudo mucho que cuando visitó por primera vez el lugar, sus guías cuna no le hubiesen señalado el sitio preciso de la histórica ciudad. O lo hicieron y prefirió decir, en un típico gesto de arrogancia imperial, que fue él quien la descubrió.
El autor es historiador.


