De pequeña estaba convencida de que tenía una tía llamada Fidedigna Fuentes.
Cada vez que llegaba a mi casa con un cuento, o cuando mi mamá me contaba algo, siempre hacía la misma pregunta:
¿Es Fidedigna Fuente?
Yo asumía que hablaba de una tía. Pensaba que quería saber si la historia venía de ella. Si la respuesta era sí, el cuento parecía tener un sello de garantía. Si era no, entonces había que ponerlo en duda.
Pasaron muchos años antes de entender que mi mamá nunca hablaba de una persona. Hablaba de un estándar. Ni estudiando periodismo comprendí el valor de esta frase. Lo comprendí después, cuando me gradué y empecé a vivir en un mundo donde, por primera vez, yo misma ya no sabía con certeza si lo que estaba leyendo era verdad.
Vivimos rodeados de cuentos. Algunos son inofensivos; otros se disfrazan de noticias, de videos virales, de cadenas de WhatsApp o de publicaciones que parecen demasiado convincentes para ser falsas. Nunca había sido tan fácil acceder a información. Y, paradójicamente, nunca había sido tan difícil distinguir qué es verdad.
El exceso de información no necesariamente nos hace una sociedad mejor informada. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario: entre miles de publicaciones, opiniones, algoritmos e inteligencia artificial, la desinformación encuentra el escenario perfecto para crecer. Cuando todo compite por nuestra atención, la verdad deja de ser lo que más circula y empieza a ser, muchas veces, lo que menos ruido hace.
Por eso esta columna se llama Dato mata cuento. Porque, en tiempos de incertidumbre y sobreinformación, los datos siguen siendo nuestra herramienta más confiable. No porque respondan todas las preguntas, sino porque nos obligan a hacer las correctas: verificar, contrastar y entender antes de compartir.
Las generaciones que nos precedieron también crecieron entre opiniones, análisis y narrativas. Los periódicos nunca fueron una colección de tablas y estadísticas; siempre estuvieron llenos de historias, columnas y reportajes. Pero existía una diferencia importante: cuando alguien se sentaba a leer el periódico, le dedicaba ese momento por completo. No había notificaciones interrumpiendo cada párrafo, ni un algoritmo decidiendo cuál era la siguiente historia, ni videos divididos en cinco partes para retener su atención unos segundos más.
Hoy consumimos noticias entre mensajes, memes, videos y cientos de estímulos que compiten por nuestra mirada. Tal vez por eso hay algo extrañamente revolucionario en sentarte a leer un periódico. Sin notificaciones. Dicen que es cuestión de tiempo para que uno termine pareciéndose a esos adultos que marcaron su infancia. Tal vez tengan razón. Yo, sin darme cuenta, terminé convirtiéndome en esa tía que imaginé de niña.
Esta columna no nace para competir con el ruido de internet: esa es una batalla que entiendo perfectamente que jamás ganaré. Nace para rescatar algo que estamos perdiendo: el hábito de detenernos a leer, reflexionar y consumir información más allá de la velocidad constante del algoritmo. Aquí no encontrarás primicias ni tendencias diseñadas para desaparecer en el próximo scroll. Encontrarás análisis de nuestro país y de nuestro mundo, historias virales que a veces resultaron ser falsas y reflexiones de una generación que vive crónicamente online.
Así nace Dato mata cuento.
Porque antes de creer un cuento, y mucho más antes de compartirlo, vale la pena hacerse la misma pregunta que mi mamá me enseñó desde niña:
¿Es Fidedigna Fuente?

