Primero tembló la tierra. Después, nuestros celulares.
Imágenes de carreteras supuestamente destruidas, edificios colapsados, alertas de tsunami y mensajes de WhatsApp que llegaban más rápido que cualquier explicación oficial. Mientras miles de panameños intentábamos entender qué acababa de pasar y qué debíamos hacer, una segunda sacudida recorría el país: la desinformación.
El terremoto del viernes 9 de octubre nos dejó una lección dura sobre preparación, prevención y, sobre todo, comunicación. Panamá no experimentaba un terremoto de semejante magnitud desde 1991. Y aunque el movimiento duró apenas unos instantes, el miedo permaneció durante horas, alimentado por las réplicas y por la incertidumbre.
Muchos vimos circular imágenes del corredor Sur presuntamente destrozado. También se compartieron publicaciones alarmantes. Algunas imágenes fueron señaladas como manipuladas con inteligencia artificial; otras mezclaban información real con afirmaciones todavía no verificadas. Y en medio de todo esto, una alerta de tsunami, que sí fue emitida y posteriormente levantada, llevó a personas a buscar lugares elevados.
No toda alarma era falsa. No todo daño era inventado. Precisamente por eso necesitábamos información clara, oportuna y verificable. El director de la Caja de Seguro Social, Dino Mon, confirmó que los centros médicos atendieron a personas con crisis de ansiedad y adultos mayores que sufrieron caídas durante las evacuaciones. El miedo también tuvo consecuencias físicas.
Y es que cuando más necesitábamos una voz que nos orientara, muchos nos encontramos con un vacío. ¿Debíamos permanecer dentro de los edificios o evacuarlos? ¿Buscar refugio debajo de una mesa? ¿Alejarnos de los automóviles? ¿Regresar a nuestras casas? ¿Qué hacer ante las réplicas? Parada en medio de Calle 50, rodeada de personas que habían salido de sus edificios, no vi policías, bomberos ni funcionarios dando instrucciones. No significa que no estuvieran trabajando en otras partes de la ciudad. Significa que, donde yo estaba, la orientación no llegó.
Y en una emergencia, esa ausencia también comunica.
Aquí está la lección que más me interesa: la desinformación no siempre comienza con una mentira. A veces comienza con un silencio.
Al día siguiente, para quienes logramos pegar un ojo entre las réplicas, llegó también un profundo agradecimiento: por nuestros rascacielos todavía en pie, por los vecinos que volvían a sus rutinas, por los mensajes de familiares. Por los ingenieros, arquitectos, obreros y profesionales que han contribuido a construir una ciudad capaz de resistir.
Pero mientras en la capital muchos agradecíamos no tener que levantar escombros, en las provincias centrales la realidad es otra. Tonosí, Pedasí, Los Santos, Chitré, Penonomé y otras comunidades enfrentan daños materiales, interrupciones de servicios y familias que necesitan apoyo. No podemos permitir que la tranquilidad de la capital se convierta en indiferencia hacia el interior.
Cuando las autoridades no ocupan el espacio informativo con rapidez, claridad y constancia, alguien más lo ocupa. A veces con buenas intenciones, otras con especulaciones y, en los peores casos, con imágenes manipuladas para generar pánico, tráfico y likes. Nuestras instituciones y expertos tienen conocimientos que la mayoría no tenemos. Y con ese conocimiento viene una responsabilidad: comunicarlo.
Necesitamos canales oficiales activos, vocerías identificables, instrucciones comprensibles y actualizaciones constantes, incluso cuando todavía no existan todas las respuestas. Decir «estamos verificando» también es informar, siempre que vaya acompañado de seguimiento. El terremoto nos recordó que no podemos controlar cuándo tiembla la tierra. Pero sí podemos prepararnos mejor para lo que viene después.



