Cada día, mientras miles de hogares panameños enfrentan dificultades para garantizar una alimentación adecuada, alimentos que todavía podrían ser aprovechados terminan convertidos en residuos.

El problema cobra especial relevancia este 29 de septiembre, cuando se conmemora el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, una fecha establecida por las Naciones Unidas para llamar la atención sobre un fenómeno que afecta la seguridad alimentaria, la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios y el ambiente.

En Panamá, la magnitud exacta del problema todavía no está clara. El país no cuenta con una medición nacional oficial y actualizada que permita determinar cuántos alimentos se pierden o desperdician a lo largo de toda la cadena alimentaria, desde la producción hasta los hogares.

Desperdicio de alimentos: Panamá aún desconoce la magnitud del problema

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señala que uno de los principales desafíos del país es precisamente fortalecer los sistemas de medición y monitoreo sobre este fenómeno.

Una referencia disponible es el Food Waste Index Report 2024, que estima para Panamá unos 101 kilogramos de desperdicio de alimentos por persona al año, a partir de información generada en la capital.

Si ese valor se utilizara para dimensionar el problema a escala nacional, equivaldría a unos 445 mil toneladas de alimentos desperdiciados al año, o cerca de 1,200 toneladas diarias. La FAO advierte, no obstante, que esta cifra no puede utilizarse como una medición oficial para el país.

El dato contrasta con la cifra de aproximadamente 350 toneladas de alimentos que, según el Banco de Alimentos de Panamá en noviembre de 2025, se desecharían diariamente.

Más allá de la cantidad exacta, el desperdicio ocurre en un país que todavía enfrenta problemas de acceso a los alimentos.

Según el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI) 2026 aunque la subalimentación bajó, aún hay unas 200 mil personas que todavía la experimentan.

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La prevalencia de subalimentación en Panamá pasó de 23.3% en el período 2000-2002 a 4.7% entre 2023 y 2025.

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Esto representa aproximadamente 200 mil personas que todavía experimentan subalimentación.

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La reducción del hambre ha sido significativa, pero no significa que el problema alimentario esté resuelto.

*La subalimentación es una situación en la que una persona no consume de manera habitual la cantidad suficiente de energía (calorías) que necesita su organismo para llevar una vida normal, activa y saludable.

Panamá enfrenta además una doble carga de malnutrición. Por un lado, persiste la desnutrición crónica entre niños menores de cinco años, especialmente en las poblaciones indígenas y zonas vulnerables.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud de Panamá (Enspa) de 2019 —la mas reciente disponible—, el 15.8% de los menores de cinco años presentaba baja talla para la edad, un indicador de desnutrición crónica. Unicef mantiene actualmente la referencia de que uno de cada seis niños menores de cinco años en el país presenta esta condición, proporción que alcanza el 39% en las comarcas indígenas.

Al mismo tiempo, el Ministerio de Salud informó en marzo de 2026 que el 71.7% de los adultos en Panamá presenta sobrepeso u obesidad y que el 35.3% tiene obesidad. Estas cifras reflejan la coexistencia de distintas formas de malnutrición en el país. La Enspa 2019 también había identificado estos niveles de exceso de peso y obesidad.

En ese contexto, el economista Luis Morán advierte que la capacidad de los hogares para alimentarse dignamente también está bajo presión. Según datos de la Contraloría que cita Morán, entre 75% y 80% de los panameños gana $800 o menos al mes.

Y estima que la canasta básica de alimentos para un hogar de tres a cuatro personas ronda entre $350 y $400 mensuales, mientras que el costo de vida general de un panameño se ubica entre $1,100 y $1,200.

La presión sobre los ingresos hace que la alimentación represente una parte importante del presupuesto familiar. En determinados hogares, prácticamente la mitad del ingreso puede destinarse solo a la compra de alimentos.

Pero el problema no es únicamente cuánto alimento existe, sino quién puede acceder a él.

La FAO plantea que el desafío de Panamá ya no consiste solamente en reducir el hambre, sino en garantizar que la población tenga acceso permanente a dietas saludables, nutritivas y asequibles. Esto implica atender al mismo tiempo la seguridad alimentaria, la nutrición, la producción sostenible y las desigualdades territoriales.

Uno de los sectores donde se observa una importante generación de residuos orgánicos es el de hoteles, restaurantes, eventos y banquetes.

Víctor Concepción, presidente de la Asociación Panameña de Hoteles (Apatel), explica que un estudio de caracterización de residuos realizado en el hotel que dirige encontró una alta proporción de materia orgánica.

298
kilogramos de basura se pueden recolectar durante la jornada de servicio de un hotel.
219
kilogramos pueden corresponder a residuos orgánicos alimenticios.
74.5%
es el porcentaje de residuos orgánicos alimenticios que se podrían recolectar en una jornada de trabajo en un hotel.

El resultado, sin embargo, no permite afirmar que esa proporción represente el promedio diario de desperdicio del hotel ni determinar cuánto corresponde específicamente a banquetes, preparación de alimentos u otras áreas.

El manejo de los alimentos preparados que no fueron consumidos también presenta dificultades.

Concepción señala que la posibilidad de donar comida cocinada implica una responsabilidad sanitaria importante, debido a que el tiempo y la temperatura son determinantes para garantizar su inocuidad. Para que estos alimentos puedan ser recuperados de forma segura se requieren procesos como abatimiento de temperatura, empaque hermético y transporte refrigerado certificado.

Por esta razón, explica, los convenios actuales con bancos de alimentos suelen ser más sencillos cuando se trata de productos secos o no perecederos que cuando se pretende entregar comida ya preparada.

La recuperación de alimentos tampoco significa que todo lo que actualmente termina en la basura pueda ser destinado nuevamente al consumo humano.

La FAO señala que Panamá todavía no cuenta con estudios nacionales que permitan determinar qué proporción del alimento desperdiciado conserva condiciones adecuadas para ser recuperada.

Desperdicio de alimentos: Panamá aún desconoce la magnitud del problema
Imagen ilustrativa de composta.

Esto depende de factores como el tipo de alimento, su estado de conservación, el momento en que se produjo la pérdida y las condiciones sanitarias existentes.

Por eso, la recuperación de excedentes puede seguir distintas rutas.

Los alimentos que todavía conservan calidad e inocuidad pueden dirigirse a bancos de alimentos, programas sociales y organizaciones comunitarias. Otros productos pueden ser procesados para extender su vida útil.

Cuando ya no son aptos para consumo humano, existen otras posibilidades: alimentación animal, compostaje, recuperación de nutrientes para la agricultura o generación de bioenergía.

En abril de 2026, Panamá dio además un paso legislativo con la aprobación de la Ley 514, que establece medidas para prevenir las pérdidas de alimentos y promover la seguridad alimentaria, incluyendo mecanismos para la recuperación y donación de alimentos aptos para el consumo humano.

El desperdicio de alimentos no termina con la disposición de la comida en un vertedero. También representa un desperdicio de los recursos utilizados para producirla, transportarla, almacenarla y comercializarla.

13%
de los alimentos producidos se pierde después de la cosecha y antes de llegar a los puntos de venta.
19%
de los alimentos disponibles para los consumidores se desperdicia en hogares, servicios de alimentación y comercios.
10%
de las emisiones globales de gases de efecto invernadero puede ser generado por las pérdidas y desperdicios de alimentos.
*Según la FAO y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

La FAO plantea que la respuesta no debe concentrarse únicamente en evitar que la comida llegue a la basura. También debe buscar que los alimentos y los recursos utilizados para producirlos sean aprovechados de la manera más eficiente posible.