“No está en el plan de estudio”.
Esa fue la respuesta de la directora de una escuela en el corregimiento de Lídice, distrito de Capira, cuando se le preguntó por qué ya no se enseñaba a los estudiantes el hito histórico del cambio de nombre de El Potrero a Lídice.
Esta respuesta revela cómo la historia oficial —que se concentra en los grandes hitos políticos, la zona de tránsito (Panamá y Colón) y las fechas patrias— ha operado como una aplanadora sobre la memoria territorial de los pueblos de Panamá.
Cuando la historia se reduce a los grandes acontecimientos nacionales, la memoria comunitaria queda fuera del pensum y esa acción —además de discriminar— inválida.
Otra directora —también de una escuela en Lídice— consideró que el cambio de nombre dado en 1943 era “una historia inventada”, por lo que prohibió la participación de los estudiantes de la escuela en el desfile conmemorativo de 2023.
El resultado de la forma en que se está enseñando la historia en Panamá en los territorios desconecta: La gente puede habitar un territorio denso en capas históricas, pero desprovisto de herramientas institucionales para conocerlo y valorarlo.
¿Por qué creen que los distritos de Panamá Oeste celebran con tanto fervor y ahínco 171 años de jurisdicción distrital en vez de celebrar su fundación colonial? ¿Por qué las cabalgatas son la “nueva tradición” a imitar en las festividades, incluso en pueblos donde la gente ya no posee caballos?
La anulación de la memoria histórica territorial no es un fenómeno exclusivo de Panamá Oeste, sino un problema generalizado al interior del país.
En Capira tenemos el proyecto para la creación del Museo de Lídice y la Cultura Capireña. Esta es la respuesta ambiciosa de un grupo de ciudadanos capireños, que busca documentar la historia de Capira y sus 13 corregimientos con el objetivo de acercarla a su gente: las 45,629 personas, según el Censo de 2023; también se busca, con el museo en pie, ofrecer un programa público enfocado en niños, niñas y adolescentes; utilizar el museo y la historia levantada como herramientas al servicio del turismo sostenible (de bienestar, ecológico y de aventura); identificar y poner en valor el patrimonio natural y cultural del distrito, y, en el camino, ir generando un proceso de construcción de identidad colectiva.

Cuánta historia guarda en silencio Capira
En la investigación histórica se utiliza el concepto de palimpsesto para referirse a la superposición de capas históricas que se suceden sobre un mismo espacio a lo largo del tiempo. Por tanto, festejar 171 años de jurisdicción distrital —creados por la Ley del 12 de septiembre de 1855— por encima de los 398 años de fundación colonial (1628) y sin destacar la capa precolombina, manda el mensaje erróneo de que Capira es un territorio sin capas históricas por investigar y reconstruir, las cuales se necesitan para esclarecer la identidad cultural colectiva de los capireños, pues varias de las actividades que hoy se hacen para conmemorar fechas locales y nacionales son —en el mejor de los casos— tradiciones de otras regiones del país.
Actualmente sería irresponsable hablar de una “identidad cultural en Capira”, pero eso no quiere decir que no tengamos derecho a conocerla. La Carta Universal de los Derechos Humanos, de 1948, reconoce este derecho en sus artículos 22 y 27.
“Artículo 22. Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad”.
Desde un inicio, los derechos culturales se plantearon como una tarea multiactor, por eso este grupo comunitario se ha sentido con la propiedad de tocarle las puertas al Ministerio de Cultura, Ministerio de Relaciones Exteriores, Universidad Tecnológica de Panamá, Arquidiócesis de Panamá, Organización de Estados Iberoamericanos, Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales y a la empresa privada local.

El reto de investigar la historia territorial
En la provincia de Panamá Oeste, las investigaciones históricas, antropológicas y arqueológicas son escasas, por tanto, son muy pocos los especialistas que manejen información o hayan generado conocimiento sobre este territorio. Así las cosas, estudiar cómo se superpone e hila la huella humana en el territorio que hoy conocemos como Capira es todo un desafío.
Por la falta de visión y acción en el pasado, hoy ni el municipio ni la Parroquia de Capira conservan documentos históricos. Sin embargo, en la actualidad la nueva página web del municipio reproduce tres párrafos sin fuente citada como la información histórica del distrito.
Esto es clara evidencia de que Capira requiere por lo menos de una investigación histórica, basada en fuentes primarias, secundarias e historia oral, con urgencia.
En 2003, Dolores Piperno junto a John G. Jones publicaron un artículo científico, que, aunque fue desarrollado con la finalidad de generar conocimiento paleobotánico, nos sirve para establecer una huella humana verificable y nos da la primera capa histórica: la precolombina. El artículo “Implicaciones paleoecológicas y arqueológicas de un registro de vegetación y clima del Pleistoceno Tardío / Holoceno Temprano en la llanura costera del Pacífico de Panamá” es un estudio del STRI, realizado en Monte Oscuro, en Cermeño, Capira, que confirma que la agricultura en Panamá se dio hace 7000 años y que los primeros alimentos cultivados en esta zona por indígenas nómadas y seminómadas, con la técnica de roza y quema, fueron maíz y zapallo.
Sin embargo, ese conocimiento generado desde la ciencia no circuló más allá del mundo académico, lo que es una pena, porque esta información tiene el poder de estimular el sentido de pertenencia de todo capireño, sobre todo, el de las personas que se dedican a la agricultura, en las montañas de Capira.
Miles de años después, este territorio —que era parte del Gran Darién (segmento comprendido entre la actual provincia de Darién y el distrito de Chame)— fue hogar de indígenas que hablaban la lengua cueva, quienes fueron rápidamente extinguidos por la colonización española (y llegamos a nuestra segunda capa histórica).
Este grupo indígena tenía la siguiente costumbre: “el cacique y el saco y el cabra tienen sus nombres propios, y asimismo las provincias y ríos y valles o asientos do viven tienen sus nombres particulares”, informó Gonzalo Fernández de Oviedo en el “Sumario de la natural historia de las Indias (1526)”.
En este documento, Fernández de Oviedo mencionó al “cacique de Juanaga (que también se llama de Capira)”, pero se trata de un sitio ubicado en el Caribe. Según el arqueólogo Tomás Mendizábal, investigador permanente del CIHAP AIP, se trata de una sierra en el camino de cruces, entre el río Chagres y Panamá, y un río entre el Chagres y Pequení, que tuvieron ese nombre. Esto no contradice la existencia de Capira en el Oeste del istmo panameño, que es mencionado por Gaspar de Espinosa, es más su existencia nos confirma que este lugar fue un asentamiento indígena previo a la llegada de los colonizadores. Solo se hace necesario identificar cuándo los cronistas se refieren a uno y otro indígena; además, llama poderosamente la atención que “Capira” fuese el nombre de dos hombres con poder.
Poco más de un siglo después de la llegada de los españoles se funda San Isidro de Quiñones de Capira en 1628. El libro Conquista, evangelización y resistencia del historiador Alfredo Castillero Calvo cuenta cómo un grupo de indígenas Coclé (descritos como belicosos) consiguieron que la Audiencia de Panamá, presidida por Álvaro Quiñones Osorio les diese el cerro de Capira como pueblo, un sacerdote pagado y que el propio rey los exonerara del tributo a la corona española (algo poco usual). Este libro también indica que “en Junta de Hacienda del 15 de noviembre de 1628, la Audiencia de Panamá le fijó 300 pesos de 8 reales de estipendio al doctrinero durante un período de tres años”.

Tercera capa histórica. En 1855, cuando Panamá es Estado Federal de Colombia, Capira obtiene jurisdicción distrital. La errónea interpretación que se le dio a la Ley del 12 de septiembre de 1855 sobre división territorial ha invisibilizado la historia de los pueblos coloniales y puso a casi todos a contar desde cero.
Casi finalizando ese siglo, comienza la Guerra de los Mil Días (17 de octubre de 1899 al 21 de noviembre de 1902), donde participa el cholo Victoriano Lorenzo, quien vivió buena parte de su vida en el corregimiento capireño de El Cacao. Todos conocemos su historia de los días de gloria y su doloroso final, solo aportaré que, a pesar de las acusaciones hechas contra el general, las mujeres de El Potrero que cocinaron para él y su tropa replicaron sus anécdotas de cocineras con orgullo hasta el final de sus días, como la abuela Julia.
El Potrero, el valle verde a las faldas del Cerro Trinidad, descrito o mencionado en algunos textos de la época de la colonia, fue el lugar del último suceso histórico importante en la Capira del siglo XX.
El eco de la tragedia sufrida por el pueblo de Lídice, en Checoslovaquia (hoy República Checa) a manos del régimen nazi, durante la II Guerra Mundial (1939-1945), despertó un profundo sentimiento de fraternidad en América Latina. En Panamá, el espíritu de solidaridad surgió en el interior del país, en un pueblo totalmente rural y de gente humilde. Liderados por el alcalde Nicanor Subía, un grupo de gestores y habitantes potreranos abrazaron la propuesta de Subía de adoptar aquel nombre, como muestra de solidaridad y rechazo al régimen nazi.

El 31 de octubre de 1943, tras cumplir con los trámites exigidos, las personas se reunieron en el parque Central, alrededor de un monolito y con la capilla en construcción de fondo, sobre su pared una pancarta de tela decía: “Lídice, víctima de la horda nazi ahora vive en Panamá”. En 17 años, este hito alcanzará el centenario.
Hace meses esperamos la autorización de la Arquidiócesis de Panamá para realizar una evaluación técnica a la estructura de la capilla vieja y, de ser viable una restauración, planteamos la realización de un convenio, que nos faculte en uso y administración, para buscar fondos para la restauración del inmueble y utilizarla como museo, por ser parte del predio histórico y un bien de la comunidad.
Luego de este recuento histórico sobre Capira, no puedo dejar de mencionar una falencia que hemos normalizado en nuestros pueblos: celebrar las fechas importantes solo con actividades festivas; la parte académica —si la hay— solo está dirigida a los estudiantes de primaria y/o secundaria, pero para el público general no se crean espacios de reflexión y discusión sobre su pasado, presente y futuro —y aquí la gestión del gobierno local mucho tiene que ver—.
Este 31 de octubre se cumplieron 83 años del cambio de nombre y nuestro grupo quería celebrarlo con el “1.er Diálogo con el pasado y el ahora: Jornada de historia, memoria local y derechos culturales en Lídice”, el que hemos reprogramado para finales de noviembre, debido a las secuelas del terremoto del 9 de octubre. En el panel estaba confirmada la Directora Nacional de Derechos Culturales del Ministerio de Cultura, Katherine Buctron, una aliada en este proyecto, debido a que el primer obstáculo para concretar este proyecto es que las personas no reconocen que tienen derecho a conocer su historia, que tienen derecho a tener un museo, pero también es comprensible que las personas no le vean relevancia cuando sus necesidades básicas no están completamente cubiertas.
A siete meses de trabajo, liderando el proyecto para la creación del Museo de Lídice y la Cultura Capireña, destaco que:
A pesar de estar consagrados desde 1948, los derechos culturales siguen siendo incomprensibles y poco demandados por la ciudadanía panameña.
La historia monumental hegemoniza y discrimina la memoria local. Crecer sin sentido de pertenencia debilita la cohesión social; las instituciones educativas y culturales y los centros de investigación deben asumir un rol activo en la restitución de la historia territorial.
La propuesta del Museo de Lídice y la Cultura Capireña es viable en la medida que reciba apoyo del sector público, academia, cooperación internacional, autoridades locales, empresa privada local y la comunidad.
El museo no es el fin último, sino un medio para complementar la educación formal, impulsar el desarrollo económico local a través del turismo sostenible y generar espacios de pensamiento crítico sobre el rumbo de la comunidad.
En resumen, el proyecto del Museo de Lídice y la Cultura Capireña representa una revolución pacífica, un proceso político y cultural de emancipación identitaria. ¡Arriba Capira!



